Trailero, adicto y enamorado: la ruta fronteriza y LGBT que sigue el cineasta David Pablos

Así el universo de ‘En el camino’, la nueva película David Pablos, donde el cristal, el sexo y la violencia están en cada parada. No busca glorificar el consumo, ni volverlo un discurso moral.

'En el camino' de David Pablos: Cine queer, adicciones y el deseo masculino en las carreteras de México | Cortesía
Ciudad de México /

DOMINGA.– Veneno está de rodillas en medio del desierto. Respira agitado. Tiene la ropa sucia, el rostro desencajado y el miedo desbordado. Frente a él hay alguien a quien no vemos. De pronto, gasolina. El líquido le cae encima: parece el fin de su vida. No sabemos exactamente qué hizo este joven para terminar ahí, pero sí entendemos algo desde el primer instante: no hay escapatoria posible.

En el camino, la nueva película del director David Pablos, comienza con una amenaza. Y desde ahí, esa sensación de condena, la película se adentra en un universo pocas veces mostrado en el cine mexicano reciente: fondas a la orilla de las carreteras (cachimbas), caminos interminables, hoteles de paso, cocaína, cristal, traileros consumidos por jornadas inacabables y encuentros sexuales clandestinos.

En medio de ese paisaje aparece Veneno, un joven que sobrevive acostándose con camioneros en los paraderos. Un día conoce a Muñeco, un trailero mayor atrapado por el alcohol, las drogas y una soledad que parece habérsele adherido al cuerpo. Lo que inicia como un intercambio de cocaína por un aventón, se convierte en una relación mucho más compleja que pasa del sexo al romance, mientras ambos recorren las carreteras del norte del país, venden drogas entre transportistas y son perseguidos por el pasado de Veneno. La historia completa se verá en los cines mexicanos a partir del próximo 4 de junio.

Las carreteras del norte de México y los paraderos de traileros se convierten en el escenario principal de la película | CortesíaCinépolis Distribución

La película tuvo su estreno mundial en la sección Orizzonti del 82 Festival Internacional de Cine de Venecia, donde ganó el premio principal de la sección y el Queer Lion. Podría describirse como una road movie, un thriller, un romance áspero o incluso un neo western fronterizo. Pero ninguna etiqueta termina de abarcar del todo. Lo que le interesa a Pablos es otra cosa: explorar cómo el deseo masculino se manifiesta dentro de espacios profundamente violentos y machistas.

El director pasó tiempo investigando ese mundo antes de escribir el guion. Habló con transportistas, convivió con ellos y escuchó historias de jornadas exhaustivas, agotamiento extremo y consumo permanente de sustancias para mantenerse despiertos durante trayectos que pueden durar horas o incluso días sin descanso. Pero una conversación en particular terminó marcándolo.

“Le pregunté a un trailero qué porcentaje de conductores eran adictos”, recuerda. “Y sin pensarlo me respondió: ‘99% somos adictos’”.

En México, el Observatorio Mexicano de Salud Mental y Consumo de Drogas reportó que en 2023 casi la mitad de las personas que ingresaron a tratamiento por consumo de sustancias lo hicieron por metanfetaminas (cristal y derivados), lo que la coloca como la principal droga de atención en el sector salud. En la última década, la demanda de tratamiento por este tipo de estimulantes ha aumentado más de 400%.

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Distintos reportes de salud pública han señalado que el consumo de metanfetaminas y otros estimulantes también aparece en entornos laborales de alta exigencia, como el transporte de carga, donde las jornadas prolongadas, la presión de tiempos y el cansancio extremo no dejan espacio real para el descanso. Son espacios que no escapan a la lógica de la productividad continua.

La cocaína, el cristal y distintos estimulantes aparecen con naturalidad en la cinta. Los personajes consumen mientras manejan, mientras la vida pasa. Algunos mezclan medicamentos para adelgazar con café, refresco o bebidas energéticas para soportar jornadas de días enteros sin dormir. Otros consumen cristal en la intimidad. El horror forma parte de la rutina. “Quería mostrar el consumo con la misma cotidianidad con la que ellos lo viven”, explica Pablos. “Ni glorificarlo ni volverlo un discurso moral”. Así, la película conecta con algo más grande que una historia de amor. El verdadero fondo del nuevo trabajo de David Pablos es un país agotado por la violencia.

