Nació en el pueblo de Cañadas de Nanchititla, municipio de Luvianos, hace 68 años, estuvo ahí hasta los primeros cinco, y Efraín Sánchez Velasco tuvo que migrar a la ciudad de Toluca y después a la capital del país para poder seguir sus estudios.
Al paso de los años ingresó al Ejército Mexicano, donde alcanzaría el grado de General de Brigada, uno de los rangos más altos dentro de la institución castrense. Sirvió al país durante más de 40 años, desplegado sobre todo en zonas fronterizas del norte del país.
El General Efraín Sánchez y el orgullo de sus raíces en la Sierra de Nanchititla
El general Efraín Sánchez nunca olvidó sus orígenes, el pueblo de Cañadas, ubicado en la parte más alta de la Sierra de Nanchititla, al sur del Estado de México y colindante con los estados de Michoacán y Guerrero. Pueblo minero al que hace más de un siglo llegó su abuelo Tiburcio Mondragón, quien comenzaría a comprar terrenos para dedicarlos a la agricultura.
A este pequeño asentamiento solo se podía acceder por el camino real que bordeaba un terreno accidentado, lleno de barrancas e imponentes peñascos con un bosque de pinos y encinos característico de la zona.
Entre veredas y carencias: la infancia serrana del General Sánchez
Sus recuerdos de la niñez evocan un mundo diferente, la travesía para llegar a la ciudad de Toluca y vender su ganado o los productos agrícolas duraba 6 días. Conoció la sierra y sus veredas, sus peñas y sus cascadas, miradores naturales desde donde se observan los poblados lejanos. Fueron tiempos donde la red de agua potable era un sueño y los niños como él tenían que acarrear el líquido desde pozos o manantiales.
La educación primaria la cursó en un internado en la ciudad de Toluca, después fue inscrito en una escuela en el municipio de Tenancingo, justo enfrente del cuartel militar de la región, sin saber que su destino estaría marcado por el rigor del Ejército, de ahí se fue a Ciudad de México donde fue matriculado en una escuela particular.
“Me sentía raro, tenía temor en la ciudad, sentía que no era un lugar para mí”, recuerda.
El llamado de las armas
Justo después de terminar los estudios de secundaria ingresa al Colegio Militar, en donde le tocaría el cambio del antiguo colegio a las nuevas instalaciones de Tlalpan, al sur de la capital. Su carrera militar en el Arma de Caballería lo llevaría a vivir en diversos lugares de la República Mexicana, asignado a zonas fronterizas del país, donde poco a poco fue ascendiendo hasta alcanzar el grado de General. Este trabajo le demandó todo su esfuerzo, pero sobre todo su tiempo, por lo que dejó de ir a su pueblo durante un largo periodo de 40 años.
La muerte de sus padres lo hizo pensar en el retiro, por lo que en 2013 pidió su baja. Lo primero que hizo fue regresar a su pueblo, descubriendo que, a pesar del paso de los años, la comunidad seguía con muchas carencias. Durante un viaje por la Sierra Gorda de Querétaro, en el poblado de Pinal de Amoles, descubrió un pequeño parque inmerso en un bosque, donde era posible pernoctar en unas cabañas de madera.
De ahí surgió la idea de hacer algo parecido en los terrenos que había heredado de su familia en la Sierra de Nanchititla. Así que decidió contactar al constructor y comenzar un proyecto parecido, ahí surge el parque El Abrojo, el proyecto ambiental al que le dedicaría todos sus esfuerzos.
El General decidió dividir sus propiedades, lo primero fue donar varias hectáreas al Ejército para que se instalara una base de operaciones en la sierra, el proyecto se consolidó en junio de 2014, lo que permitió mayor seguridad en la zona gracias a la presencia de las fuerzas armadas. Aunado a esto, también cedería terreno para la construcción del plantel del Colegio de Bachilleres, dando la posibilidad a cientos de jóvenes para que siguieran estudiando.
Un parque para la gente
Pero su visión era todavía más amplia: su interés por preservar el medio ambiente hizo que destinara 120 hectáreas para el parque que, afirma, fue “pensado para la gente”, por lo que comenzó una ardua labor de reforestación y saneamiento, privilegiando a las especies endémicas como el encino blanco y el ocote, pero sumando árboles frutales como el limón, durazno, mango, naranja, capulín y hasta arbustos de café.
La recuperación del bosque fue evidente, los afluentes de agua renacieron, los animales silvestres como el venado y el puma se volvieron a ver en los terrenos del parque, así como un número importante de aves rapaces y pájaros de diferentes colores.
Abre fuentes de empleo
El parque El Abrojo se convertiría también en una fuente de empleo para los habitantes del pueblo de Cañadas de Nanchititla. Se necesitaban manos para construir las cabañas, para reforestar y sanear el bosque, manos para hacer brechas cortafuegos, además de gente que atendiera a los turistas que comenzaban a descubrir este espacio natural.
El General, como lo conoce la gente de la sierra, afirma con orgullo: “los árboles son mis tropas, son mis soldados, yo los protejo, defenderlos es mi vida”. El reto no ha sido fácil, la posibilidad de un incendio forestal está presente durante la temporada de estiaje, una simple chispa puede provocar una desgracia, por lo que nunca baja la guardia, “aquí no hay descanso, el parque demanda atención las 25 horas del día, los 366 días del año”, declara de manera irónica ante el esfuerzo que supone cuidar un espacio natural con esas dimensiones.
Basta bajar a la cascada
La perseverancia, tenacidad y disciplina de un solo hombre han dado resultados evidentes, en la zona el bosque muestra señales de recuperación, basta con bajar a la cascada que se encuentra dentro del parque para ver cómo el caudal se mantiene a pesar de la sequía, los árboles se ven más frondosos y se ha detenido el avance de plagas, como el gusano descortezador.
El General Efraín Sánchez tiene una preocupación sobre el futuro de su parque, “¿qué va a pasar con todo este legado?”, espera que sus hijos y sobre todo la comunidad de Cañadas de Nanchititla preserve este espacio natural que tanto esfuerzo ha costado y que ha sido defendido con toda su fuerza e inteligencia. Mientras tanto, sigue caminando a diario por los senderos pensando en más acciones para sus queridos árboles, a los que cariñosamente llama sus soldados.
kr
Colaboración especial Mario Benítez