• No se preocupen señores, el cocodrilo viral de Mazatlán sólo andaba de vacaciones

  • Nadie sabía dónde estaba el cocodrilo de Mazatlán. Mientras cerraban playas y las redes hablaban de avistamientos, se hizo leyenda y nos recordó que quizá sólo estaba paseando en su barrio.
Froylán Enciso
Mazatlán, Sinaloa /
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DOMINGA.– El cocodrilo apareció en Mazatlán como aparecen algunas de las cosas que terminan convirtiéndose en leyenda: sin pedir permiso y sin explicar de dónde vienen. Alguien lo vio en el mar. Alguien más lo grabó. Alguien subió el video a las redes sociales, que lo habían visto más hacia al norte. Después apareció otro video. Y luego otro. En pocos días, había recorrido una parte considerable de la costa en Sinaloa sin que nadie pudiera atraparlo, pero con una multitud cada vez mayor pendiente de sus movimientos.

Primero lo vieron por la zona de El Cid. Después, Rafael Buelna. Luego la Avenida del Mar, el Monumento al Pescador, Valentinos, Olas Altas. O eso creíamos. Porque algunos de los videos que terminaron reconstruyendo el supuesto itinerario del animal ni siquiera habían sido grabados en Mazatlán. El Escuadrón de Salvamento Acuático revisó las imágenes que circulaban en redes y descubrió que al menos una correspondía a Puerto Vallarta, Jalisco, y otra tenía uno o dos años de antigüedad.

Para entonces daba un poco lo mismo. El cocodrilo real nadaba por algún lugar que desconocíamos. Su doble digital, en cambio, podía aparecer simultáneamente en cualquier playa. El cocodrilo avanzaba por Mazatlán como un turista que hubiera decidido conocer el malecón sin consultar un mapa. La diferencia era que nadie sabía dónde estaba su hotel.

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Desde el martes 4 de agosto de 2026, las autoridades comenzaron a buscarlo, luego de que las reacciones de los mazatlecos oscilaron entre el asombro, la curiosidad y el temor. Se restringió el acceso a distintos tramos de playa y el Escuadrón de Salvamento Acuático hizo recorridos para tratar de localizarlo. Durante varios días, el animal consiguió algo que en Mazatlán, durante agosto, no es sencillo: atraer la atención de todos. Los bañistas lo buscaban en el agua, los salvavidas desde la playa y Protección Civil desde tierra. Las redes sociales, mientras tanto, lo buscaban desde todas partes.

En algún momento alguien tuvo la idea de hacerle un corrido. Quizá no exista una señal más clara de que un animal ha sido incorporado a una comunidad que componer una canción. El cocodrilo, que unos días antes podía haber sido visto como un depredador que se había metido donde no debía, se convertía en personaje.

Más allá de la anécdota de las redes sociales

La historia tenía algo de absurdo. Un reptil considerado prehistórico había aparecido en una ciudad que alguna vez fue un caserío de pescadores, después un puerto comercial y que sólo durante la segunda mitad del siglo XX adquirió la vocación turística que hoy la distingue. El cocodrilo había irrumpido precisamente en esa ciudad de hoteles, restaurantes, condominios y malecón que se desarrolló mucho después alrededor de un territorio costero que ya estaba ahí.

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Pero debajo de la broma había algo menos evidente: ¿por qué decimos que el cocodrilo se metió en Mazatlán? La pregunta parece tonta hasta que uno piensa en ella. Mazatlán tiene hoteles, restaurantes, condominios, avenidas, marinas, estacionamientos, bares, palapas y un malecón. Muchas de esas construcciones fueron ganando terrenos al mar, secando esteros mediante rellenos de escombro, deforestando manglares y construyendo grandes edificios para responder a la demanda de los turistas, sobre todo del norte de México, Estados Unidos y Canadá. Por eso también tiene lagunas costeras y otros cuerpos de agua donde viven animales que no fueron consultados cuando la ciudad decidió crecer para disfrutar algunos de los atardeceres más bellos y coloridos del mundo.

El cocodrilo no sabe qué es una zona turística. Tampoco sabe qué es una playa pública, mucho menos que la franja comprendida entre El Cid y Olas Altas es uno de los lugares donde los seres humanos se concentran para pasar sus vacaciones. Para él hay agua, comida, corrientes, refugios, otros cocodrilos que normalmente conviven en el estero del Infiernillo o en las marismas fuera de la ciudad. Hay un territorio. Nosotros le hemos puesto nombres a todo lo demás.

Cuando vi hace semanas lo que estaba pasando en Mazatlán, pensé en los cocodrilos de Tampico, Tamaulipas. Fue por mi amigo Juan Pizaña, a quien conocí por su trabajo como regidor por Morena en esa ciudad y que, además de ser una persona muy amable, tiene buen conocimiento sobre interacciones entre humanos y cocodrilos, pero sobre todo esa virtud poco frecuente de quienes saben moverse entre los problemas concretos sin perder la curiosidad por entenderlos.

