En carne de gallina

Ciudad de México /
Adolfo Gómez, senador de Morena. Juan Carlos Bautista

La noticia pasó más o menos de noche: un congresista del partido gobernante llevó a cabo, en pleno Senado de la República, la inmolación de una gallina, a manera de “ofrenda” al dios Tláloc. Cabría preguntarse —en especial si es uno extranjero— cómo es posible que alguien pueda meter una gallina viva en la Cámara de Senadores, pero a los mexicanos apenas nos extraña. Somos, día tras día, mudos testigos de incontables abusos, salvajadas, atrocidades e inconsecuencias, de manera que apenas alcanzamos a respingar por una cuando ya han ocurrido varias otras, no menos estrambóticas, que desafían de nuevo nuestra muy vapuleada capacidad de asombro.

Ya nada nos sorprende, por lo visto, pero hay quienes sospechan —sospechamos— que justamente de eso se trata la cuestión. Ahí donde los legisladores gustan de conducirse como trogloditas, no debería asombrarnos que asimismo se pitorreen de la Constitución, faciliten la chamba de los criminales y acaricien ilusiones golpistas, todo con las coartadas más burdas e infantiles. Y si alzamos la voz para quejarnos, lo más normal es que se nos insulte, descalifique y ridiculice —a coro y en pandilla— con virulencia propia de energúmenos, en nombre de un poder que nos quiere callados y uniformes. ¿Qué somos, pues, gallinas?

A principios de siglo hice amistad con una turista filipina que, fascinada por la cultura mexica, me preguntó por los sacrificios humanos. Haciéndome el gracioso, le inventé que seguían practicándose, sólo que con extrema discreción, para no horrorizar a nuestros visitantes. Una vez que el semblante se le descompuso, no resistí y solté la carcajada. “¿Cómo crees?”, procedí a tranquilizarla, al tiempo que ella se recriminaba, entre risas también, por dar crédito a semejante disparate. Varios años después volvimos a encontrarnos y ella, fuera de sí, puso frente a mis ojos su teléfono con la imagen de un puente peatonal, de cuya orilla pendían los cadáveres de una docena de hombres y mujeres recién ajusticiados por el hampa. ¿Y ahora qué iba a decirle a la filipina? ¿Que aquello sucedió al pie de una pirámide? ¿Que era todo un montaje de la oposición?

Nos hemos habituado a escuchar esas y otras razones desquiciadas para justificar toda clase de errores, horrores y catástrofes, de los cuales jamás hay responsables entre los encargados de prevenirlos, o cuando menos darles solución. A menudo se jactan nuestros inatacables funcionarios de ser gente profundamente honesta, pero nunca les hemos escuchado reconocer siquiera una equivocación. Cosa por demás rara, tomando en cuenta que los seres humanos —honestos o granujas— somos clientes frecuentes del desacierto y no por eso merecemos la horca. ¿Qué tan honesto, impoluto y confiable puede ser quien jamás reconoce sus fallas? ¿Quién le daría trabajo a quien miente, calumnia e intimida para disimularlos?

El hecho es que no sólo les dimos el empleo, sino que encima de eso tenemos que tomar sus sandeces, infundios y ocurrencias como únicas verdades aceptables. El resto, de gallinas degolladas en la Cámara a torsos desmembrados en la carretera, sencillamente no está sucediendo. Abundan, para el caso —en el país donde nada se cae pero todo “se desplaza hacia el piso”— eufemismos capaces de relativizar las peores desmesuras, y al cabo de otros nuevos desatinos echarlas en el caño del olvido. No nos damos abasto, esa es la realidad y tal vez la estrategia.

Hace ya tiempo que perdimos el hábito de cuestionar los hechos y dichos incongruentes, perversos o inhumanos. En vez de eso, nos amoldamos a ellos igual que el miserable a su desgracia. Si aquí nadie se queja porque la autoridad ha hecho del zoológico un matadero, ¿quién va a perder el sueño por un servidor público que degüella gallinas ante las cámaras? ¿Quién alza ya la voz por esa urbanidad elemental que los hoy poderosos pulverizan a diario? ¿Qué tantos atropellos nos esperan antes de preguntarnos, así sea por mera curiosidad, si es en verdad normal vivir en un país enemistado a muerte con la civilidad?


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.