El derecho a la duda

Ciudad de México /
Ciudadana acude a emitir su voto. ARIANA PÉREZ

Aquel domingo íbamos a ir al teatro con mi abuela, pero se nos rajó dos días antes. Iban a celebrarse las elecciones, así que le llamaron para solicitarle que fuera funcionaria de casilla en representación del partido oficial. “¡Mándalos al demonio!”, le sugerí, con aires de nieto autoritario, y ella me hizo entender que no podía negarse, so pena de perder el estatus de Veterana de la Revolución, que le valía por una serie de ventajas a las que no quería renunciar. “¿Y a quién le importa que haya elecciones?”, chillé no sin razón, puesto que todo el mundo sabía de antemano quiénes serían los ganadores.

“Ya en la noche llegaron unos hombres y cambiaron las urnas de la casilla por las que ellos traían en su camioneta”, me contaría mi abuela días después. Sin la menor sorpresa, porque tampoco era la primera vez que el gobierno la chantajeaba como a un niño pequeño en el sagrado nombre de la Revolución. O, más exactamente, en el de una gavilla de impostores que se hacían llamar Familia Revolucionaria.

Crecí habituado a ver a mis mayores ser tratados como gente pequeña. “Papá Gobierno”, les gustaba decir, entre el sarcasmo y la resignación. En la escuela primaria, jugando a ser adultos, compartíamos chistes malos y lacayunos cuyo solo recuerdo todavía me sonroja:

—¿Quién le ganó a Peter Pan?

—¡Peter Pri!

Lo cierto es que no había, en tiempos de elecciones, sentimiento más raro que la incertidumbre. En términos boxísticos, aquello equivalía a una pelea —previamente arreglada, para colmo— entre un campeón de peso completo y un pigmeo mal comido. Cierto es que los políticos se las daban, con frecuencia inmamable, de súbditos del pueblo, como si la humildad pudiese florecer donde no queda espacio para la incertidumbre. Una de las razones por las que el mexicano se esfuerza por hacerse perdonar el éxito tiene que ver con la fama de tantos políticos bribones, en su gran mayoría emanados-de-la-Revolución y acostumbrados a jamás perder.

No he olvidado la noche del 2 de julio del año 2000. En la televisión desfilaban los rostros desencajados de los altos jerarcas del oficialismo. Recién habían perdido la elección y ninguno acababa de dar crédito, porque en sus tiempos eso era impensable. Más, pues, que a una derrota democrática, asistíamos al fin de sus certezas. De nosotros, no de ellos, dependía su suerte. Conocían al fin en carne propia ese viejo despecho ciudadano que se gestó a lo largo de todo el siglo XX, y a partir de aquel día nos devolvió el derecho a la incertidumbre. Éramos, claramente, mayores de edad.

Me gustaría decir que aquel día enterramos a Papá Gobierno, pero es obvio que sigue entre nosotros y varios de sus hijos, eternamente niños, lo reclaman a gritos destemplados. Hoy que campean las dudas en torno al resultado de las próximas elecciones, el ambiente es pesado y agresivo como un salón de clases poblado de chamacos berrinchudos, amén de bravucones, resueltos a abolir la incertidumbre. Es decir, a volver a esos tiempos en que las elecciones eran un mero trámite teatral. Cuando Papá Gobierno decidía sin más nuestro destino y nadie osaba levantar la voz. Años de lambiscones y agachados, de cuates bien parados y primos palancudos, de miedo y conformismo entretejidos, de culto a los señores licenciados y ni un pelo de fe en nosotros mismos.

No sé quién va a ganar, pero entre quienes piensan lo contrario creo reconocer dos sombras familiares: el viejo derrotismo del cobarde y la eterna soberbia del tirano. Sé lo que digo: fui uno de esos cobardes y todo me esperé menos un día ver que Peter Pan le rompía el hocico a Peter Pri. Hoy que que aquel Peter Pri viste de color guinda, me parece que la ciudadanía es más fuerte y madura que sus ansias vetustas de seguir usurpando la autoridad paterna. Por eso digo, viva la incertidumbre.


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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