Un rayito de esperanza

Ciudad de México /

M+.- En 1986 los ciudadanos marcharon desde Chihuahua hasta la Ciudad de México. Protestaban por el fraude que el partido de Estado orquestó contra el panista Francisco Barrios, entonces alcalde de Ciudad Juárez, el primer opositor en ganar la alcaldía de esa ciudad fronteriza tres años antes, cuando la dictadura perdió todas las ciudades importantes del estado norteño. Los chihuahuenses inauguraron entonces una desobediencia civil cuya inédita convocatoria les quitó el miedo a cerrar carreteras, tomar puentes internacionales y llenar plazas.

A pesar de los esfuerzos del gobierno por mermarla, la marcha se fue nutriendo al paso de los kilómetros. La imagen de esa horda de norteños acercándose a una capital que desde el Jueves de Corpus no había visto insurrecciones de ese tamaño hizo que Fidel Velázquez, dirigente vitalicio del brazo sindical de la dictadura, espetara un “ahí vienen esos Bárbaros del Norte” que quedó para la posteridad. Pero en esos recuerdos del porvenir las elecciones se controlaban desde la Secretaría de Gobernación, es decir, desde la Presidencia; las organizaciones civiles eran pocas y enclenques y no existían instituciones independientes capaces de defender a los ciudadanos de los abusos del poder. La dictadura le entregó la gubernatura a su candidato, Fernando Baeza, sin que nadie pudiera impedírselo.

Hoy Chihuahua y Coahuila parecen haber retomado la bandera de una resistencia que en los años ochenta abrió las primeras fisuras en la coraza de la vieja dictadura, una que vivió agazapada en el interregno democrático que intentamos a partir del año 2000, resucitando en el 2018 gracias a que le regalamos nuestros votos a un López Obrador que se formó bajo su sombra, aunque en una versión mucho más corrupta e inepta que la original.

El primer campanazo fue cuando Maru Campos, la gobernadora panista de Chihuahua, no cayó en las provocaciones del agitprop desde Morena: el impostado desgarre de vestiduras que intentó convertir el exitoso golpe contra un narcolaboratorio, con la ayuda de la CIA, en un ataque contra nuestra soberanía, terminó en un impopular chasco que obligó a las huestes de Palacio a abortar el espurio intento de fincarle a Campos un juicio político.

Y luego, a pesar de los mejores esfuerzos del partido en el poder —encabezado hasta que tiró la toalla por no me llamen Andy López Beltrán que, luego del de Durango, acumula dos rotundos fracasos electorales bajo su cinto Prada—, Coahuila dejó a Morena en un vergonzante 16 a cero, con todo y la compra de votos y las amenazas de retirarle al pueblo bueno los apoyos gubernamentales.

En estos tiempos oscuros el norte parece mostrarnos, otra vez, que la resistencia puede ser efectiva y hasta gozosa. Si antes de las próximas intermedias suficientes votantes logran sacudirse las telarañas ideológicas y la depresión política en que nos ha sumido esta nueva versión de la dictablanda que por tantos años aplastó a México, si logramos quitarles las Cámaras antes de que terminen de destrozar nuestros derechos y nuestras libertades, sacar a Morena de los metafóricos Pinos se antoja posible. Ya lo hicimos una vez.

¡Ajúa!


  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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