• El gato de Schrödinger: el experimento que puso en duda la realidad

  • Una idea mental creada hace casi un siglo sigue sacudiendo a la ciencia: el gato de Schrödinger, la paradoja que revela por qué la realidad no funciona como creemos y cómo la física cuántica desafía el sentido común.
Ciudad de México /

¿Un gato puede estar vivo y muerto al mismo tiempo? La pregunta suena absurda, casi provocadora. Sin embargo, desde hace casi un siglo se ha convertido en uno de los experimentos mentales más famosos —y desconcertantes— de la ciencia. No nació para explicar el mundo, sino para evidenciar hasta dónde llega —y dónde falla— nuestra intuición.

En este marco, la paradoja del gato de Schrödinger no es una simple curiosidad de la física: revela cómo la mecánica cuántica desafía nuestra comprensión habitual de la realidad y pone en evidencia que nuestra manera cotidiana de razonar no siempre es aplicable. Más allá de los laboratorios, este experimento plantea preguntas fundamentales sobre la observación, la información y la naturaleza misma de lo que consideramos “real”.

Es por ello que hoy nos detenemos, revisamos sus enigmas y exploramos lo que nos enseña del límite entre lo observado y lo posible.

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El experimento que desafía la intuición

Imagina una caja cerrada. Dentro hay un gato, un frasco con gas venenoso y un mecanismo conectado a un átomo radioactivo. Si el átomo se desintegra, el mecanismo rompe el frasco y el gas mata al gato. Si no ocurre nada, el animal sigue con vida.

Aquí viene el problema: según los principios de la mecánica cuántica, mientras la caja permanezca cerrada y no haya una observación, el átomo está en una superposición de estados —desintegrado y no desintegrado—. Y, por extensión, el gato también.

Esto significa que, hasta que se abra la caja, el estado del gato no puede considerarse definitivo, desafiando nuestra comprensión intuitiva de la realidad.

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Vivo y muerto. Al mismo tiempo.

Erwin Schrödinger propuso este experimento mental en 1935 como una crítica a la interpretación de Copenhague, una de las corrientes dominantes de la física cuántica, que afirmaba que las partículas no tienen propiedades definidas hasta que son observadas. Su intención no era defender la idea, sino mostrar lo extraña —incluso absurda— que resultaba cuando se llevaba del mundo subatómico al cotidiano.

Para muchos físicos de la época —y también para varios actuales—, según textos y debates académicos posteriores, el gato no era una explicación, sino una provocación intelectual.

En ese contexto, la física vivía una revolución. Einstein y Niels Bohr discutían con intensidad si el universo podía ser realmente tan incierto como sugerían las ecuaciones, de acuerdo con registros históricos de la ciencia. Schrödinger, con un gato imaginario, puso el dilema sobre la mesa.

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Superposición cuántica: dos realidades a la vez

La clave está en un concepto central de la física cuántica: la superposición. 

En el mundo subatómico, partículas como electrones o fotones pueden existir en múltiples estados simultáneamente, según los modelos matemáticos que describen su comportamiento. Solo cuando se miden, ese abanico de posibilidades colapsa en una sola realidad.

Una forma sencilla de pensarlo es imaginar un dado lanzado al aire que, mientras nadie lo mira, muestra todos los números al mismo tiempo. El resultado aparece solo cuando alguien observa.  Antes de ese instante, no hay un número “oculto”: hay todos a la vez.

Otra analogía: una ciudad donde cada calle se bifurca en infinitos caminos posibles, todos coexistiendo hasta que decides cuál recorrer. La elección no revela un trayecto preexistente, sino que define el único camino que se vuelve real para ti. La física cuántica sugiere que, a nivel fundamental, la realidad funciona de manera parecida, de acuerdo con esta interpretación de la superposición.

No es casual que esta idea resulte tan desconcertante: según especialistas, contradice la forma en que estamos acostumbrados a entender causa y efecto. En el mundo cotidiano, los hechos ocurren primero y se conocen después; en el cuántico, conocerlos es parte de que ocurran.

Para aterrizar este concepto fuera del laboratorio, el biofísico Ledbek Sánchez Cruz, académico de la UNAM, propone una analogía cotidiana: una relación de pareja.

En los hechos, una infidelidad ocurre o no ocurre, independientemente de que alguien la observe: el evento existe. Sin embargo, para la persona que no tiene esa información, la realidad de la relación permanece abierta. Ambas posibilidades coexisten, no porque sean verdaderas al mismo tiempo, sino porque no existe evidencia que permita definir una sola realidad desde su punto de vista.

Mientras no hay observación —es decir, información—, la relación se mantiene en un estado indeterminado para el observador. El momento del descubrimiento funciona como un acto de medición en la mecánica cuántica: la superposición se rompe, una posibilidad se impone y la realidad queda, por fin, establecida.

