Mi abuelo y Salinas Pliego

Ciudad de México /

En tono sepia, con perfecta caligrafía, todas las mañanas mi abuelo escribía tratados de ortografía, historia de la música o, si no se le ocurría nada más, copiaba libros enteros. Una mañana entré en su despacho y, cosa rara, tenía una maquinita a la cual le jalaba una palanca. “¿Qué haces, abue?” Tardó en responder, hasta que por fin con una caricia en la cabeza me dijo: “Mis contribuciones”. “¿Qué es eso?” Pregunté. Un poco dándose por vencido, volteó a verme y me dijo: “Es el dinero que cada año todos le damos al gobierno”. “Ah. ¿Y para qué le damos dinero al gobierno?” “Para que construya calles, banquetas, drenaje; para que ponga semáforos y farolas, que pague policías, médicos, bomberos, para que hagan escuelas, hospitales, carreteras y todo lo que se necesita para hacer una nación”. “Ah”, dije sorprendida. Mi abuelo se frotó una mano con otra —un gesto muy de él— y me platicó un poco más de las contribuciones.

Mi abuelo amaba a México. En el radio de su casa se escuchaba buena música, pero cuando llegaba el Himno Nacional, había que ponerse de pie y guardar silencio. Mi abuela decía que era un “viejito ateo” y él respondía: “Ustedes no entienden nada acerca de mi idea de Dios”. Mi abuelo me gustaba; yo amaba a mi abuela, pero él me encantaba con su halo de misterio y su impecable orden. Los domingos en su casa a todos los escuincles nos servía un alipús en un tarrito diminuto y nos daba “nuestro domingo”: una enorme moneda de un peso que rendía para dulces toda la semana.

Le debo a Salinas Pliego y sus no pagadas contribuciones haber recordado ese día en el despacho de mi abuelo. Cuando regresé a casa —vivíamos separados por un breve patio— le pregunté a papá: “¿Y tú ya pagaste tus contribuciones?” Levantó las cejas con sorpresa y luego miró a mi madre como interrogándola. “¿Y ahora tú ya trabajas para Hacienda?”, preguntó riendo. “Mi abuelo está pagando sus contribuciones y yo no te he visto a ti pagar las tuyas”. Papá rió y me dijo: “¡Ah qué güereja tan metiche! Yo le pago a Anamaría para que ella haga ese trabajo”.

Las contribuciones… ese término es más claro que el de “impuestos”. Con las contribuciones, me dijo ese día mi abuelo, todas las personas contribuimos para construir nuestro país, quienes no las pagan están robando al país. Los últimos seis años alcanzó para hacer cuatro trenes, un aeropuerto, terminar los casi 300 hospitales que estaban en obra negra, hacer una refinería, dar becas a estudiantes, dar apoyos a mayores, a madres solteras, a personas con discapacidades, construir más de 100 centros universitarios en lugares recónditos donde solo había pobreza, incrementar en 62 por ciento el salario mínimo, aumentar las reservas del Banco de México… Bueno, no puedo dar la lista completa, pero más, mucho más. Resulta que sí alcanza para construir un México mejor.

Hoy sabemos que Salinas Pliego tiene una deuda de más de 63 mil millones de pesos; hay estados que tienen presupuestos de la tercera parte de esa cantidad. El presupuesto de Campeche es de menos de 24 mil millones; el de Colima, de menos de 20 mil millones. Esto es: Salinas debe el equivalente al presupuesto no de un estado sino de varios. ¿Quién lo ha permitido? Todo apunta al Poder Judicial: la Suprema Corte de Justicia concedió a Salinas Pliego un amparo para no pagar 645 millones de impuestos de 2011, entre otras “monerías”.

¿Ven por qué urge reformar el Poder Judicial? La Suprema Corte de Justicia ha amparado actos delictivos, urge que eso cambie. Apoyemos las reformas al Poder Judicial.


  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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