De no creerse, lo que pasa en este país

  • Política Irremediable
  • Román Revueltas Retes

Ciudad de México /

El pasado neoliberal no era el mejor de los mundos pero en esos tiempos, ni siquiera tan lejanos, en la vida pública no estallaban tan aberrantes y escandalosos episodios como ahora. Ya vimos que un muy distinguido intelectual —prolífico autor de ensayos y con una muy sólida carrera académica— tuvo a bien desenmascarar a toda una ministra de la Suprema Corte, ni más ni menos, sacando a la luz una tesis que ella hizo pasar como suya pero que no se tomó la pena de escribir.

El pecado original, no tan censurable, sería la haraganería —o sea, la indisposición particular de la señora al esfuerzo de investigar, de estudiar, de reflexionar para sustentar sus argumentos y luego de sentarse a redactar simplemente el texto— pero lo más condenable, aparte de punible, es el robo puro y simple del trabajo de otra persona, por no hablar de que la perpetradora del quebrantamiento debería de poseer la más intachable trayectoria para fungir, precisamente, como miembro del tribunal constitucional de Estados Unidos Mexicanos.

Pues bien, en cualquier país mínimamente decente —en lo que toca a su vida pública— un hecho así de vergonzoso llevaría a la fulminante renuncia de la responsable y al paralelo distanciamiento de sus valedores en el Gobierno. Asunto de simple compostura y de la más elemental ejemplaridad en tanto que a quienes llevan las riendas de la nación se les supone la debida categoría moral para acatar los mandamientos legales y, sobre todo, para exigirles a los demás su cumplimiento.

Pues no, miren, ha sido todo lo contrario: el oficialismo no ha desconocido ni sancionado merecidamente a uno de los suyos sino que ha arremetido primeramente contra el mensajero y ha redoblado su machacona embestida para descalificar a su críticos y opositores, culpándolos, una vez más, de todo lo que no está funcionando aquí en estos momentos.

Pero, caramba, la cosa no ha parado ahí: Morena, el partido del Gobierno, se dispone a cambiar las leyes para que el plagio de una tesis profesional sea una contravención cuyos castigos prescriban a los cinco años. ¿Por qué y para qué? Pues, sospechamos y conjeturamos, para amparar a una infractora con nombre y apellido. La ley a modo, o sea. Y el cinismo, a todo vapor, a todo lo que da. ¿En qué país estamos viviendo?

Román Revueltas Retes



revueltas@mac.com




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