El viajero del rosetón

Ciudad de México /

Aquel hombre y yo terminamos por ser los únicos residentes del vagón comedor de un tren. Ese mismo día había presentado su renuncia a la transnacional que dirigió por años. Con pesar refirió que la vida le había conducido por un camino ingrato 


Hay viajes que solo pueden suceder dentro de un tren de pasajeros. La historia que ahora cuento jamás habría ocurrido en otro medio de transporte. Tampoco en un lugar distinto al vagón comedor.

Subimos en la misma estación cuando la tarde comenzaba a caer. Dos individuos separados por unos cuantos metros y unos cuarenta años de distancia. Por aquel tiempo me impresionaban los trajes de tela fina hechos a la medida. Él llevaba prendido al ojal un rosetón blanco, azul y rojo, símbolo para anunciar su privilegio.

Sobre una mesilla de talla insuficiente había logrado colocar un vaso con whisky y una carpeta abultada con papeles. Yo me había dotado de un primer sorbo para acompañar el trayecto y cargaba conmigo una biografía de Stefan Zweig sobre Erasmo de Róterdam.

Conforme las estaciones se fueron encargando de desahogar al pasaje, aquel hombre y yo terminamos por ser los únicos residentes de aquel amplio compartimiento. Entonces se animó a preguntarme por el personaje de la biografía. Con timidez mostré la portada de aquel texto interrogando, de mi lado, si lo había leído.

En el universo de las personas a las que les gustan los libros hay dos tipos de sujetos: los que sienten curiosidad por la lectura ajena y los que simulan interesarse en los libros.

En el siguiente intercambio nos enteramos de que no viajábamos al mismo lugar, pero sí íbamos en la misma dirección. También averiguamos que, a la coincidencia de aquel encuentro, le sobraban cuatro horas por delante.

Nunca he temido a las conversaciones con desconocidos porque sé esconder mi intimidad detrás de la máscara de la entrevista. Ayudó también que mi fortuito interlocutor tuviese, entre hielo y hielo, una necesidad imperiosa por contarme su vida. 

Tardó poco en compartirme la tarjeta de presentación. Quise disimular mi asombro cuando leí bajo su nombre el cargo que le pagaba el sueldo y las prestaciones. Se trataba del presidente y director general de la armadora de aviones más importante de Europa.

“¿Qué diría Erasmo si se hubiese enterado de que las iglesias del futuro iban a construirse con otros materiales?”, aventuró el hombre del traje elegante tratando, sin pudor, de encontrar razones para ubicar su propia existencia en la perspectiva contemporánea.

La exageración me obligó a mirar por la ventana cuando las montañas engulleron al tren durante un par de largos túneles. Mentiría si no reconociera el vértigo que, por un momento, me produjo asignarle a ese individuo el rol de espejo para reflejar los deseos puestos sobre mi presunto destino.

“El invierno es la última estación de cada viaje y ya no me quedan muchas despedidas más que celebrar”. Shutterstock

Conforme fue explayándose, su voz produjo más vínculos entre nosotros de los que en un principio hubiese imaginado posibles. Cuatro décadas atrás, él había cursado estudios en la misma escuela de dónde yo egresé. Luego, obtuvo su primer puesto de trabajo en el mismo destino al que me dirigía en ese tren. Más tarde, escaló peldaño a peldaño una carrera en la función pública que, en ese pasado remoto, yo imaginaba como la única posible para mí mismo.

Aquella cita no podía ser una mera coincidencia. Sin preocuparse ordenó una tercera y luego una cuarta ronda que le ayudaron a perder modestia cuando se puso a enlistar nombres de gente famosa que él había conocido por su profesión, o mejor aún, que lo habían reconocido a él como un personaje destacado.

Coincidió que se retirara la corbata cuando sus ojos crecieron de tamaño y su rostro comenzó a pintarse con tonalidades rojas. En ese punto del intercambio algunas de sus frases partieron lejos de mi oído. El tren avanzaba cada vez más ruidoso y quizá por ello su mente también aceleró el ritmo.

Era ya tarde para que se interesara en mi persona. No hice tampoco el intento por compartir las coincidencias arbitrarias que había descubierto. Las últimas revelaciones iban a ocupar el tiempo que nos restaba.

Ese mismo día el señor del rosetón había presentado su renuncia a la gran transnacional que dirigió durante varios años. Supuse que le había llegado la hora de jubilarse, pero se apresuró para corregir la confusión.

El ritmo comenzó a incordiarme. El vagón cantina temblaba con cada curva y todas las veces nos obligaba a salvar la bebida con un sorbo.

“Mi hijo mayor murió el año pasado”, soltó de pronto. “Partió como un desconocido y no he vuelto a ver a su madre desde entonces”.

Tocó el turno para que mi asombro se dilatara en silencio. Con pesar refirió que la vida le había conducido por un camino ingrato. Siempre creyó que llegaría el momento para detenerse y sin embargo cada responsabilidad asumida le condujo más alto y más lejos. Conforme corrieron los años, cuánto más importante, menos relevante fue para los suyos.

Me resultó extraño ver rodar lágrimas en un rostro como aquel.

“La soledad es el trofeo más infame que un hombre puede recibir”, puntualizó.

Erasmo y los papeles de trabajo habían perdido hacía tiempo todo su significado. Aquel sujeto que parecía el ejemplo de la vida lograda terminó exhibiéndose como su opuesto. Me habría gustado preguntarle un par de cosas más, pero una voz metalizada que habíamos escuchado previamente anunció el arribo próximo a mi destino.

Extendí la mano para decir adiós y él sonrió, no sin antes entregarme una última sentencia: “El invierno es la última estación de cada viaje y ya no me quedan muchas despedidas más que celebrar, así que le agradezco haber compartido la conversación”.

Nos pusimos de pie y él partió en dirección contraria a la mía, tratando de mantenerse erguido y con dignidad.

Yo lo imité, intentando no apresurar nada más.


  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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