A los 10 años, Matías Kornetz quedó solo. Sus padres, ambos con enfermedad psiquiátrica, fueron internados tras intentar quitarse la vida y él perdió, de un día para otro, el cuidado, la estabilidad y la protección de un hogar. Ese niño terminó consumiendo alcohol, fármacos, marihuana y viviendo en la calle. Hoy, a los 37 años, dirige las políticas sobre consumos problemáticos de la Ciudad de Buenos Aires. Entre ambos momentos hay una historia de abandono, cinco años de policonsumo, robos para sostener la adicción, una detención siendo menor de edad que le cambió el destino y casi dos décadas dedicadas a evitar que otros niños recorran el mismo camino.
En entrevista durante la Cumbre Partnership for Healthy Cities, Kornetz habló con serenidad de un pasado que durante años estuvo marcado por la violencia, el consumo y la exclusión. Kornetz explicó que su historia no era excepcional, sino el reflejo de miles de niños que crecen en contextos donde la pobreza, la enfermedad mental y la ausencia de redes de apoyo terminan empujándolos hacia las adicciones.
Recordó que comenzó a consumir sustancias cuando apenas tenía 10 años.
La enfermedad psiquiátrica de sus padres provocaba hospitalizaciones constantes y les impedía hacerse cargo de él.
Todo se agravó cuando ambos fueron internados tras intentar suicidarse.
Tuvo que abandonar su casa, cambiar de barrio y de escuela, y llegó a una zona donde el alcohol, el tabaco, la marihuana, el tolueno y los fármacos formaban parte de la vida cotidiana.
“Empecé a hacerme amigo de todos los niños y adolescentes que podían llegar a generarme mayor daño del que yo ya estaba transitando”, recordó Matías Kornetz.
En entrevista con MILENIO, el funcionario que trabaja con Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dentro del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat, detalló que aquella decisión fue una estrategia de supervivencia.
Necesitaba pertenecer a un grupo para evitar convertirse en una víctima más de la violencia que lo rodeaba.
Entre los 10 y los 12 años el consumo fue ocasional, pero después se volvió permanente. Durante cinco años utilizó varias sustancias al mismo tiempo, principalmente alcohol, marihuana, tolueno y fármacos.
Al mismo tiempo comenzó a cometer robos para sostener la adicción y pasó cerca de un año viviendo en situación de calle.
“Pasé toda mi pubertad, preadolescencia y adolescencia en ese estado progresivo… enfermé de las adicciones con todo lo que en ese contexto podríamos englobar: violencia, delito y situaciones de abuso”, relató.
Matías reconoció que las drogas dejaron de ser una vía de escape para convertirse en un mecanismo de autodestrucción.
“Para mí la droga era un medio de autodestrucción. Buscaba provocar la muerte sin que fuera un intento directo de suicidio”, dijo.
También recordó que una idea lo mantenía aferrado a la vida: “Yo no había elegido nacer, tampoco iba a poder elegir morir”.
El episodio que cambió su historia ocurrió cuando fue detenido por un robo siendo menor de edad.
Permaneció bajo custodia en una comisaría de menores hasta que sus padres acudieron a recogerlo.
Ahí, recordó, ambos pidieron ayuda porque estaban convencidos de que, si no intervenían en ese momento, terminarían reconociendo su cuerpo en una morgue.
Aquella detención abrió la puerta al tratamiento especializado que terminaría salvándole la vida.
Al principio, admitió, no quería saber nada del tratamiento.
Sin embargo, una profesional consiguió establecer una relación de confianza que hizo posible el proceso terapéutico.
Un año después había logrado desintoxicarse, abandonar el consumo, regresar a la escuela y comenzar una nueva etapa.
“La recuperación es mucho más larga y más compleja que las fronteras que le ponen las terminalidades clínicas”, afirmó a MILENIO.
— De sobreviviente a servidor público
La experiencia transformó su proyecto de vida.
Comenzó a colaborar con organizaciones dedicadas a la prevención y atención de las adicciones, escribió un libro autobiográfico y fundó la organización Prevenir es Amar, enfocada en la prevención de problemáticas psicosociales.
Un recorrido que lo llevó, hace dos años, a asumir la Dirección General de Políticas sobre Consumos Problemáticos de la Ciudad de Buenos Aires, después de 15 años de trabajo comunitario.
Desde esa responsabilidad sostuvo que el principal desafío de Argentina sigue siendo el policonsumo.
Matías refirió que el alcohol, el tabaco, los fármacos, la cocaína y la marihuana continúan siendo las sustancias de mayor consumo, mientras que las apuestas en línea, los casinos virtuales, la pornografía y el consumo compulsivo de alimentos con alto contenido de grasas y azúcar emergen como nuevas formas de adicción.
También señaló que la ciudad desarrolla estrategias de prevención, atención, inclusión social y acompañamiento para adolescentes, jóvenes y personas en situación de vulnerabilidad. Uno de los mayores retos, dijo, es atender a las aproximadamente 5 mil 100 personas que viven en situación de calle, de las cuales alrededor del 80 por ciento enfrenta consumos problemáticos. Para ello, Buenos Aires cuenta con 60 centros de inclusión social, donde actualmente reciben alojamiento cerca de 4 mil personas, además de equipos especializados que buscan facilitar su recuperación y reintegración comunitaria.
Kornetz advirtió que la pandemia, la crisis económica y el debilitamiento de los vínculos sociales aceleraron el crecimiento de las adicciones.
“Las consecuencias de la pandemia, combinadas con la fragilidad económica y la ruptura de los lazos sociales, hicieron que la problemática de los consumos se incrementara”, afirmó.
A diferencia de Norteamérica, señaló que Argentina no enfrenta una crisis comparable con el fentanilo y las drogas sintéticas no figuran entre las principales sustancias de consumo.
Sin embargo, advirtió que estudios recientes muestran un cambio entre los adolescentes: los vapeadores y las bebidas energizantes desplazaron al alcohol como las prácticas de consumo más frecuentes entre estudiantes de secundaria.
Cuando se le preguntó cómo observa hoy a aquel niño de 10 años, evitó hablar de sí mismo como una excepción.
“Lo veo como la consecuencia de un montón de situaciones que nunca deberían pasar en la vida de un niño o una niña. Lo que hago es para que menos niños y niñas pasen por situaciones como las que yo tuve que vivir”, respondió.
A casi 20 años de haber dejado atrás las drogas, aseguró que la recuperación nunca deja de ser un desafío, pero rechazó la idea de que una adicción condene para siempre a una persona.
“La fortaleza es el cúmulo de experiencias que he logrado superar con la ayuda de profesionales, familiares, amigos, instituciones y de la fe”, comentó.
Y dejó un mensaje para quienes hoy enfrentan la misma batalla que él libró durante su adolescencia: “Es muy difícil, por supuesto, no lo vamos a negar, pero vale la pena hacer ese proceso, porque no hay nada más triste y complejo que vivir una vida enferma y sin tratamiento. Vale la pena vivir una vida saludable”.
LG