Hombres incapaces de verbalizar sus emociones

“Me interesaba hablar del deseo masculino en los contextos traileros, en un contexto de la cachimba y el taller mecánico”, dice el director y guionista en entrevista con DOMINGA. “Al hablar del deseo en estos contextos hay algo más desenfrenado, menos romántico por el tipo de encuentro y por cómo suelen darse estas relaciones”.
La película explora la complejidad del deseo masculino y la vulnerabilidad | CortesíaCinépolis Distribución

Pero En el camino no se queda sólo en la crudeza. A Pablos, tijuanense, le interesaba encontrar aquello que existe debajo de ella. “Sabía que iba a tener cierta aspereza, pero también quería trascender eso y encontrar intimidad [...]. Muchos críticos han hablado de ternura y me gusta mucho esa palabra”. La ternura aparece donde se creería imposible encontrarla: dentro de un tráiler detenido en la madrugada, en una conversación después de horas de conducir, en un silencio compartido mientras afuera todo es hostilidad. La película entiende algo fundamental sobre los hombres mexicanos: educados para resistir, no para hablar de sí mismos.

Pablos habla de ellos como “analfabetos emocionales”. Hombres incapaces de verbalizar sus emociones, de mirarse hacia adentro o incluso de permitirse el deseo sin sentirse amenazados por él. Por eso, el alcohol y las drogas no funcionan solamente como parte del paisaje, sino como mecanismos que les permiten bajar la guardia. “Muchas veces el deseo se permite sólo cuando se está bajo la influencia”, dice el director. “No necesariamente hablo de drogas duras; muchas veces es el alcohol. Hay una necesidad de sedarse para permitirse explorar el deseo”.

La película trata sin más esa contradicción masculina: hombres que socialmente necesitan reafirmar una masculinidad rígida, pero que en la intimidad viven otra realidad completamente distinta. Muñeco, por ejemplo, marca límites constantemente hacia el exterior. Hay un momento en que incluso niega aquello que desea. Pero cuando se queda a solas con Veneno, el conflicto desaparece. El deseo simplemente ocurre. “Lo que me interesaba mostrar es que la sexualidad humana es mucho más compleja que cualquier etiqueta”, dice Pablos.

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En el camino se distancia de muchas representaciones queer recientes centradas en personajes urbanos, blancos o de clase media, como es el caso de Call Me by Your Name, Portrait of a Lady on Fire o Love, Simon. En la película de Pablos el deseo aparece entre hombres consumidos por el cansancio físico, la precariedad y la violencia cotidiana. Que viven en tránsito permanente. Que duermen poco, comen mal y pasan días enteros recorriendo carreteras donde el peligro puede surgir en cualquier momento. Veneno es un personaje complejo que es capaz de una enorme violencia y, al mismo tiempo, profundamente necesitado de afecto. Pablos lo describe como “un perro herido”: alguien acostumbrado a sobrevivir en contextos hostiles, pero desesperado porque alguien finalmente lo toque con ternura.

“Está esperando que alguien lo acaricie, en el sentido más literal y metafórico”, explica el director. “Cuando encuentra eso con Muñeco, ya no quiere irse”.

La relación entre ambos personajes termina construyéndose así: desde la necesidad mutua de compañía en un entorno donde todo parece diseñado para destruir cualquier posibilidad de intimidad.

El amor dentro de territorio hostil

Dentro del tráiler se mezclan cansancio, deseo y amenaza. Veneno y Muñeco están desnudos. Han consumido cristal, una metanfetamina estimulante cuyo uso ha sido documentado en contextos de trabajo extremo en México, como el transporte de carga, donde las jornadas prolongadas y el agotamiento físico llevan a algunos trabajadores a usarla para resistir el sueño.

El cineasta tijuanense David Pablos, director y guionista de "En el camino". | Cortesía

Afuera continúa la carretera; adentro, el silencio. Son dos cuerpos de dos hombres cansados que sobreviven. Veneno observa a Muñeco recostado, se acerca lentamente, lo besa y comienza a hacerle sexo oral. Uno termina y, después, el otro se masturba hasta acabar también. La escena no es morbosa. No es una provocación. Lo que hay ahí es otra cosa: un poco de intimidad en ese mundo que se empeña en triturarla.

