Adiós a la cantina de Renato Leduc: la gentrificación borra La Reforma de Bucareli

La frecuentaban periodistas, voceadores y generaciones enteras de trabajadores del centro. Después de 80 años, La Reforma de Bucareli cerró entre rentas disparadas y la promesa de otro edificio de departamentos.

La Reforma de Bucarelli: El cierre de la cantina donde Renato Leduc escribía sus crónicas | Samantha Martínez
y Joselo Rueda
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Como cada viernes, el 10 de julio, la legendaria cantina La Reforma de Bucareli atendía a su clientela con guisados, botana y unos tragos, cuando un grupo de hombres irrumpió con violencia. “Llevaban cubrebocas y sudaderas con capucha. Teníamos lleno el lugar. Era la hora de la comida. Empezaron a amedrentar a la gente para que saliera y después empezaron a sacar las cosas a la calle”, narra Aristeo Téllez García, quien estuvo a cargo del lugar durante los últimos treinta años.

Esa tarde, que acabó con las catorce mesas con sus respectivas sillas tiradas y amontonadas sobre la calle, cerró un ciclo histórico de más de ochenta años de vida que ocupó esta tradicional cantina en el local número treinta de Bucareli; que como todo lugar tuvo un auge y una decadencia, y ahora mismo, en plena zona de gentrificación, acabará convirtiéndose en edificio de departamentos o en una cafetería de estilo europeo o en una tienda de productos orientales o en un restaurante cool.

“Se quedaron cosas adentro porque no sacaron todo: mi tinaco, la bomba de agua, un sillón, un escritorio, las cámaras de video y el módem de las cámaras, entre otras pertenencias [...]; además se me perdieron varias cosas. Había comprado un Roku para el Mundial, estaba pegado a la pantalla y, cuando la quitaron, se lo llevaron porque ya no apareció”, dice Aristeo, quien luchó hasta el último aliento para negociar con la dueña un precio de alquiler “razonable”.
El desalojo terminó con 80 años de servicio de la cantina La Reforma de Bucareli | Especial


“El lugar poco a poco se fue deteriorando”
, reconoce, pero siempre estuvo entre sus cien metros cuadrados el recuerdo del más famoso de sus clientes: el poeta y periodista Renato Leduc. Cuando Aristeo tomó la cantina, él ya había muerto en 1986, “pero la gente ya grande que lo había tratado me contó muchas historias sobre él”. Leduc estuvo casado con Leonora Carrington, pintora surrealista de origen británico y fue muy amigo de Elena Poniatowska, Octavio Paz, María Félix y Agustín Lara. “También había un retrato suyo, aproximadamente de los años setenta. Con el tiempo había cambiado mucho su fisonomía. Era bien pedote y creo que eso le afectó. Conservo una fotografía de él de aquella década”.

Leduc fue un visitante asiduo de La Reforma de Bucareli. “Antes había enfrente una cantina llamada La Mundial. Según cuenta Leduc en sus crónicas, a La Mundial acudía gente de traje, algo parecido a lo que hoy llamarían fifís. A Leduc no le gustaba ir ahí. Prefería La Reforma, que estaba enfrente, porque decía que allí iban los trabajadores de las rotativas. Decía: ‘Voy con los papeleritos’. Era gente de un estrato social un poco más bajo. Se sentía más identificado con ellos que con quienes frecuentaban el otro lugar. Ahí escribía y hacía sus crónicas”, dice Aristeo.

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Esos eran los tiempos del auge, cuando esta cantina era un punto de encuentro para trabajadores, periodistas, escritores y vecinos del centro de la Ciudad de México. El perfil de la clientela era muy lógico: estaba en medio de las instalaciones de los grandes periódicos nacionales. “Héctor de Mauleón, en su libro La ciudad que nos inventa (2015), hace referencia a una fotografía que yo tengo de Bucareli en los años cuarenta. Es una foto grande que me regaló un fotógrafo, cuando el periódico todavía era una cooperativa”, narra Aristeo. Le decían El Diablo y cree se la llevó por ahí del año 1998. “En la cantina ya teníamos una versión pequeña de esa foto desde que yo llegué. Este hombre me entregó una ampliación muy grande, casi del tamaño de una ventana, y esa fue la que dejamos expuesta en el establecimiento”.

En la imagen aparece la avenida cuando todavía pasaban los tranvías y era de doble sentido. Parece que uno se transporta a otra época, como si estuviera en una calle de Nueva York en los cuarenta. Había muchísima gente. Era increíble.

