A la casa de Rosa y Lamberto se la está tragando la tierra. Al principio las señales eran sutiles: pequeños objetos que no se quedaban en su lugar, lápices y plumas que rodaban sobre la mesa. El fantasma de la gravedad con ayuda de la inclinación del suelo. No hay certeza de en qué momento la tierra terminará por devorar la casa, pero cada año reclama hasta siete centímetros del suelo de la Zona Ejidal de Santa Martha Acatitla.
Llevan 50 años juntos. Llegaron a la calle Manuel Calero a finales de los años sesenta, pudieron ver cómo el pantano con veredas se iba transformando en la urbanización que es hoy, una mancha de concreto conformada por más de 18 mil habitantes. Hace 30 años notaron que la casa se estaba hundiendo. Pero la fachada color azul celeste se resiste a caer. Las paredes, entre las que crecieron sus hijos y luego sus nietos, se han cuarteado; los castillos tienen grietas que se extienden como la hiedra; así que hubo que tirar un cuarto y poner soportes de madera para que el techo no se viniera abajo.

En la Zona Ejidal de Santa Martha Acatitla, al menos una decena de familias enfrenta el hundimiento de su vivienda, cuyas calles parecen un rompecabezas que alguien intentó armar con piezas que no terminan por embonar: hay que caminar mirando el piso para no tropezar con el suelo cuarteado y levantado. No siempre es evidente, pero debajo de más de diez demarcaciones del Valle de México se replica este mismo problema.
En tiempos prehispánicos este territorio era un islote del lago de Texcoco, ahora está atravesado por la Calzada Ignacio Zaragoza y la estación Peñón Viejo del tren ligero, dos de las sinapsis más importantes entre la Ciudad y el Estado de México.
La casa hundiéndose se ha hecho más evidente con los sismos. Rosa y Lamberto recuerdan que el primero que marcó un antecedente fue, desde luego, el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Lamberto vio cómo el terreno “parejito” se partía. El gobierno también fue testigo pero decidió ignorarlo. “Se abrieron las grietas. El gobierno las vio, las conocía, pero no se habló nada de eso. Antes era mucha corrupción”, describe.
La pareja y sus tres hijos vivieron relativamente tranquilos otros 32 años hasta 2017, otro 19 de septiembre, cuando se notó más el descenso y se abrió una grieta dantesca que recorre varios metros de asfalto entre las calles Luis Jasso y Manuel Calero.
“Se ve como si [la grieta] se separara”, dice Rosa, mientras emula el movimiento con sus manos mirando al piso, como para cerciorarse de que la fiera permanece dormida.
Pero aún sin terremotos el monstruo nunca descansa. Actúa a cada momento bajo sus pies. Si alguien visita las calles aledañas al metro Peñón Viejo no tardará en notar que el paisaje obedece al suelo: las calles parecen cimentarse en colinas serpenteantes, donde los perros callejeros se acomodan a tomar el sol de la mañana.
Hay de todo: una gasolinera, panadería, un mercado, escuela primaria y secundaria, una farmacia, hasta tres tiendas de conveniencia. Casas con la pintura carcomida por el tiempo, casas con los tabiques al desnudo, con zaguanes ladeados, casas con paredes que se separan, que no sirven más. Las construcciones se han convertido en galletas mal distribuidas sobre un helado que se derrite.
Por ahora, no todos los vecinos del ejido comparten el mismo destino que Rosa y Lamberto, algunos incluso aseguran no haberlo notado.
Sin embargo, en algún momento vivirán el riesgo de irse tierra abajo, porque se ubican en una de las cuatro ubicaciones de la Ciudad de México –localizadas alrededor de la Línea A, en Iztapalapa; entre las estaciones del metro Nopalera y Zapotitlán, en Tláhuac; en Tlalmelac, Xochimilco; y alrededor del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México– con mayor “subsidencia diferencial”, dicen los geólogos para describir a una región que se hunde, aquí y allá, a ritmo desordenado.
Calles, plazas, escuelas, transporte y avenidas se encuentran a merced de este fenómeno propiciado por un suelo blando y arcilloso que sede como plastilina ante la enorme presión y demanda de una ciudad sobrepoblada que se devora a sí misma. Poco se sabe del precio que habrá que pagar por vivir aquí, pero una cosa es segura: el costo es casi tan desigual como el terreno que lo cobra.