La escena resume buena parte de lo que le interesa explorar a David Pablos. El deseo aparece en medio del cansancio físico, las drogas, la necesidad emocional y por la sensación constante de peligro. Pero incluso los momentos más tiernos de la película parecen estar contaminados por una amenaza inevitable. “Desde el inicio se intuye que esta relación está condenada”, dice Pablos. “No hay manera de que estos personajes puedan tener otro tipo de vínculo distinto. Pero era importante detenerme en esos momentos de intimidad porque al final eso es lo que uno rescata de la vida”.

La película entiende el amor como una pausa momentánea dentro de una realidad devastada. Un respiro efímero. Algo que permite seguir avanzando aunque sea unas cuantas horas más sobre la carretera. Y es en esa carretera donde aparece otro de los temas más duros de la cinta: las adicciones entre traileros.

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Pablos pasó tiempo investigando ese mundo antes de escribir el guion. Habló con conductores, convivió con ellos y escuchó historias de jornadas exhaustivas, agotamiento extremo y consumo de sustancias para mantenerse despiertos.

En En el camino, la cocaína, el cristal y distintos estimulantes aparecen con naturalidad. Los personajes consumen mientras manejan, mientras la vida pasa. Algunos mezclan medicamentos para adelgazar con café, refresco o bebidas energéticas para soportar jornadas de días enteros sin dormir. Otros consumen cristal en la intimidad. Para nadie es sorprendente. El horror, explica el director, ya forma parte de la rutina. “Quería mostrar el consumo con la misma cotidianidad con la que ellos lo viven”, explica Pablos. “Ni glorificarlo ni volverlo un discurso moral”.

La película, además, nunca transforma las drogas en espectáculo. Tampoco convierte a sus personajes en ejemplos aleccionadores. El consumo aparece como parte inseparable de una maquinaria laboral brutal que exprime sus cuerpos hasta dejarlos vacíos. Los hombres de En el camino viven atrapados en esa violencia que atraviesa cada rincón del norte del país. Ahí, la película conecta con algo más grande que una historia de amor. El verdadero fondo es un país agotado por la violencia.

“Ya no quería hacer una película sobre el narco o sobre la violencia directamente”, dice Pablos. “Me interesaba más mostrar cómo esa violencia se volvió el marco de la vida cotidiana”. La frase es clave para entender su propuesta. La violencia en la historia nunca se ve como un espectáculo explosivo ni como narrativa criminal tradicional. Está integrada al paisaje. Vive en las conversaciones, en los silencios, en las amenazas, en el miedo constante de los personajes. Sobre todo en Veneno, un joven marcado completamente por el abandono.

Los protagonistas de En el camino encuentran destellos de inesperada ternura.| CortesíaCinépolis Distribución

Pablos habla de él como alguien que aprendió “la ley de la calle”, pero que sigue necesitando afecto desesperadamente. Debajo de la agresividad y de la dureza que el personaje proyecta existe una herida mucho más profunda. “Hay una búsqueda permanente del padre”, explica el director. “Una necesidad de sanar esa ausencia”.

No es casual que en la película el personaje conviva con tres figuras paternas: el hombre del que escapa, el padre biológico ausente y el propio Muñeco, que termina convirtiéndose también en su refugio emocional. Todos orbitan alrededor de esa necesidad afectiva que el protagonista nunca logra llenar por completo. Por eso Veneno se aferra a Muñeco con tanta intensidad. Porque encuentra algo rarísimo dentro de ese universo masculino: alguien que no lo golpea, que no intenta dominarlo todo el tiempo, que le permite existir sin esconder completamente su vulnerabilidad. Y aun así, incluso en esos momentos de cercanía, el peligro nunca desaparece. En En el camino el amor siempre parece ocurrir al borde del desastre.

“¿A dónde vamos?”