La comparación —aclara Sánchez Cruz— no busca explicar literalmente la física cuántica, sino mostrar cómo el experimento mental de Schrödinger pone en evidencia un principio clave: sin observación no hay información, y sin información no hay una realidad bien definida para el observador.

Ese principio, más allá de quedarse en el terreno conceptual, se convirtió en una base operativa para nuevas tecnologías.

De hecho, lejos de ser solo una rareza, esta propiedad sostiene el desarrollo de las computadoras cuánticas. Sus unidades básicas —los cúbits— aprovechan la superposición para procesar información de formas imposibles para una computadora tradicional, ya que no trabajan con valores únicos, sino con múltiples estados al mismo tiempo, según los principios que rigen esta tecnología emergente.

Hoy, gobiernos y empresas compiten por dominar esta tecnología, de acuerdo con análisis sobre la carrera tecnológica global, conscientes de que podría redefinir la forma en que calculamos, predecimos y tomamos decisiones. En ese sentido, la superposición deja de ser una paradoja y se convierte en poder computacional.

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Muchos mundos: cuando el universo se multiplica

Si la superposición ya resulta desconcertante, la interpretación de los muchos mundos lleva la idea aún más lejos. Según esta teoría, cada vez que ocurre una medición cuántica, el universo se divide en múltiples ramas, de acuerdo con esta lectura de la mecánica cuántica propuesta en el siglo XX.

En una, el gato está vivo. En otra, está muerto. Ambas realidades existen, pero no interactúan entre sí.

No todos los científicos aceptan esta interpretación, según el consenso parcial dentro de la comunidad científica, pero su poder narrativo la ha convertido en una de las más influyentes fuera del ámbito académico.

Esta visión ha trascendido los laboratorios y se ha filtrado en la cultura popular. Series animadas, películas y novelas han convertido el multiverso en una metáfora de las decisiones humanas: cada elección, un camino; cada camino, una versión distinta de la realidad. 

Quizá por eso el multiverso nos obsesiona: según estudios culturales y reflexiones filosóficas contemporáneas, refleja una ansiedad sobre lo que elegimos, lo que perdemos y lo que nunca sabremos. Más allá del entretenimiento, la idea ha alimentado debates sobre el tiempo, la identidad y el libre albedrío. 

¿Cuánto de lo que vivimos está determinado? ¿Y cuánto se ramifica en posibilidades que nunca veremos?

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De la paradoja a la tecnología

Aunque estas teorías parezcan abstractas, la física cuántica tiene consecuencias muy concretas.

Investigaciones recientes han demostrado que incluso fenómenos aparentemente impredecibles, como los saltos cuánticos de los átomos, pueden anticiparse y revertirse, según estudios experimentales en centros especializados, un avance clave para el desarrollo de tecnologías más estables.

Las aplicaciones potenciales son amplias: desde el diseño acelerado de medicamentos y sistemas de criptografía prácticamente inviolables, hasta modelos más precisos para entender fenómenos complejos como el clima.

Una computadora cuántica, por ejemplo, podría simular en segundos la estructura de una molécula que a una máquina clásica le tomaría siglos calcular, según estimaciones. Es como recorrer todos los caminos de un laberinto al mismo tiempo y elegir la mejor salida de inmediato.

Una promesa que, por ahora, convive con enormes retos técnicos y teóricos, según reconocen los propios investigadores del área.

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Cuando lo cuántico se vuelve cotidiano

A pesar de todo, no vemos gatos vivos y muertos en la vida diaria.

 La razón tiene nombre: decoherencia cuántica. Es el proceso mediante el cual un sistema pierde su superposición al interactuar con el entorno y comienza a comportarse de manera clásica, según los modelos aceptados de la física cuántica.

En otras palabras, el mundo macroscópico se estabiliza. La incertidumbre cuántica queda enterrada bajo millones de interacciones invisibles, de acuerdo con esta explicación científica.

Pero la pregunta persiste. Si nuestra percepción define lo que observamos, ¿hasta qué punto la realidad es objetiva? ¿Cuántas posibilidades se desvanecen simplemente porque nunca las miramos?

La paradoja del gato de Schrödinger no ofrece respuestas definitivas. Su fuerza está en lo contrario: pone de manifiesto que lo aparentemente simple puede esconder una complejidad inquietante, coinciden divulgadores y filósofos de la ciencia.

Con esto en mente, la próxima vez que observes algo cotidiano —un objeto, una decisión, un instante— quizá valga la pena preguntarse si la realidad es tan sólida como parece… o si, al no mirar ciertas posibilidades, también estamos eligiendo descartarlas.




  • Claudia Islas
  • claudia.islas@milenio.com
  • Periodista, guionista y editora egresada de la UNAM. Amante de la cultura underground, la música, el cine y la psicología. Apasionada por contar historias que merecen ser narradas, incluso aquellas que nadie se atreve a mirar de frente.

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