El actuar honesto

Ciudad de México /

El abuelo trabajó en una librería ubicada donde hoy se alza la Torre Latino. FOTOTECA MILENIO

​Para Agustín Caso Raphael

Mi abuelo fue durante muchos años gerente de una librería ubicada en la esquina que hacen la avenida San Juan de Letrán y la calle Madero. Hoy, en su lugar, se alza la Torre Latinoamericana. Ahí se vendían todo tipo de libros, pero el lugar era sobre todo famoso por sus revistas. En plena Guerra Mundial, las publicaciones extranjeras que actualizaban las noticias del frente eran bien cotizadas.

De ese hombre me viene el gusto por los libros. Heredé algunos ejemplares de su biblioteca, entre los más valiosos están los publicados durante las últimas décadas del siglo diecinueve. Por ejemplo, una colección completa de las obras de Víctor Hugo en cuyas páginas todavía pueden leerse las notas de Sami.

Murió cuando yo tenía apenas dos años, pero ese dato cronológico no le restó influencia. Mi padre lo quiso tanto que se encargó de alimentar viva su biografía cada vez que tuvo oportunidad. Fue el espejo para su propia paternidad. Lo citaba a la menor provocación tratando de sembrar en mi memoria su propia memoria.

En mis tempranos veinte leí un texto del antropólogo Myron Aronoff que me ayudó a entender la transmisión de creencias y valores de una generación a otra. Este académico especializado en estudios judíos me regaló la mejor definición de cultura que conozco.

Es lugar común decir que la cultura son las lentes a través de las cuales interpelamos los dilemas de nuestra vida cotidiana. El conjunto de conceptos, referencias o lugares comunes que empleamos para actuar como lo hacemos. Es dado suponer que esas claves estaban antes de nosotros y continuarán después de que nos hayamos ido. No sería equivocado decir que la cultura es el programa a partir del cual operan en simultáneo nuestra identidad y nuestros razonamientos.

Aronoff aporta una capa más sofisticada a esta definición cuando afirma que la cultura no es aquello en lo que el sujeto cree, sino las creencias que toma prestadas de los ancestros cuando debe tomar una decisión exigida en momentos difíciles.

Para explicarse utiliza la siguiente metáfora: si me encuentro ante un dilema, sobre todo de tipo moral, cuya respuesta no es fácil de obtener, reflexiono lo que habría hecho mi abuelo o mi padre de haberse topado con ese mismo cuestionamiento. La cultura sería por tanto una operación mental a partir de la cual recurro a lo que yo creo que mis antepasados habrían decidido si se hallasen, en mi lugar, ante una encrucijada frente a la cual no tengo aún respuesta.

En este sentido la cultura no es lo que yo creo sobre tal o cual cosa, sino el conjunto de creencias que asigno a quienes respeto como integrantes de mi propia comunidad. Este ejercicio mental permite fijar contextos éticos concretos respecto de los cuales puedo coincidir o, eventualmente, disentir.

Aun si a penas lo conocí, por obra de mi padre Sami es uno de esos ancestros que definieron con fuerza y desde muy temprano mi identidad. Una de las anécdotas que se mantienen vivas es aquella cuando cometió el acto más extremo de honestidad que se conoce en mi familia. El relato corre así:

Durante los primeros meses de 1947, un año antes de que comenzara a construirse la Torre Latinoamericana, Sami descubrió que, en el mostrador del establecimiento donde trabajaba, permaneció sin venderse el billete de la lotería que había ganado el premio mayor. El poseedor de ese pedazo de papel, sobra decir, estaba a punto de convertirse en una persona muy rica. Bastaba con que pagara el coste original y caminara con aquel trozo de papel, menos de un kilómetro de distancia, para cobrar la recompensa. Después nadie iba a poder arrebatarle un solo centavo conseguido por la suerte.

No obstante, Sami actuó de una manera distinta a la esperada. Tomó el teléfono para comunicarse con el dueño de la librería y le informó de la noticia. Su negocio no había vendido el premio mayor y le tocaba al propietario, no al gerente, decidir cómo proceder. El jefe del abuelo corrió a constatar la veracidad de la información. A penas tomó consciencia de su endemoniada fortuna, el patrón cortó un cachito, se lo entregó al abuelo y partió a toda prisa con el resto, en dirección del edificio conocido como El Moro, donde se hallaban las oficinas de la Lotería Nacional.

En la familia hay quien, en voz baja, tilda a Sami como un hombre ingenuo. Supongo que habrá también quien prefiera utilizar términos más peyorativos. Sin embargo, como decía mi padre del suyo, Sami no habría podido actuar de otra manera sin traicionar al hombre que siempre fue. En su cultura no cabía cobrar un billete que no había comprado, ni engañar al dueño que era el verdadero propietario de ese documento. De haber procedido de otro modo habría cometido un robo.

Sami murió honesto y también humilde. Vivió buena parte de su edad adulta en un departamento rentado de la colonia Roma que recuerdo por su olor a libro y también por la dignidad de sus habitantes. Nunca le importó ser rico, ni poderoso. Lo tenían sin cuidado la ostentación, los lujos o las presunciones. Fue un individuo que se esmeró por hacer lo correcto, aunque lo correcto no fuese siempre sinónimo de buena reputación.

Esta anécdota rebotó como bronce sólido dentro de mi cabeza cuando leí por primera vez al antropólogo Aronoff. La cultura no son los valores que yo utilizo a la hora de actuar frente a situaciones novedosas, sino lo que yo creo que mi abuelo y otros integrantes respetables de mi prole habrían hecho en caso de encontrarse ante tal o cual dilema de difícil discernimiento.

En este caso hablo obviamente de la cultura de la honestidad, pero el argumento podría extenderse hacia el vastísimo universo de referentes heredados cuyo peso en nuestra forma de actuar suele ser grave e importante.

Dos generaciones después, hay en mi prole quienes jamás harían lo que hizo Sami aquella primavera de 1947. Por suerte, también trascienden otros que han decidido relatarles a sus hijos las mismas historias que mi padre me contaba sobre el abuelo. Con este texto honro a los segundos, celebro su coraje para hablar con honestidad y actuar en consecuencia. 


  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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