Suena Los caminos de la vida, de Los Diablitos. Alrededor, tráileres estacionados, una bodega destartalada. Veneno y Muñeco bailan en medio de ese estacionamiento casi en abandono. Como si el mundo, por un instante, les hubiera dado tregua. Muñeco lo besa. Lo toca con una delicadeza que la película no había mostrado. Después le hace el amor antes de tomar una decisión que cambiará todo.


De nuevo: ternura en los lugares menos pensados pero, incluso en esos momentos luminosos, predomina la sensación de que algo malo va a pasar.

Sobre los distintos géneros en que podría etiquetarse su película, Pablos explica que quería crear su propio lenguaje. “Sí es un drama, sí es romance, una road movie, pero también tiene elementos de suspenso, momentos líricos, algo de western”. Y es cierto. Hay momentos donde la película parece un neo western (que actualiza el western clásico a un contexto moderno). En otros instantes se transforma en una película criminal; en otros el relato adquiere un tono casi onírico. Pablos buscó filmar el norte con naturalidad, pero sin rigidez, donde prevalece la mirada emocional y física. La película está llena de luces nocturnas, humo, música popular, las carreteras interminables. Todo eso termina construyendo un universo propio.

Esa búsqueda también conecta con la trayectoria del director, ganador del Premio Ariel a la Mejor Dirección por Las elegidas (2015). Desde aquella cinta hasta El baile de los 41 (2020), Pablos ha construido personajes provenientes de estructuras violentas que condicionan la forma en que viven el deseo, el afecto o incluso su propia identidad. En el camino vuelve a traer ese interés, pero ahora desplazado hacia un territorio todavía menos explorado en el cine queer.

Un trailero enamorado recorre las carreteras del país | Cortesía Cinépolis Distribución

“Todavía existe mucha reticencia para mirar lo queer en estos espacios”, dice el director. “Seguimos acostumbrados a otro tipo de personajes y contextos”.

Ahí reside una de las mayores potencias de la cinta. Mientras, durante años, gran parte del cine LGBT+ más visible internacionalmente se concentró en personajes urbanos, blancos, de clase media. En el camino se mueve en dirección contraria. El deseo aquí no aparece sofisticado ni libre, sino desde la supervivencia.

Por momentos, recuerda a obras como Doi Boy, que habla de cómo un refugiado se forja una nueva identidad como trabajador sexual. Ambas son experiencias alejadas de los perfiles tradicionalmente representados. Pero En el camino posee una identidad muy mexicana: se cuenta en un entorno fronterizo colapsado por la inseguridad y la economía criminal. Y presenta una masculinidad que obliga a los hombres a reprimir cualquier fragilidad.

Pablos incluso habla de un tabú que sigue, hoy, presente: el cuerpo masculino.

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“Hemos asumido mirar el cuerpo femenino, pero no el masculino”, dice. “Y mucho menos una erección masculina”. La reacción internacional que ha tenido la película terminó confirmándole algo: la incomodidad frente al deseo entre hombres sigue existiendo incluso fuera de México, afirma Pablos. El desnudo masculino, explica, continúa generando resistencia a la hora de distribuir o vender películas.

Sin embargo, Pablos nunca busca provocar gratuitamente. Su interés está en observar cómo estos hombres negocian su deseo en espacios que les exigen dureza permanente. Por eso Muñeco resulta tan complejo: puede negar ciertas cosas hacia el exterior, pero en la intimidad jamás aparece como un personaje atormentado por culpa religiosa o moral. Lo que siente por Veneno simplemente sucede. Y quizá esto hace a la película devastadora y hermosa al mismo tiempo: en un país atravesado por el horror cotidiano, todavía existen personas buscando una conexión real.

Hacia el final, uno de los personajes pregunta: “¿A dónde vamos?”. No se trata únicamente del trayecto físico de dos hombres recorriendo carreteras del norte del país. También es una pregunta sobre México, sobre el deseo, sobre la violencia y sobre la posibilidad de imaginar un futuro distinto. Pablos lo entiende así: “Mientras exista ese anhelo”, dice el director, “no todo está perdido”.

GSC


  • Guillermo Rivera
  • Guionista y periodista. Autor de investigaciones y crónicas que se han publicado en diversos medios, como 'Milenio' y Televisa. Reconocido dos veces con el Premio Nacional de Periodismo (2016 y 2023) y nominado al Premio Gabo.

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