Entre hoteles, marinas y el malecón: el crecimiento urbano sobre zonas de manglares y esteros ha reconfigurado el hábitat de los cocodrilos en Sinaloa | Especial

Le escribí por WhatsApp para contarle lo que estaba ocurriendo con el cocodrilo mazatleco. Su respuesta llegó casi inmediatamente: “Claro doctor Froylán. Eso es todo un tema”, me dijo. Después me propuso que fuéramos a Tampico o que él viniera a Mazatlán para hablar del asunto y ver qué se podía hacer.

Y entonces me habló del SOS Cocodrilo, un colectivo de especialistas y voluntarios que ayudan a educar sobre cómo tener interacciones seguras con esta especie y a salvar ejemplares que pudieran estar en peligro. “Dentro del equipo está el doctor Zedillo”, escribió, “quien encabeza el primer SOS Cocodrilo en todo el Golfo de México”. Luego agregó que era el segundo a nivel nacional, luego del colectivo que lleva el mismo nombre en Nayarit, y todavía tuvo tiempo de ofrecer una alternativa más sencilla: “O tú dices si hacemos un Zoom o algo. Me pongo a entera disposición”.

Me hizo gracia la disposición de Juan. Pero también me hizo pensar que el cocodrilo de Mazatlán podía ser algo más que una anécdota de redes sociales. En Tampico llevaban tiempo aprendiendo a vivir con ellos; acá apenas comenzábamos a preguntarnos qué hacer con uno.


Durante mucho tiempo, nuestra relación con los animales estuvo determinada por una idea sencilla: el mundo estaba hecho para nosotros. Había animales útiles y animales inútiles. Había animales que podían comerse, animales que podían domesticarse y animales que debían eliminarse. El depredador era particularmente incómodo porque recordaba una verdad que preferíamos olvidar: nosotros también somos animales y podemos formar parte de la cadena alimenticia de otro.

Un cocodrilo era, en ese sentido, una amenaza. Si aparecía cerca de una población humana, la solución podría ser matarlo. No era necesario preguntarse demasiado por su comportamiento, por el estado de su población o por las transformaciones que habían ocurrido en su hábitat. Bastaba con saber que tenía dientes y que podía utilizarlos. Pero algo ha cambiado.

Las poblaciones de cocodrilos en Sinaloa

En México, los cocodrilos pasaron de ser perseguidos por su piel y considerados animales peligrosos a estar sujetos a programas de protección, monitoreo y conservación. La recuperación de sus poblaciones es, en buena medida, resultado de ese cambio de relación con la especie. El cocodrilo americano (Crocodylus acutus), el que habita los humedales del Pacífico mexicano, estuvo alguna vez mucho más cerca de desaparecer de ciertos lugares. En los alrededores de Mazatlán, investigadores han encontrado que todavía existen poblaciones en sistemas costeros profundamente transformados por la actividad humana.

Señales de advertencia de presencia de cocodrilo ubicadas en los accesos a esteros y lagunas | Especial

La presencia de cocodrilos en el sistema costero mazatleco tampoco era una novedad. Apenas unos meses antes se habían emitido advertencias por la presencia de ejemplares en el estero del Yugo, cerca de la playa Cerritos. Quizá lo excepcional no era que hubiera un cocodrilo en Mazatlán, pues de vez en vez se les ve entre manglares y en los pocos cuerpos de agua que quedan en la ciudad, sino que hubiera decidido –desde nuestra inevitable perspectiva humana– salir de los esteros, ponerse a nadar frente a los hoteles y convertirse en celebridad.

Tampoco era la primera vez que ocurría algo semejante. En 2016, un cocodrilo de río de 2.5 metros apareció en una playa frente a un hotel de la ciudad. Las autoridades lo capturaron, lo llevaron al Acuario Mazatlán para valoración veterinaria y, al comprobar que estaba sano, lo liberaron en el estero Tapahuito, un lugar considerado hábitat adecuado para la especie en las afueras de Mazatlán.

La lógica era distinta de la de otras épocas: había que proteger a las personas, sí, pero también había que proteger al cocodrilo. Esta diferencia puede parecer pequeña. No lo es. Supone aceptar que un animal peligroso no necesariamente es un animal que deba morir. La distinción se vuelve todavía más complicada cuando los cocodrilos viven dentro de las ciudades. Tampico, por ejemplo, ofrece uno de los ejemplos más interesantes. En la Laguna del Carpintero los cocodrilos forman parte de la vida urbana. Los habitantes los conocen como juanchos. Los turistas los fotografían. La laguna es un sitio recreativo y, al mismo tiempo, hábitat de una población de cocodrilos de pantano.

