La medalla de Lucía

Ciudad de México /
El viaje de Samy tomó semanas antes de que el puerto de Veracruz se asomara. Jorge Carballo

Cuando volví a ver a la abuela traía colgada al cuello una medalla dorada y roja que por el frente presumía una estrella de David y en la cara opuesta una cruz.

He contado muchas veces esta historia, pero es la primera vez que la escribo. Supongo que antes tuve miedo de fijarla en el papel, ya que se trata de uno de esos relatos que viajan bien de boca en boca. Ahora también me doy permiso porque ninguno de los hijos de mi abuela, incluido mi padre, podrán leer esto.

Aquí dejo la historia de Lucía, según la supongo a partir de los fragmentos arrebatados a fuentes familiares, cada una muy celosa de poseer la verdad definitiva.

Durante la primera década del siglo, la infancia de la abuela transcurrió en Nimes, una ciudad al sur de Francia fundada durante la invasión romana. Fue la hija mayor y muy querida de un comerciante que sostuvo a su familia gracias a un taller de confección y una bonetería.

Detrás de Lucy vinieron varios hermanos. Entre todos, Vidal fue el más próximo. Antes de cumplir los diez años a la abuela le tocó vivir la Gran Guerra y previo a los dieciocho se enamoró del mejor amigo de ese hermano. 

Es complicado comprender por qué entonces las personas que practicaban una religión distinta, si eran amigos podían cruzar la frontera de la intimidad, mientras que en el caso del amor no había pasaporte que sirviera.

El bisabuelo Aarón protestó cuando su primogénita contempló a aquel hermoso joven que no era judío. Peor de enérgica fue la madre de François, una católica rotunda y sin concesiones. No solo fue en la Alemania nazi que el racismo encontró largas simpatías. El ciclón de la xenofobia agitaba también la bandera francesa durante aquella época.

Esos dos jóvenes estuvieron impedidos para llevar al límite su enamoramiento. Con todo, debió ser poderoso porque de lo contrario este relato habría encontrado aquí su punto final.

La madre de Lucía tenía un pariente del otro lado del Mediterráneo, más de veinte años mayor que su hija. Un turco generoso que hablaba siete idiomas, adoraba los libros y continuaba soltero. Samy había peleado en la guerra y ahí perdió un pulmón. Tengo un libro que fue suyo. En la primera página aparecen anotados en tinta sepia los nombres de los hijos y las hijas de la bisabuela. Supongo que lo habrá leído mientras se embarcaba para visitarlos en el sur de Francia.

Con Europa tan revuelta, migrar a las Américas se abría como una puerta deseable para franquear. Eso contó Samy a Lucía y a sus futuros suegros. Así eran entonces las costumbres. En contraste con la propuesta anterior, a pesar de la diferencia de edad éste sí era un matrimonio conveniente.

Se casaron y Samy partió primero. Poco después le alcanzó Lucy. El viaje tomó varias semanas antes de que el puerto de Veracruz se asomara en el horizonte. El abuelo se asumió mexicano desde el primer momento. Solicitó la nacionalidad y se alistó como reservista del Ejército. La abuela también quiso mucho a este país, aunque jamás pudo decir la erre a la mexicana. Ya mayor, los nietos nos divertíamos pidiéndole que repitiera con velocidad la frase “Gápido coggguen los caggos del fegrocagggil”.

Me estoy adelantando. Antes de que hubiera nietos hubo tres hijos, entre ellos mi padre, que fue el menor. El año pasado, poco antes de morir, me aseguró que la abuela había querido mucho a su papá. Esa era la única historia que para él importaba.

Samy murió cuando yo tenía dos años y Lucy poco más de sesenta. Para entonces ella había vivido casi cuatro décadas en México. En todo ese tiempo sólo una vez regresó a Nimes. Ya viuda lo volvió a hacer. Tuvo necesidad de visitar la tumba de sus padres. También quería conocer a la descendencia de sus hermanos.

Aquel viaje de retorno fue un acontecimiento. Días después de la gran recepción familiar ella decidió recorrer la avenida principal. No lejos de un Coliseo Romano bastante impresionante —donde hasta hace poco se celebraban corridas de toros— Lucy ingresó a un comercio que vendía televisores.

El dueño de aquel local no era otro que François, su primer amor. Debieron parecer adolescentes cuando intercambiaron en unas cuantas horas varias décadas de vida. Aquel hombre pasó la mayor parte de la Segunda Guerra recluido en un campo de concentración, junto con muchos otros soldados derrotados. Contó también que antes de ponerse el uniforme se había casado y que ya libre se divorció porque al regreso encontró invadido su lado de la cama. Luego volvió a casarse y de nuevo a descasarse. Tenía hijas nacidas en ambos matrimonios.

Un buen día, en México nos enteramos de un señor que había propuesto matrimonio a la abuela. Durante la ceremonia, el novio entregó a Lucía la medalla con la cruz y la estrella, emblema de los sentimientos que resisten. Veinte años vivieron en Nimes y tuvieron una buena vida. Mi padre conoció al marido de su madre y entonces comprendió. Esos dos reían todo el tiempo, se tomaban de la mano y jugaban por lo menos una partida de scrabble al día. Era evidente que trataban de recuperar lo robado.

Lucy convenció a François de pasar una temporada larga en México. A sus setenta y muchos, él aprendió español y durante aquella estancia nos regaló un divertido abuelo postizo.

Cuando la estancia comenzó a alargarse, François pidió regresar. No quería morir lejos de sus hijas, ni del país por el que había peleado. Ella lo acompañó, pero en Francia arribó a una conclusión similar. Doloridos, acordaron separarse. Esta vez no eran los padres sino la muerte que se acercaba, mezclada con el amor por los hijos, lo que les impedía seguir juntos.

Tomó entonces Lucy el tren a París y desde ahí voló a México. Recién llegada escribió a François quien, después de cierta tardanza, respondió con un par de cartas cuya letra era desconocida para la abuela. Cargada de dudas, llamó por larga distancia a la hija de su marido. Averiguó que era ella quien había redactado aquellas comunicaciones porque supuestamente François se había quebrado la mano con la que escribía.

Intuyó que algo no iba bien. Ella no esperó a la siguiente carta para exigir que pusieran a su marido al teléfono. Para la abuela fue demoledor enterarse de que, en realidad, su François había muerto la misma noche en que ella tomó el tren rumbo a la capital francesa. Él no había resistido ni un par de horas sin ella.

Allá creyeron que sería mejor ocultar esa noticia. Quizá tuvieron razón porque, después de saberla, muy pronto mi abuela decidió también subir a la barca de Caronte. Partió en paz, imagino, con la medalla de la resistencia estrujada entre sus dedos flacos.


  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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