La otra Hilda (2ª parte)

Ciudad de México /
De aquel triángulo su padre fue el último en partir; las dos mujeres lo habían hecho una década atrás. Jorge Carballo

Hilda volvió a llamar a Hilda. Esta vez para decirle que el padre de ambas había muerto. La invitó a venir al velorio. Al terminar la comunicación, un tumulto de emociones encontradas se instaló como los peores inquilinos.

No debía perderse la oportunidad de cerrar el ataúd. “Tienes que sanar”, se dijo a pesar de que su duelo había ocurrido más de treinta años atrás, cuando su mamá corrió a Pedro de la casa por bígamo.

De aquel triángulo su padre fue el último en partir. Las dos mujeres lo habían hecho una década atrás. A Pedro se lo llevó una neumonía, a los 84 años, cuando vivía con sus otros hijos que, sin alimentar más el reclamo, lo acogieron durante sus últimos años.

No era sólo por el difunto que hubiera querido saltarse aquel ritual. Los otros tres hermanos no le causaban aprehensión, pero seguía indispuesta para conocer a la otra Hilda.

El viaje hasta el velatorio fue largo. Ella jamás había visitado aquel lugar de la periferia de la ciudad. Dentro de una pequeña funeraria topó primero con la caja humilde donde reposaban los restos. Junto a ella había una cubeta de plástico de la que se asomaba un escuálido ramo de flores blancas.

Confiesa que el primer sentimiento que tuvo fue mezquino. No había cómo comparar con las exequias de su mamá, porque ahí las coronas y los arreglos fueron incontables. “¡Te lo merecías!”, pensó y luego se sintió mal. “Soy humana y guardaba mucho resentimiento”, reconoce con sinceridad.

Sus padres se conocieron cuando el siglo pasado había llegado a su mitad. Él trabajaba como repartidor de la Pepsi Cola. “Era galán, simpático y fácil de palabra. Mi madre tenía también lo suyo, aunque ella era más austera”.

Antes de que Hilda viniera al mundo, Pedro armó jaleo en su lugar de trabajo. Quiso organizar a sus compañeros y eso terminó mal. Lo echaron por “lioso”, le contaría la madre años después.

Fue una ventaja que lo liquidaran porque con ese dinero montó un negocio que prosperó bien: compraba leche bronca y la embotellaba en unos contenedores de cristal que repartía de casa en casa. Hilda aún rememora la tapa desechable de aluminio que se adhería a la boca de aquellas botellas “con un alambrito”.

Sergio, su hermano mayor, asegura que el papá solía traer fajos de dinero en el pantalón. Dice que era muy desprendido, sobre todo cuando las mujeres acudían a él.

Habrá sido en aquellos años de bonanza que Pedro fundó la otra familia. Le alcanzaba entonces para financiar la vida doble. Pero eso terminó con la llegada del Tetrapak, un envase de cartón y fibras que podía guardarse fuera del refrigerador.

Posterior a ese descalabro, el padre de las dos Hildas no volvió a levantar cabeza. Se convirtió en un hombre desobligado por lo que sus mujeres tuvieron que entrar al relevo. La madre de Hilda puso un restaurante que, en un principio, no resolvió las muchas carencias, aunque más tarde permitió que ella pudiera graduarse de abogada.

Uno a uno los hermanos de la otra familia se aproximaron donde Hilda se hallaba ensimismada. A ella le pareció extraño que no llevaran ropas negras. La primera que se presentó fue Verónica, una de las gemelas. La misma que su papá había negado aquel día que volvió de una siesta en la casa equivocada. Luego Hilda conoció a Lourdes. Esas dos chicas sí que eran idénticas.

Le agradecieron que hubiese venido. Lo mismo hizo Ricardo, el primogénito de la otra familia. Todos eran buenas personas. “¿Por qué no habrían de serlo?”, se interroga ahora.

Finalmente vino el encuentro más temido. La Hilda del supuesto espejo le entregó el más genuino de los abrazos. Aquel golpe de realidad fue brutal: mientras Lourdes y Verónica tenían todo en común, las dos Hildas no se parecían en nada.

Reaccionó con una inseguridad tan crecida que pareció arrogancia. “Pórtate bien y sé amable que el rencor no es para ellos”, dice que se recriminó.

Le urgía salir de ahí. Con todo, decidió esperar hasta que el féretro abandonó la funeraria. Le habría gustado que Sergio, el hermano con el que sí creció, también hubiese acudido. Antes lo había llamado, pero él se negó. Recuerda que ella le dijo: “Se murió tu padre”, como si no fuese también descendiente de Pedro.

Detrás del rencor había celos, los celos de su madre. Los celos que ella trasladó hacia la otra Hilda. Celos porque el muerto no fue siquiera capaz de distinguir a esas dos niñas con un nombre distinto.

Quizá de esa enfermedad necesitaba curarse. De los celos que su mamá supo dejar atrás, pero que Hilda continuó custodiando.

La abogada permaneció casi dos horas en aquel sitio. Todo ese tiempo luchó contra sí misma para no hacer sentir mal a nadie, aunque por dentro se estaba desmoronando.

Cuando llegó el momento de partir, le pareció decente ofrecer su parte para cubrir los gastos del velorio. En esto se equivocó. Los otros hijos de Pedro se ofendieron, a lo mejor no solo por la distancia que les había separado siempre, sino también porque Hilda iba vestida con las ropas más oscuras y finas de su armario.

Aquella fue la única y la última vez que se encontraron las dos Hildas. A pesar de que prometieron buscarse más tarde, el vínculo se extravió. La falsa hermana gemela dejó de ser una obsesión porque aquel funeral la ayudó a cicatrizar, al menos de la herida que ella le significaba.

Reconoce con resignación que, sin embargo, no ha terminado de hacer las paces con los hombres. Hilda tiene un hijo con el que la lleva de maravilla, pero insiste con que la cosa es diferente cuando se trata de varones que son sus iguales.

La ingrata mentira y el monstruo de los celos continúan insepultos. Un día Hilda los meterá dentro de un féretro barato y colocará a sus pies un raquítico ramillete de margaritas. Eso hay que darlo por sentado.

Mientras eso ocurre la abogada “liosa” continuará peleando con Pedro, por las buenas razones. En algún rincón de su deseo ella quería parecerse a aquel hombre que con su conducta incineró las mejores memorias.

De su lado, la otra Hilda no tuvo mejor suerte. A ella le habría gustado contar con esa hermana a la que admiró, y probablemente continúa admirando, porque la indolencia del padre no pudo definir su destino. 


  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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