El edificio Ermita

Ciudad de México /

He visto el edificio Ermita como lo vieron los habitantes de la Ciudad de México en los años treinta, renovado y brillante como el casco de un buque fondeado en medio de la ciudad. Alguien me contó alguna vez que el cine Hipódromo adosado al edificio fue el primero que tuvo sonido en México. Una sala de 2 mil 500 personas puestas a soñar en la oscuridad de Tacubaya. A ese cine asistí con amigos. Mi madre me hizo tantas recomendaciones que cuando entré a la enorme sala me dieron unos raros temblores acompañados de escalofríos. Del baño, mejor ni hablemos: nunca. Si la necesidad apremiaba, se formaba una escolta para llegar al mingitorio.

Para llegar a Tacubaya había, entre Martí y Antonio Maceo, una ermita, un pequeño templo: el Calvario de Tacubaya, puerta de entrada a los terrenos de los Mier y Pesado. En el mismo lugar había una pulquería, El Calvario, en la Alameda de Tacubaya. La plaza desapareció para dar lugar a la calle Benjamín Franklin.

El arquitecto Segura empezó la construcción en 1929. Una rareza: edificio de departamentos y estudios de una recámara, comercios en la planta baja y un gran cine. Segura firmó la obra con la pluma del art-déco, una construcción extraordinaria que los habitantes de la ciudad miraban hacia arriba con asombro y estupor, un rascacielos de ocho pisos. Donde se encuentran Parque Lira y Jalisco estaba el Portal de Cartagena, el gran mercado, muy cerca de la Casa de la Bola.

No sé si fue Ben-Hur la película que vimos cuatro amigos de la infancia en el Hipódromo en el año de 1967, mi memoria anda suelta. La Avenida del Calvario, después Avenida Revolución, se abrió paso rumbo al sur, el río de la Verónica se convirtió en un albañal y fue entubado.

La construcción magnífica de Juan Segura se impuso sobre las viejas casas de campo de enormes ventanales, cornisas y portones, sótanos y patios centrales, una señal del porvenir. Por esta razón, cuando vi el Ermita remozado, volví a pensar en aquel buque que vieron mis padres y en el barco abandonado que conocí a oscuras una tarde del año de 1967: pasillos a media luz, humedades en las paredes, puertas despintadas, ventanas sin marcos, una vieja elegancia perdida, un linaje transformado por el tiempo en un presente de yeso y mensajes que niños de ese tiempo grabaron en los muros del octavo piso. Uno de esos niños escribe estas líneas.


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