Números y más números para nivelar caminos en la Ciudad de México
Además de lo que ocurre en la colonia de Rosa y Lamberto, las estaciones aledañas del Metro, como Peñón Viejo, Acatitla, Santa Martha, Los Reyes y La Paz, también se han visto afectadas. El hundimiento ha provocado 12 grietas.
La Calzada Ignacio Zaragoza que nunca duerme, tampoco se salva. Taxis, combis y trailers maniobran sobre las ‘montañitas’ que se van formando por la disparidad del suelo.
“No conocemos el costo de estos daños, [porque] usualmente entran como mantenimiento [...], pero en realidad es el resultado del daño de este fenómeno”, explica el Dr. Enrique Cabral Cano, quien colaboró en la primera investigación –encabezada por geólogos e ingenieros de la UNAM– que busca calcular la tarifa del hundimiento.
Para los especialistas es importante asignar responsabilidades. “Sería el mismo caso que si hubiera un huracán en Acapulco: los daños son atribuibles al huracán”. Siguiendo esta lógica, también debería existir una cuenta a nombre de la subsidencia.
Sin embargo, el cálculo se antoja imposible: la zona metropolitana no ha parado de hundirse desde hace más de un siglo; por el contrario, ha pisado el acelerador hasta convertirse en una de las regiones que más rápido se hunden en el mundo. Algunos puntos bajan más de 50 centímetros al año, como ocurre en los alrededores de la Caseta de Cobro Peñón-Texcoco, área que pertenece a Ciudad Nezahualcóyotl, municipio del Estado de México.
La caída pasa desapercibida la mayor parte del tiempo, pero la cuenta sigue aumentando cada tanto. El hundimiento demanda reparación de banquetas, tuberías y transporte. Por poner un ejemplo: a sus 24 años, la Línea A del Metro –que va de Pantitlán a La Paz, conectando Iztacalco, Iztapalapa y Los Reyes [este último, municipio mexiquense]– ya había sido intervenida en al menos cinco ocasiones para nivelar las vías. El último acondicionamiento reportado tuvo un costo de 101 millones 370 mil 675 pesos.
A esto se suman otros tramos que padecen el mismo mal, como el de la Línea 12, que va de Nopalera a Tláhuac en la alcaldía del mismo nombre. Una consulta vía transparencia confirma que periódicamente se realizan trabajos de rectificación de rasante. Es decir, cada tanto un grupo de ingenieros ajusta la inclinación o pendiente del suelo por el que pasan las vías para que estas sean seguras.
En la Catedral Metropolitana también se destina dinero para el hundimiento: sólo en 2020 se gastaron 20 millones de pesos para preservar 179 de los 519 pilotes que la sostienen. Los soportes de acero fueron colocados estratégicamente debajo para evitar que la construcción de casi 500 años de antigüedad se convierta en una casa de naipes a punto de derrumbarse. Eso sin mencionar el costo de la renivelación de las pistas en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, donde se registran hasta 24 centímetros de hundimiento al año.
¿En qué lugares el barco chilango se está hundiendo?
Rosa y Lamberto no son los únicos expuestos al naufragio en tierra. Un estudio publicado en 2020 señala que 15.4 por ciento de la población de la Ciudad de México vive en zonas de riesgo intermedio, alto y muy alto por el hundimiento. En la lista entra la Colonia del Mar de la alcaldía Tláhuac. Con el terremoto de 2017 este lugar vio la tierra abrirse: las grietas que partieron el concreto trajeron consigo socavones, varias fugas de agua, e hicieron inhabitables más de 300 casas.
Las bardas demolidas son ahora un recuerdo recubierto con lonas en las que se lee: “este inmueble fue construido por el Gobierno de la Ciudad de México”. Lo que fue una zona de desastre ahora es un barrio naciente, con negocios de todo tipo y combis que salen cada media hora rumbo al metro Tezonco.
Las calles Pingüino, Estrella, Piraña, y demás fauna marina, fueron reparadas, se nota aún después de ocho años por el tono más claro que tiene el concreto, un gris semideslavado que terminó por tapar los rastros del hundimiento. Eso explica por qué no todos en la zona conocen el problema. Aunque han escuchado de las grietas, pocos saben qué es lo que las origina.
