En el banquillo

Desatino

Tedi López Mills

La imaginación no comete errores. Si pongo la sombra de una mujer encima de la mesa atravesada por la luz inoportuna del lunes que apesta al incendio de un bosque aledaño y digo que la sombra no equivale a una persona, pero sí a un cuerpo, y afirmo que haré todo lo posible por hablar en su nombre para que haya al menos un vínculo solidario y yo represente el símbolo genérico o algo parecido, nadie podrá advertirme con furia o desdén que infrinjo una regla. O si aconsejo que tú y él y ellas y ellos se junten bajo el toldo gris mientras se decide quién será la voz cantante del grupo, la figura de la identidad con la que tú y él y ellas y ellos comulguen sin las dudas del caso porque siempre hay caso, nadie podrá acusarme de que borro individuos adrede por no comprometerme con la causa de señalarlos una por uno o viceversa. Cuestión de política y no de arte, de estrategias y no de realismo burdo. Si trazo escenarios íntimos es por falta de recursos: poco espíritu y muy dado a las convenciones de la tristeza por los efectos dramáticos que produce en los paisajes del barrio donde desempeño un papel protagónico a fin de evitar malentendidos acerca de cómo debe interpretarse tal o cual experiencia. La sequía es otra cosa. Las vacas y los borregos muertos en el polvo donde antes la hierba y los pastizales tuvieron mucho que ver y se humedecía el tramo correspondiente para que los cuadrúpedos fueran triscando alegres “hacia el futuro”, no son de ningún modo el principio de una mentira o de un cálculo erróneo de consecuencias. La piel en los esqueletos despedazada por el sol no es un asunto de matices, sino el puro cuero aún asido a los huesos porque le falta tiempo para disolverse o absolverse y caer en el polvo con las pezuñas por delante. La noticia será que al menos hay restos y queda la esperanza de que las criaturas resuciten, llueva en los campos, se colmen las presas y se diga al cabo que la escasez de agua fue sólo anecdótica. Si comparo los minuteros de mi reloj con soldaditos de juguete, tendré que explicar los despliegues y repliegues alrededor de los números. Si explico que jamás visité la recámara de los niños por miedo a desordenar las figuras en los estantes, se me recordará que nunca hubo niños y que no debo abusar de las emociones en detrimento de las ideas. Pienso en los reacomodos en mi cabeza cuando se me sugiere que delire a mis anchas en vez de avanzar punto por punto, como si esto fuera la crónica de un país custodiado por el señor que nos insulta todas las mañanas desde una tarima con el micrófono pegado a los labios y la sonrisa inconfundible y el dedo índice al aire: ¡ustedes, ustedes, ustedes! Cuento los nombres en su lista de enemigos y me equivoco. Cuento los nombres en mi lista de poetas y me equivoco. Escribo el año de un nacimiento y me equivoco. El catálogo de errores lo elabora mi amigo conforme los va descubriendo con júbilo. Se mueven perdidas las cifras en la página como las moscas en mi cuarto.


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