Despreciamos, justificadamente, a los partidos, pero olvidamos que son indispensables para la democracia y que la política no es privativa de los políticos; y sí forzosa para la consecución del bien común.
Para Hanna Arendt la política y la democracia son consubstanciales a la polis -la ciudad griega- donde los politikós -los ciudadanos-, hombres libres e iguales se reunían a deliberar sobre las cosas comunes.
De ahí derivan los conceptos de la civitas -la ciudad romana- y de ciudadano; las personas que viven en la ciudad y ante la cual tienen derechos y obligaciones políticas.
Esos derechos deben ejercerse y las obligaciones cumplirse para alcanzar el grado de verdadero ciudadano. Sin esto, se podrá ser habitante pero no ciudadano.
La pregunta es: ¿Para ser ciudadano será requisito militar en un partido político? En mi opinión no necesariamente.
Las posturas políticas y sobre todo el voto, pueden decidirse sin pertenecer a un partido: eligiendo una de las tres ideologías que por lo general los distinguen entre ellos:
1. Las autoritarias que privilegian la intervención preponderante del Estado en la vida social y económica.
2. Las democráticas que respetan los principios e instituciones, la división y control de los poderes públicos, la iniciativa y propiedad privadas. 3. Las que combinan aceptablemente las dos anteriores.
Para decidir entre ellas y votar, sin militancia partidista, podemos actuar como dicen lo hacía Hanna Arendt:
“Siempre se encontró en ella una espectadora apasionada, incluso algo más: una ciudadana consciente y comprometida con la vida pública a través de la reflexión, las publicaciones y las intervenciones en los medios de comunicación”.
Así, pues, podremos ser ciudadanos -politikós- si somos conscientes de lo que queremos y nos aplicamos, responsablemente, a hacerlo posible en nuestro propio medio y sin afiliación a ningún partido.
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