La huella del fenómeno se concentra en el este y sureste de la zona metropolitana, en un área compartida por la Ciudad y el Estado de México. Visto desde un satélite, el hundimiento se asemeja a un cuarto menguante, una suerte de Pac-Man dibujado sobre las alcaldías Gustavo A. Madero, Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Iztacalco, Iztapalapa, Xochimilco, Tláhuac y los municipios mexiquenses de Nezahualcóyotl, Texcoco, Chimalhuacán y Valle de Chalco.
Este último municipio ha sido de los más afectados en fechas recientes: en agosto de 2024 cerca de 2 mil viviendas pasaron hasta 20 días bajo aguas negras por el colapso de los drenajes. Aunque el problema se atribuyó a la basura acumulada y una mala planeación urbana, lo cierto es que el hundimiento –de hasta 43.8 centímetros al año– también colaboró deformando el sistema de alcantarillado.
¿Cuánto costará el hundimiento en la Ciudad de México?
Hasta ahora la cifra más aproximada que existe sobre el costo del hundimiento solo toma en cuenta las casas que pudieran estar comprometidas. La investigación para obtener el monto hipotético fue ideada por Enrique Antonio Fernández-Torres, alumno del Dr. Cabral e investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.
Para ello tomó los valores catastrales de la Ciudad de México, el reglamento de construcción de la capital y cruzó los datos con las velocidades y comportamientos del hundimiento captados vía satélite. En el peor de los escenarios, es decir, en el supuesto de que todas las casas hayan sido construidas con mampostería, al menos 7.6 por ciento de las manzanas de la ciudad estarían en riesgo económico.
Es decir, 215 mil propiedades verían comprometida su infraestructura. El costo para la atención de posibles afectaciones sería de más de 215 mil 300 millones de pesos. El número supera por mucho los 35 mil 17 millones que requirió la reconstrucción de Acapulco tras el paso del huracán Otis. Incluso es aún más caro que lo invertido tras el sismo de 2017: estimado en 62 mil 99 millones.
En el segundo escenario planteado –el más optimista– la mayor parte de los hogares están hechos con marcos de acero y cuentan con menos de cuatro pisos. El riesgo se reduce a 48 mil propiedades expuestas, por lo que habría que pagar 51 mil 300 millones de pesos. La pregunta es ¿cuál de los dos es el más cercano a la realidad de la Ciudad de México y su zona metropolitana?
Los autores sospechan que ambos implican un mínimo de los costos reales a largo plazo.
“Habría que ver caso por caso, lo que sí podemos decir es que una estructura ubicada en una zona vulnerable está comprometida. Su vida útil disminuye, necesitaría alguna acción correctiva con el pasar de los años, ¿cuál?, depende”, agrega el Dr. Enrique Cabral.
Despedir un hogar después de 50 años en Santa Martha Acatitla
Cuando Clara Brugada era alcaldesa de Iztapalapa, en 2021 acudió a la primaria Alicia Martínez Montoya, en Zona Ejidal de Santa Martha Acatitla, para atender quejas y denuncias. Lamberto aprovechó la visita para exponer su caso. La casa se les cae y él y su esposa no tienen otro lugar adonde ir. En respuesta le mandaron a un ingeniero.
“Vino conmigo. Vio las grietas y todo y dice: ‘Lo que necesitan esas grietas es resanamiento. Compra un bulto de cal con arena y lo tapas. Ya con eso te quitas de problemas’. Yo le creí”, lamenta. El yeso sirvió de poco. Uno de los castillos se tronó y tuvieron que poner soportes de madera para retrasar la caída.
En ese periodo, la amenaza de desplome se juntó con la pandemia de covid. Los ataques de ansiedad de Rosa comenzaron con el encierro obligatorio, cuando las paredes resultaban incluso más peligrosas que el virus que se propagaba fuera de ellas.
“Me entraba una desesperación muy grande. No sabía qué hacer. Lo único que quería era salir a la calle y gritar muy fuerte”, recuerda, apretando los puños.
