Nadie vio nada

  • Artículo mortis
  • Roberta Garza

Ciudad de México /

Eran cerca de las 5 de la tarde del 19 de enero. La madre, Rocío, iba con su hija de 16 años por el Metro Hidalgo, de regreso a casa, luego de haber pasado el día rindiéndole tributo a la burocracia patria. Al caminar la chica sintió que le pincharon el brazo. La madre la revisó y no le encontró nada extraño. Habían quedado de verse cerca de Indios Verdes con Jesús, el padre y esposo, pues se les había acabado el dinero para el pasaje y éste pasaría a recogerlas allí. Mientras lo esperaban Rocío entró a los baños públicos y Ángela se quedó a la puerta. Cuando la madre salió, a los pocos minutos, la niña ya no estaba. Sólo alcanzó a escuchar su voz, llamándola, sin saber bien desde dónde; las carpas multicolores de los ambulantes forman allí, como en casi todas las vías públicas de la muy noble y anárquica Ciudad de México, un laberinto retorcido que despista al más plantado.

Las decenas de testigos dijeron que no vieron ni oyeron nada, aunque los padres afirman que las imágenes de las cámaras del C5 —no las instaladas por Seguridad Ciudadana de la capital, que hace tiempo no sirven— muestran a un hombre jalando a Ángela del brazo para llevársela. La muchacha sin duda debió gritar, forcejear, pero no: nadie vio nada.

Ella no fue la única chica en desaparecer ese día. Pero sí fue la única cuya familia no hizo lo que debía: no fue la madre a denunciar llorando quedito a la delegación para que le dijeran que regresara a la semana; que la niña seguro se largó de piruja con el novio; que si les daba una feria quizá comenzarían a investigar. No se encerró en su casa a quererse cortar las venas, o a rezar, o a desgañitarse, no: la familia de inmediato reunió a vecinos y amigos para plantarse en la calle con pancartas, grandes fotos de la desaparecida y micrófonos frente a Indios Verdes, moviéndose de allí sólo para ir a estrangular la carretera hacia Pachuca, levantando todos los demonios posibles.

La presión dio fruto a los dos días cuando, a 30 kilómetros de distancia, en un triste baldío de ciudad Neza, Ángela fue aventada sin ropa, maniatada de pies y manos con cinta canela y envuelta en una nube de plástico negro. Los diarios dicen que con “signos de violencia”, sin especificar si se refieren a unos moretones y rasguños o a cosas mucho peores. La fiscalía de Ciudad de México anunció que la chica fue encontrada por sus propios agentes, pero los vecinos del baldío aseguran que fueron ellos quienes la escucharon llorar, la ayudaron, llamaron a una ambulancia y, después, a la policía del Estado de México, que finalmente se comunicó con su contraparte capitalina.

Toda desaparición es para la familia afectada la peor de las pesadillas, pero esta ahueca los estómagos y horada los corazones urbi et orbi: al margen de la ineptitud carroñera y criminal de nuestras autoridades, cientos de ciudadanos, testigos del secuestro a plena luz del día, fueron incapaces, por miedo o por desidia, de detenerse a ayudar a una niña en apuros que, con casi absoluta certeza, estaba siendo llevada a su muerte o a infiernos mucho peores.

¿En qué tipo de cómplices monstruosos del horror que nos envuelve nos hemos convertido los mexicanos todos?

Roberta Garza


@robertayque





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