Segundo

  • En el banquillo
  • Tedi López Mills

Ciudad de México /

Debo cuidarme de las alusiones, los sobreentendidos y no suponer que, si en algún momento alguien llega a leer La novela inconclusa, sin conocimiento de causa, como dicen los profesionales, careciendo de los elementos necesarios para adivinar el tema sin estar al tanto de los datos, tolerará los obstáculos que entorpecen la trama y tendrá paciencia para examinarlos con la idea de que, aunque son escombros, quizá con buena voluntad pueda reconstruir una pieza completa: “tal fragmento va aquí, tal fragmento va allá, este trozo deforme no sirve” y lo patea, cae en una zanja y se mezcla con las piedras y la basura. Algunas veces logro que mis descripciones sean concretas, pero admito que mi ánimo tiende a ser abstracto, falsamente filosófico o peor aún poético, y por ello pido una disculpa, aunque también permiso de proseguir con mis métodos dizque conceptuales e incluso ahondar, establecer principios narrativos que me permitan romper las reglas de la continuidad y moverme —escribir— como si yo ignorara casi todo, pero pudiera imaginarlo precisamente porque el receptáculo —mi cabeza— está vacío. Sé que hay un cuerpo sentado en una silla de mimbre en una recámara y un cadáver en la cama envuelto en una sábana. Sé que yo soy el cuerpo y Antúnez es el cadáver. Sé que hay una muerte que me define desde hace dos años y otra que me pone a calcular estrategias y luego colocar misterios, como si fueran huevos de Pascua ocultos entre ramas y pasto en un jardín en las inmediaciones de un pueblo pequeño cuyo nombre se borra en el letrero tan pronto lo apunto: “Vernon, población 209 habitantes”. Lo que no sé es dónde y cuándo detenerme. La cita con Ochoa, mi amigo abogado, es el próximo miércoles a las cuatro de la tarde. Seguro me pedirá que le muestre la carpeta de hojas sueltas, el cuaderno de Marina, “No le da miedo perder lectores”, los archiveros, el fichero. Ya me advirtió por teléfono que, para las autoridades, estaré bajo sospecha y más vale que vaya pensando en alguna coartada. Intenté explicarle acerca de las lagunas en mi memoria, cómo sigue siendo indescifrable la ruta que me condujo a casa de Antúnez, pero Ochoa me interrumpió: “¿Sabes alemán, ruso?... Ahora tomo clases de latín… Los idiomas abren puertas… ¿Hay algo que no me estés diciendo?” Aunque los guantes negros de mi papá en la bolsa de plástico despierten suspicacias, no puedo deshacerme de ellos: son evidencia. Yo soy evidencia. Busco algún recuerdo oportuno, como el que leí antier en una recreación histórica: “Mientras el general se fuma su cigarro en la terraza le viene a la mente aquel día en que su caballerango le dio la noticia de que había fallecido el primer ministro de un infarto súbito, camino al baño. Con lágrimas se acordó de la última gran batalla”. En el libro no hay culpables; sólo víctimas, circunstancias y presentimientos. Me parece riesgoso que la luna desempeñe un papel tan protagónico. Oigo pasos, tacones. Una llave gira en la cerradura. Voy a esconderme.

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