No se puede entender nada de la vida
hasta que uno no entiende la muerte.
Carlos Ruiz Zafón
La foto estaba en un mueble de plástico, guardada donde van las cosas que no se tiran o las que no tienen un lugar en la casa. La saqué una mañana de octubre porque Itzayana murió un par de semanas antes y yo necesitaba verla otra vez. Íbamos en secundaria, ella traía el uniforme, las manos cruzadas y esa risa de introvertidos.
No planeaba contar, pero mi dedo empezó a moverse solo, de cara en cara; este sí, este también, este ya no. Cuando llegué al final de la segunda fila, entendí que al menos una tercera parte de las personas de esa foto ya no estaba viva.
Tengo 33 años. A esta edad se supone que uno colecciona invitaciones a bodas, baby showers, pero no esquelas. La muerte de los amigos es un asunto –tal vez– de la vejez, algo que les pasa a nuestros abuelos cuando dicen "ya se me fueron todos". Yo todavía no me he ido a ningún lado, pero me empecé a quedarme solo en algunas fotos.
Lo que más me inquietó no fue el número, sino darme cuenta de que casi no hablo de esto con nadie, ni con mi familia y rara vez con mi pareja. He estado en cada velorio; a veces solo, otras con viejos amigos, abrazando a una madre y repitiendo la frase "lo siento mucho". Tantas veces que esta oración ya no me pertenece.
Esa misma tarde tenía una cita para hablar de la muerte.
“De cumpleaños pedí mi testamento”: así es un Death Café en la Ciudad de México
Llegamos por un folleto en redes sociales. La cita fue a las 7 de la tarde un 27 de octubre en la cafetería Té Cuento, de la alcaldía Benito Juárez. Aunque ese día se emitió una alerta púrpura por las fuertes precipitaciones e inundaciones, arribamos puntuales cerca de 22 desconocidos con un único propósito: honrar la vida a través de la muerte.
Casi todas las asistentes eran mujeres: cinco tanatólogas, una embalsamadora, tres amas de casa, psicólogas y también estaba Samara Martínez, la activista y paciente mexicana que impulsó la Ley Trasciende para despenalizar y legalizar la eutanasia activa.
Al iniciar la sesión, Silvia García y Tatiana Pineda –organizadoras de Death Café– explicaron las reglas: no se cobra, no hay ponente ni tema fijo. Nadie intenta llevar a los asistentes hacia una conclusión o una creencia. Y sobre todo, no se dan consejos. Entonces, ¿qué sucede?
Empieza con un pequeño ritual: una bienvenida donde cada quien se presenta y explica qué lo trajo. Después la palabra queda abierta. En esta ocasión, Samara abrió la ronda con su historia. En 2025 presentó en el Senado y en la Cámara de Diputados la Ley Trasciende, una iniciativa ciudadana respaldada por más de 128 mil firmas que busca “una muerte digna”.
“Decidí no rendirme, y sobre todo que nadie me dijera cómo debía morir”. Samara contó cómo transformó su insuficiencia renal crónica, el lupus y sus diversas enfermedades en un proyecto que busca darle a las personas con padecimientos terminales la decisión de contar con una muerte asistida.
El tema –nada desconocido para los asistentes– motivó a los demás a interactuar. Apenas terminó la primera participación, otra mujer llamada Andrea narró el regalo inesperado que le pidió a su familia.
En su cumpleaños pidió que todos hicieran una carpeta con últimas voluntades, documentos y deseos de qué hacer con su cuerpo.
“Al principio no entendían de qué les estaba hablando o por qué eso era importante, porque la gente piensa que cuando hablas de la muerte la llamas, pero creo que no hacerlo puede ser más doloroso y problemático”.
Aunque la conversación era “inusual” por su naturaleza, las asistentes no mostraron tristeza o rostros de aflicción; al contrario, surgieron algunos chistes sobre fiestas, banquetes y peticiones de música durante sus entierros o cremaciones.
Vanessa, quien se declara una aficionada de la muerte, pidió que en su funeral se armara un “pachangón” con música de charleston y gente bailando. La invitación quedó abierta en la mesa y todos asintieron, incluso los meseros, quienes parecían un poco indiferentes hasta que alguien preguntó:
— ¿Le tienen miedo a su propia muerte?
Esta fue la única pregunta que arrebató la atención. Se levantaron las manos tan rápido que Tatiana y Silvia tuvieron que darle orden a la sala.
La franquicia que no se vende
Un par de semanas antes, Silvia me contó que los Death Café replican un modelo que cualquiera puede usar, pero que nadie puede cobrar; es decir, estas reuniones son una “franquicia social”.
La idea nació en Suiza a principios de los 2000, cuando el sociólogo Bernard Crettaz organizó en Neuchâtel los primeros cafés mortels, reuniones informales para conversar sobre la muerte.
Aunque el modelo no fue realmente exitoso en un principio, la idea fue retomada en Reino Unido en 2011 por Jon Underwood y su madre, la psicoterapeuta Sue Barsky Reid, quienes escribieron una guía y un directorio web para que en cualquier parte del mundo se pudiera realizar este conversatorio.
Desde entonces, según su registro, se han celebrado más de 24 mil Death Cafés en 100 países, entre ellos España, Canadá y Colombia, donde Silvia y Tatiana se conocieron para iniciar un proyecto en la Ciudad de México que hoy le da vida a las conversaciones sobre la muerte.
A las 9: una vida para llevar
Cuando las voces se calmaron ya habían pasado dos horas. Todos hablaron de cómo querían morir, algunos entre canciones, otros en el silencio y la paz de una cama, y unos más al lado de su familia: hermanas, padres, mascotas o hijos.
Francisco, uno de los pocos varones, reflexionó: “¿Cuándo tienes la oportunidad de hablar de esto? ¿De recordar que todo en esta vida es prestado? Tal vez no le tememos a morir, solo a hacerlo con dolor”.
El tiempo se diluyó tan rápido que muchas ideas quedaron en el aire, aunque otras alcanzaron a tocar tierra. La embalsamadora compartió cómo se ve la vida desde su oficio, cuando prepara a un muerto para su último adiós. Una joven de 18 años contó que, pese a su edad, vive cada día consciente de que puede ser el último. Y dos tanatólogas honraron a sus hermanas fallecidas a través de sus historias.
A las 9 en punto, Tatiana cerró la sesión.
“Es parte de la vida. Hablar de esto no va a hacer que la muerte no duela; solo nos hace más conscientes de lo que significa vivir”.
Antes de salir, una de las asistentes regulares me confesó que le gusta venir porque aquí “no hay consejos, ni ‘échale ganas’, ni palabras bonitas; a veces solo necesitas sentirte escuchada y que alguien valide lo que sientes”.
Esa noche volví a mirar la foto de mis amigos. Ahí seguían, con las manos cruzadas y 13 años para siempre: Daniel, Itzayana, Alan y uno más que guardo en otro cajón. A decir verdad, no sé cuántos más me faltan por despedir, ni si un día seré yo uno de los contados.
Lo que sí sé es que en la Ciudad de México hay una mesa que espera escuchar sus nombres, y los de muchos otros, para que no se olviden. Un espacio para hablar de la muerte sin esperar a noviembre, donde nadie te pide que lo superes.
La foto volvió al cajón.
DSH