Arranque

  • En el banquillo
  • Tedi López Mills

Ciudad de México /

Me sorprenden las botellas rotas en el piso de la cocina, la escoba a mitad del pasillo, el teléfono descolgado, las manchas de sangre en la duela y en la manija de la puerta blanca de la recámara, la almohada sin su funda en el tapete junto a la cama, la lámpara encendida en la mesita de noche con tres libros bajo la lupa del foco, el cuerpo de Mariano Antúnez envuelto en la sábana como en un sudario y encima, a la altura del torso, una hoja de papel con una leyenda manuscrita: aquí yacen los restos del misterio: nunca hubo Obra Maestra. Ríanse de pie los amigos y los enemigos. Aplaudan. Recorro varias veces lo que llamo con espíritu policiaco “el lugar de los hechos” y, en cada recorrido, se refuerza mi impresión de que se trata sin duda de una muerte escenificada. ¿Pero por quién? Según me han dicho los cercanos al escritor de culto —círculo pequeño y restringido— una de las últimas personas con las que se comunicó Antúnez fue con el “odioso” Manuel para ponerse de acuerdo sobre una fiesta que habría el sábado siguiente en la noche. Suponen que la llamada ocurrió el jueves por la mañana porque algo dijo Antúnez al final del taller de Viejas Nuevas Escrituras que, desde hace años, se lleva a cabo en la sala de su casa todas las tardes ese día de la semana. Entre sí los discípulos se burlaron del oportunismo de Manuel e intercambiaron comentarios iracundos acerca de la mezquindad del Profe que los había excluido sin el menor disimulo del festejo. Por su parte, la señora Yoli —la empleada doméstica— me contó que vio salir a Antúnez el viernes a las doce. “Muy de buenas iba el señor… hasta silbando”. Regresó una hora después con cuatro botellas de vino. Le pidió a la señora Yoli que les diera una limpiada con su trapo húmedo pues “estaban bien cubiertas de polvo, cochambre y pelusita.” Le pidió también que le dejara su sándwich en el refri y no en el antecomedor, como era la costumbre. Ella terminó sus labores a las dos y se fue sin despedirse de Antúnez: “estaba el señor encerrado en su estudio. No me gusta molestarlo”. Aún no investigo los otros espacios de la casa; el baño me da mucho miedo. Sé que no debo descuidar ningún detalle y que nada debe tocarse ni moverse. Permanezco en la recámara analizando lo que observo y tomando notas en mi cuaderno. Ya no es un cuerpo el de Antúnez, sino un cadáver. Antes de acudir a las autoridades, será fundamental que yo aclare qué hago aquí y qué tarea voy a desempeñar. Si bien es posible que la “estricta lógica narrativa” esté fuera de mi alcance, intentaré ir paso por paso, avanzar o incluso retroceder con fluidez, a fin de que la trama genere su propio tiempo y no parezca una invención pasajera, sino un mundo definitivo. Barthes resalta la importancia del “Sistema de Nombres Propios” y el hallazgo —atribuible a Balzac— de que los personajes vuelvan “por largos intervalos”: Mariano, Manuel, Marina, Magdalena. Pronto habrá un abogado. Sospecho que no sólo yo escribo La novela inconclusa.

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