No fue hasta tres años después que intentaron pedir ayuda nuevamente. Esta vez, con fotos en mano. Ya no estaba Brugada, quien ya buscaba la jefatura de gobierno, pero les explicaron que ahora debían acudir a las oficinas de atención ciudadana, donde les pidieron llevar su caso por escrito. “¿Puede ser a mano? Porque yo no sé hacerlo de otra manera”, preguntó Lamberto.
Le ayudaron a redactar el documento que pasó de escritorio en escritorio, hasta que finalmente le asignaron a un ingeniero. “Pero que sea cierto”, le advirtieron. “Pues sí, les digo, pues si no vengo a perder el tiempo. Yo mejor podría hacer otra cosa que venirlos a molestar”, contestó molesto.
Cuando el especialista vio la casa lamentó que el caso hubiera llegado poco después de que el Programa de Apoyo a los Damnificados por los Sismos del 19 de septiembre se hubiera cerrado.
“En esta casa ya no se puede vivir. Ya es un riesgo. Lo que queda es ver el papeleo para que el INVI [Instituto de Vivienda de la Ciudad de México] les preste dinero”, propuso el ingeniero.
La pareja aceptó a sabiendas de que los gastos no podrían ser cubiertos con lo que Lamberto recibe de su pensión, ni con el dinero que Rosa obtiene del “Estanque de los Abuelos”, el pequeño negocio de dulces que comenzó con una pequeña mesa y unas cuantas cajas de chicles tras la pandemia.
Se tardaron casi un año en aprobar el préstamo, que quedó a nombre de uno de sus hijos. Cuando por fin llegó, en diciembre de 2024, se autorizó por 250 mil pesos (a pagarse a 15 años). La familia ha tenido que hacerlo rendir. Juntaron otros 10 mil para tirar el cuarto que estaba en mayor riesgo y sacar el escombro: cada camión les cobra mil 500 para llevárselo. Si paga una parte, puede pedir más, pero ¿de dónde van a sacar ese dinero?
A la grieta en el suelo no hay nada que hacerle, no tiene remedio: con el paso del tiempo, y conforme la colonia se hunde, también se intensifican los peligros.
El hundimiento “ha generado acortamiento de los periodos de vibración, deslizamiento rápido a lo largo de fallamientos asociados a subsidencia [las grietas] y el incremento de la vulnerabilidad a sismos en construcciones”, dice la investigación de Fernández-Torres.
El futuro de una ciudad que se hunde
El papá de Lamberto vivió hasta los 106 años. Él cumple 78 este marzo. Considera que llegar a esa edad es soñar.
“Me voy a morir y ya no voy a ver la casa [reparada]. Iban a reconstruirse dos cuartos y ahora solo será uno. Será un cuarto con espacio para salita y comedor. Va a quedar para mi hijo. Él va a seguir pagando, ¿yo ya que voy a seguir pagando? No creo que viva mucho”, confiesa.
Al fondo se escucha a Rosa atender a un cliente, “¿Con salsa valentina?”, pregunta. La tarde cayó sobre las calles de la Zona Ejidal de Santa Martha Acatitla y empiezan a llenarse de voces mientras se ensombrecen.
Las madres llevan de la mano a sus hijos mientras, a lo lejos, se escucha el ir y venir de Zaragoza. Lamberto hace una pausa para saludar a sus vecinos y despedir al chalán que está botando su piso. Un niño de unos siete años se acerca a saludar a sus ‘abuelos’. “No somos familia pero nos dice así”, aclara Rosa. Cada “buenas tardes” es producto de cinco décadas viviendo ahí.
Para el resto de la Ciudad de México la calle Luis Jasso es invisible. No obstante, en algún momento será imposible apartar la mirada de lo que ocurre ahí. Especialmente cuando toque preguntarse si hubo un día cero en el hundimiento de la ciudad: dos terceras partes del consumo de agua en la urbe se extraen del acuífero, mismo que va perdiendo capacidad. Entre más agua se extrae, más se compacta el suelo y se agudiza la escasez.
El futuro de la capital se vuelve más endeble conforme la ciudad se sume, ante la falta de medidas directas que atiendan el problema a largo plazo. Este es un proceso que pone en peligro la viabilidad de la Ciudad de México: “quizá no el año que entra, quizá no en 10, pero, ¿qué pasará a mediano plazo?”, advierte Fernández-Torres.
LHM/GSC