¿Qué hacemos con el odio?

Ciudad de México /

“La gente cree lo que más le acomoda y a veces la calumnia sancochada sabe mejor que la cruda verdad.”


Soy ciudadano de un país envenenado. Ciertamente los síntomas están en todas partes y a menudo tendemos a confundirlos con la enfermedad. ¿Pero quién va a parar de estornudar, si antes no se preocupa por quitarse el catarro? Tal como no es posible pensar correctamente bajo el efecto de un derrame biliar, mal puede uno esperar salud y bienestar de un organismo que rezuma ponzoña.

Hace ya mucho tiempo que mi país está enfermo de odio, y el odio da permiso para todo porque es al fin el padre de las causas torcidas. Descendiente directo de la frustración, promotor incansable del desaliento, perpetuo pusilánime y traidor natural, es capaz de infectar incluso las cabezas más sensatas con un escupitajo de cizaña. Porque la gente cree lo que más le acomoda y a veces la calumnia sancochada sabe mejor que la cruda verdad.

Por su naturaleza furibunda, el odio no conoce los escrúpulos. Eso lo sabe bien el manipulador que lo propaga, pues la única vergüenza de quien nos abomina sería dispensarnos la menor simpatía. Así que no le basta con despreciarnos: es necesario que le demos asco, que escupa sobre el suelo que pisamos, que encuentre pestilente a nuestra entera estirpe. ¿Y qué mejor excusa puede haber para entregarse a odiar a un semejante que la certeza de que no merece vivir? ¿Qué clase de empatía cabría ya esperar de quien se ha hecho impermeable a la piedad?

Tal como el revanchista niega enfáticamente su sed de venganza, quienes siembran el odio suelen hablar de amor y buenas intenciones por motivos idénticos a los del asesino que ha de mezclar la miel con el veneno. ¿Cómo, pues, no va a estar enfermo este país, si quienes lo gobiernan acostumbran jactarse de hacer justo lo opuesto de lo que en verdad hacen? Si van a talar un millón de árboles, nos anuncian que no tirarán ni uno. Si la aplastante mayoría de crímenes no suele ser objeto del menor castigo, juran que no hay lugar para la impunidad. Si hay escasez de agua o medicinas, celebran que sea cosa del pasado y aprovechan para sembrar más odio contra quienes se atreven a contradecirles. Y si a toda hora mienten sin la menor vergüenza, hemos de comprender que lo hacen en el nombre de esa rabia que quieren contagiosa e incurable.

Si van a talar un millón de árboles, nos anuncian que no tirarán ni uno. especial

No negaré que a veces la tirria se me pega, si bien la olvido pronto en consideración a mi salud mental. Para realmente odiar a un semejante hace falta mirarle la cara de deudor y cargarle la clase de intereses que ni su misma muerte saldaría. Y eso es tan peligroso como darle un traguito al frasco del veneno, puesto que el odio es una enfermedad y asimismo carcome —por no decir corrompe— el alma que lo alberga. No me imagino, pues, cómo va este país a mejorar sin curarse ese cáncer terminal del que algunos están muy orgullosos porque eso les convierte

en cobradores.

Los mexicanos tenemos la fama de capotear catástrofes fraternalmente, pero esta es otra clase de calamidad, ante la cual no siempre nos gana la risa. Nada de gracia tiene que el poder nos insulte, nos mienta y nos difame, de modo que sus fieles, esbirros y bufones se encarguen de esparcir el odio consecuente.

Tampoco es divertido ser escala habitual de dictadores  que asimismo promueven el odio entre los suyos, con la coartada de una “justicia social” cuyo común destino es la bancarrota. Hoy que México ya no está “en pedazos”, como solían plañir hace seis años, vemos que en realidad está hecho añicos y hay que trabajar mucho para levantarlo. Cosa muy complicada mientras el odio siga entre nosotros y lo dejemos alzarnos la voz.

Va llegando la hora de poner en su sitio –la basura– al sentimiento estéril por excelencia. Patrimonio de sátrapas y fracasados, el odio habla muy mal de este país. Me cae de madre: no nos lo merecemos. 

  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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