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Pero los cocodrilos no son mascotas ni tampoco monstruos. Son animales capaces de herir y matar a una persona. En Tampico ha habido interacciones fatales y no fatales. En 2024, un hombre de veintidós años fue herido por un cocodrilo de 2.78 metros. El animal fue capturado y puesto en cautiverio. El caso fue estudiado posteriormente por especialistas vinculados al grupo SOS Cocodrilo.

Lo interesante es lo que ocurrió alrededor de esos accidentes. En vez de limitarse a preguntar cuántos cocodrilos había que matar, comenzaron a estudiar la interacción: quiénes eran las personas afectadas, dónde ocurrían los encuentros, qué conductas humanas aumentaban el riesgo, cómo comunicar el peligro, cómo responder a una mordedura, cómo capturar a un animal involucrado en una agresión y cómo manejar una población que forma parte de un ecosistema urbano. El problema había dejado de ser solamente zoológico. También era social.

Esto parece una diferencia de lenguaje pero, en realidad, es una diferencia de pensamiento. Porque si hablamos de una plaga, la solución es exterminarla. Si hablamos de una especie, tenemos que conocerla. Si hablamos de una interacción, tenemos que estudiar a los dos participantes. Y quizá eso sea lo que esté ocurriendo lentamente entre nosotros y los demás animales.

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Convertir a los animales en personajes

Todavía oscilamos entre distintas maneras de relacionarnos con ellos. Persiste la vieja idea de que los animales deben ser eliminados cuando interfieren con nuestra seguridad. También una sensibilidad conservacionista puede convertirlos en símbolos de una naturaleza que imaginamos pura y separada de nosotros. Y existe otra tendencia, más reciente y quizá igualmente humana: convertir a los animales en personajes. Lo que ocurrió con el cocodrilo de Mazatlán.

No lo matamos y no sabemos siquiera dónde está pero le hicimos un corrido. Lo convertimos en protagonista de videos, memes y conversaciones. Y después ocurrió algo todavía más extraño: comenzamos a atribuirle las aventuras de otros cocodrilos. Un video grabado en Puerto Vallarta podía convertirse en un nuevo avistamiento mazatleco. La grabación de uno o dos años atrás podía reaparecer como evidencia de que nuestro cocodrilo continuaba su recorrido. La criatura que nadaba frente a Mazatlán había dejado de ser solamente un animal. Había nacido otro cocodrilo, uno hecho de videos, mensajes, rumores, memes y recuerdos. El primero podía esconderse. El segundo no.

Durante algunos días, miles de personas siguieron la trayectoria de un animal al que no le importaba nada de nosotros. Hay algo muy humano en eso. Primero tenemos miedo de un animal; después queremos salvarlo, fotografiarlo, ponerle nombre y hacerle un corrido. Y después, si desaparece, seguimos encontrándolo.

Pero el cocodrilo no necesita querernos ni odiarnos. No necesita ser bueno ni malo, nuestro amigo o nuestro enemigo. Puede ser simplemente un cocodrilo. El problema consiste en que nosotros todavía necesitamos convertir todo lo que nos rodea en algo que podamos entender desde nuestra propia experiencia. Por eso decimos que el cocodrilo invadió Mazatlán, que se perdió, que se fue. Por eso ahora podemos decir que está de vacaciones.

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Desde el 7 de agosto comenzaron a reabrirse algunos de los sectores de playa que habían sido restringidos. Los días siguientes transcurrieron sin que las autoridades lograran localizar al animal y la vida regresó poco a poco a la normalidad. 

Pero el cocodrilo no apareció. Pasó una semana. Después otra. Al 19 de agosto no había información pública que confirmara su captura. El cocodrilo real había desaparecido. O eso creemos porque el otro continuaba nadando por internet. Quizá el verdadero se cansó de nosotros, encontró un estero o regresó a un sitio donde nadie le toma fotos. Quizá está debajo de algún manglar esperando que pase el ruido. Quizá simplemente continúa su vida. Nosotros, en cambio, seguimos hablando de él.

Eso también dice algo sobre nuestra época. Hubo un tiempo en que encontrar un cocodrilo en una playa habría sido suficiente motivo para matarlo. Ahora cerramos la playa para que nadie resulte herido y para intentar que tampoco le ocurra nada al animal. Lo buscamos, lo observamos, lo estudiamos y lo reubicamos cuando es necesario. Y cuando desaparece, nos queda la esperanza de que siga vivo.

Iniciativas de conservación como SOS Cocodrilo promueven la coexistencia segura | Cortesía/SOS Cocodrilo

Tal vez eso sea una forma, todavía imperfecta, de progreso. No porque hayamos aprendido a querer a los cocodrilos, sino porque empezamos a comprender que no tienen que gustarnos para que tengan derecho a existir.

Han pasado ya varias semanas desde que comenzó la historia y seguimos sin saber dónde está. Quizá el cocodrilo de Mazatlán nunca estuvo de vacaciones. Quizá simplemente estaba en casa. Los que estábamos de vacaciones éramos nosotros.


GSC



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