Catarata

Los enojados

Luis Petersen Farah

Después de un año de gobierno, hay gente muy enojada con Andrés Manuel López Obrador. No son muchos, pero se hacen oír. Los enojados del régimen suelen tener discurso y lo lanzan en conversaciones directas, en consignas, en redes sociales y en medios tradicionales. Ahora son parte del mosaico nacional en debate.

Por lo general pertenecen a grupos acomodados y escolarizados, en comparación, vaya, con los numerosos grupos desacomodados. Y es curioso, pero parecen contentos de estar enojados. O al menos satisfechos: el clásico “se los dije”.

Claro, encontrarán siempre un punto a su favor: nadie podrá decir que el país está bien, ni siquiera que se acerque a los mínimos. Y sucede que ahora estos enojados terminan defendiendo las políticas de sexenios anteriores que entonces tampoco aceptaban; lo que haya pasado entonces no es tan grave como lo que ahora sucede. Ningún pasado pudo ser peor.

Los enojados, a veces alentados por la oposición tradicional (que a su vez se alimenta del descontento incontenible de aquéllos), se preocupan por ciertas cifras y se desentienden olímpicamente de otras. Hablan del Producto Interno Bruto y del crecimiento cero como de una migraña. Ven venir con ojos de susto una recesión técnica y se les llena la boca con el vocablo estancamiento: lo consideran insoportable, igual que la insuficiencia de resultados en cuestión de seguridad y violencia.

Pero no les importan mucho las cifras de pobreza, de escolaridad, ni de la situación general de los servicios públicos. Ni ahora ni antes.

Y no hay discusión con ellos que no despegue de un aeropuerto para aterrizar en otro. “No, una de las economías más grandes del mundo no puede ser tan chafa como para abandonar un proyecto del siglo XXI como el de Texcoco y acoger otro bananero como el de Santa Lucía”. Insisten en que los expertos están contra la solución gubernamental, pero cuando hay uno que no lo esté, lo descalifican: “ése es un pendejo”.

A sus ojos Culiacán fue el acabose del combate a la delincuencia, la muerte de la dignidad patria. Y Sonora es el doloroso principio de una nueva época, la del terrorismo narco, término que abrazan con un suspiro de triunfo porque no hallaban alguno que diera descanso a su ánimo atormentado. No importa que venga del mismísimo Donald Trump, ahora quien les quita el sueño es el presidente propio.

Muchos estaban molestos hace tres años, cuando el presidente anterior hablaba de mal humor social. Pero ven con gran disgusto que el actual no se interesa por su humor. No entienden que no les habla a ellos; o si lo entienden, no lo aceptan: “Cómo, si nosotros hemos sido los de la voz cantante, nosotros fuimos a las mejores escuelas y él... él habla como quien no tiene estudios en el extranjero”. Tampoco quieren imaginar cómo estaríamos si AMLO no hubiera ganado...

Así es el fascinante debate nacional, una carpa con personajes de lo más variado: barbones de libro y bribones de fusil, catrines al acecho y licenciados de coche grande, hadas madrinas y mujeres en defensa, estudiantes manifestantes y pueblo llano, lleno de ellos y ellas, todos bienvenidos a discutir. Es un desafío a nuestra voluntad de escucha y de apertura. Sobre todo a nuestra capacidad para entender lo nuevo. 


luis.petersen@milenio.com


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