Bárbara

Ciudad de México /
Ella viajó a Tikal, Guatemala, en una avioneta que se desplomó en algún lugar de la selva maya. ESPECIAL

Tomó asiento en el sofá que tengo en la recámara. Sus ojos grises seguían siendo los mismos y su rostro había cambiado poco con el tiempo. La recordaba sin embargo hablantina, aunque tanto fue lo que nos dejamos de ver que tardamos en salir del tono impuesto por los monosílabos.

Vino a verme por una lesión en la espalda que hacía dos semanas me tenía postrado y también aturdido debido al medicamento. Imitando el ronroneo de sus gatos, entonó la primera y la quinta letra de mi nombre. Cuando mencioné la llamada que recibí de su hermano, Bárbara desvió la conversación como solía hacer cada vez que su familia salía a cuento.

A ella le debo tener una ópera favorita. Podía cantar de memoria todas las arias de Rigoletto, con el privilegio de hacerlo con la pronunciación perfecta de su lengua materna.

Bárbara nació en Turín, una ciudad por la que me di una vuelta años después. Ella, que parecía recién extraída de una manifestación de izquierdas, era originaria de la ciudad más burguesa de la bota italiana. Pero eso lo supe más tarde.

Bárbara visitó México por culpa mía. Antes, le había contado de mi país y mi ciudad, le di de comer nuestra comida y la puse a tararear nuestra música. Así hacemos los mexicanos cuando nos proponemos ser embajadores.

Lo confieso ahora sin rubor: en la ciudad extranjera donde nos hicimos amigos ella me enseñó a apreciar a Verdi y yo a Juan Gabriel. Además de cantar, le gustaba bailar. Me impresionó porque con los pies sobre la pista podía atravesar sin fatigarse la noche entera.

Con una ex colega conseguí una pasantía para ella, dentro de una oficina burocrática dedicada a gestionar apoyos para mujeres. En unos cuantos meses comenzó a hacerse entender correctamente en el complicado dialecto chilango. Además de italiano hablaba bien el francés y con esas dos muletas logró quebrar la barrera.

Bárbara tenía la habilidad de ser ligera cuando la gente se ponía seria y sabía ponerse seria cuando las personas no tomaban con gravedad las cosas importantes. Militaba sin recelo contra la injusticia y siempre estaba haciendo la revolución. No es que haya pensado alguna vez en tomar las armas, pero tenía convicciones fuertes.

Por eso vino a México, porque quería explorar si, después de terminar sus estudios, podría ensayar su vida por acá. Navegaban en su cabeza los arquetipos del Nuevo Mundo, opuestos en casi todo a la vieja Europa. Repetía que en Italia había poco por hacer. La generación de sus padres —me explicó— había expropiado las últimas oportunidades. No se veía en el futuro confinada dentro de un piso diminuto en Roma, trabajando de nueve a seis en una oficina de gobierno.

La tarde y la penumbra cedieron hasta que quedamos prácticamente a oscuras. Mientras tanto los recuerdos que fundaron nuestra amistad iban ocupando la habitación. Se mofó cuando le dije que aquellos analgésicos me hacían recorrer memorias que normalmente tenía guardadas, a doble llave, dentro de un cofre.

Bárbara y yo nos hicimos mejores amigos, de esos que se presentan parejas para salir. Si pudo haber sucedido algo distinto entre nosotros, jamás lo exploramos. Ayudó el que una de esas noches de tanto baile se enrollara con uno de mis parientes.

Mirándola de nuevo, reconocí que era una mujer atractiva, no sólo porque la genética la favoreció, sino también por la manera como se plantaba ante el mundo. Esta vez iba vestida como cuando nos presentamos por primera vez, con pantalones y camiseta negra; llevaba el cabello corto, ondulado y rebelde, con un flequillo que le cubría la frente. No traía encima una gota de maquillaje.

Esperé a que me sonriera con sus dientes blanquísimos y un poco separados, para poder encajar ese rostro con el de mi memoria, o más puntualmente, los hoyuelos que se sumían en sus mejillas cada vez que una broma hacía saltar su risa.

Cuando terminó de hacer la práctica profesional que la había traído a mi país, Bárbara se colgó un bulto al hombro porque antes de regresar a casa quería recorrer otras geografías. Emprendió un viaje de varias semanas que la llevó a las playas de Oaxaca, luego paseó por Chiapas y, como tantos otros extranjeros, quedó prendada de San Cristóbal de las Casas.

De ahí partió a Palenque, porque quería subirse a una pirámide. Ahí consiguió sitio en una avioneta que volaba dos veces a la semana hasta Tikal. No podía cerrar aquella travesía sin poner los pies en ese rincón antiguo de Guatemala.

La dolencia regresó con fuerza y tomé de la mesa de noche los derivados de opio prescritos por el médico. Le advertí que podían ponerme a dormir pronto. Ella asintió con comprensión. 

Entonces la impertinencia volvió a ganar terreno: quería a toda costa contarle de la llamada que me hizo su hermano.

En ese instante los ojos grises comenzaron a borrarse de su rostro.

Una madrugada él me despertó para informarme que la avioneta en la que viajó Bárbara, desde Palenque con rumbo a Tikal, se había desplomado en algún lugar de la selva maya. Estaba desesperado porque llevaban dos días buscando los restos de los tripulantes sin ninguna suerte. La impotencia de estar a miles de kilómetros de aquel accidente me paralizó.

Habíamos hecho la cita para vernos una semana después, pero Bárbara no llegó.

Miré hacia el sillón vacío y la tristeza se hizo de noche por la vida que ella imaginó y que no fue, por Verdi y Juan Gabriel, por las deudas de una amistad que habría merecido mucho más y por esos ojos grises que se perdieron para siempre en Guatemala.


  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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