¿No voto? No existo…

Ciudad de México /

Votar es existir. Es un acto personal en el que el individuo le dice al poder: “aquí estoy y ésta es mi voz”.

Así de insignificante como pueda parecer la participación particular de alguien en un gran proceso colectivo como las elecciones, lo que importa es el ejercicio de una facultad y la paralela voluntad de afirmarse como un ciudadano dueño de derechos.

Quien no vota le está avisando al mundo que no cuenta como persona. O sea, que no existe. La abstención es perfectamente voluntaria, ya lo sabemos, pero el acto, en los hechos, viene siendo la cancelación, autoinfligida, de una libertad.

Las cosas, en lo que toca a las garantías que disfrutamos los habitantes de la modernidad, no siempre han sido así ni mucho menos: las potestades del señor feudal eran colosales y sus siervos en momento alguno las podían cuestionar, por no hablar de la absoluta imposibilidad de elegir a alguien más para ser gobernados; los reyes, por su parte, proclamaban que su llegada al trono resultaba de la voluntad divina, ni más ni menos (impugnas los designios de Su Majestad y te metes con el mismísimo Dios, a ver quién es el valiente que se enzarza con el Altísimo); y, ya en estos tiempos, y sin ir más lejos, en el territorio sojuzgado por la dictadura castrista la gente no puede elegir más que a un solo partido.

Curiosamente, en el mundo libre los votantes no parecen estar demasiado motivados para acudir a las urnas. Aquí mismo, millones de mexicanos se quedan en casa el día en que se celebran las elecciones. No sólo hay un desinterés por lo público sino una apatía que resulta de la percepción de que el voto no va a cambiar en nada la realidad que se vive cotidianamente.

Esto no es cierto. La manera en cómo los gobernantes manejan los asuntos públicos es importantísima y afecta directamente a los habitantes de cualquier país.

La resignación es la respuesta final de los seres humanos ante los embates de la fatalidad. Y sí, en efecto, no hay retorno posible a la muerte de un ser querido o la pérdida definitiva de la salud. Pero un mal gobierno, cuando hay democracia, no es una tragedia irreversible sino una calamidad temporal. Y la solución está en las manos de la gente. La que sale a votar, desde luego, no la que renuncia a proclamar orgullosamente su soberanía.

Así que...


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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