Periodistas, voceadores y burócratas llegaban a la Reforma de Bucareli

Renato Leduc y otros diversos personajes del ámbito periodístico y literario pasaron por la cantina La Reforma de Bucareli | Fototeca Milenio


Contador público y actualmente pensionado, Aristeo tomó la Reforma Bucareli mediante un traspaso por ahí de 1996. Asegura que durante años mantuvo una buena relación con el antiguo dueño del inmueble. “Tomé la cantina mediante un traspaso hace treinta años. Cuando iba en la universidad hice un estudio sobre ese tipo de negocios y el lugar reunía todos los elementos: estaba sobre una avenida, tenía cien metros cuadrados y cumplía con los requisitos que, en aquel tiempo, considerábamos en un buen ejercicio para emprendedores. Cada quien elegía qué tipo de negocio quería poner. Me lo dieron un poco caro para aquella época”, recuerda.

Cuando Aristeo tomó la cantina, el dueño del inmueble era un señor llamado Francisco Ysita del Hoyo, según narra. “Nunca tuve problemas con él. Hicimos un contrato pero posteriormente el lugar se fue deteriorando. Yo le decía: ‘Oiga, señor, hay que arreglar esto’. Él me respondía: ‘Arréglalo tú y después vemos’. Así me tuvo casi todos los años y nunca invertía dinero. Yo tenía que hacer todas las reparaciones”.

Después, narra, dejamos de firmar contrato y todo quedó de palabra. “La renta era muy baja y no me la subía. Creo que era porque no invertía en el inmueble y yo lo mantenía para evitar que se deteriorara más. Supongo que comprendía que ese gasto quedaba implícito en la renta”.

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Bajo la capitanía de Aristeo, La Reforma de Bucareli siguió conservando el perfil de su clientela y el aura de cantina tradicional de la zona. Periodistas, escritores, trabajadores de rotativas se encontraban con los de Hacienda, Gobernación, Sedesol, la Lotería Nacional y el IMSS. Y así se fue formando un grupo de personas que se conocían entre sí. “Vinieron unos años esplendorosos. Era un tipo de negocio muy socorrido”, dice Aristeo y recuerda que la cantina se llenaba desde la hora de comida, hasta muy entrada la noche y madrugada que había actividad.

“Cuando Excélsior todavía era una cooperativa, casi todos los trabajadores que aparecen en una toma de la película El Bulto [1991] de [Gabriel] Retes –en la redacción del periódico–, cuando entra y le aplauden, casi todos ellos iban a la cantina. Los conocíamos porque eran asiduos asistentes”, recuerda. También les tocó una época en la que acudían muchos jóvenes de El Universal. Trabajaban en publicidad o mercadotecnia “y parecía que ganaban bien. Llegaban en camionetas del año y asistían unas dos veces por semana para reventarse ya cuando salían [del trabajo], pero se ve que les iba muy bien. Se ve que era puro chavo que ganaba así el varo”.
“Vivimos igualmente el auge de los voceadores, cuando había expendios. Cuando salían de la cantina a las cuatro o cinco de la madrugada, era impresionante ver toda la calle de Bucareli atestada de gente compaginando periódicos sobre las banquetas y hasta en la calle porque ni pasaban carros. La zona hacia Juárez se llenaba de voceadores preparando los ejemplares de la jornada”.

Algunos jugaban al cubilete. “Jugaban de a dinero. En esa época los voceadores tenían un pinche fajote de billete porque todavía no se usaban tarjetas. Eran unos consumidores bien cabrones. Se la amanecían jugando cubilete y consumiendo”.

Entre tragos e historias, las instalaciones de La Reforma de Bucareli atestiguaron el paso de los años | Especial


Después llegaron las tarjetas de Telcel, de que tenías que rasparle a una franja para descubrir un número y agregar crédito al teléfono. “Los voceadores se hicieron mucha lana cuando fue eso. Le ganaban yo creo que un peso a cada tarjeta, algunos tenían varios expendios y, si vendías cincuenta mil tarjetas a la semana, ganabas cincuenta mil pesos [...]. Le tenías que invertir una lanota, pero eran carísimas esas tarjetas. Bueno, creo que había de diez, de quince, de veinte”. También acudían a sus reuniones del Sindicato de Voceadores, que estaba en el Eje de Guerrero. Eran un gremio poderoso “nos tocó todo ese esplendor y la época en la que Carmen Salinas y otras artistas asistían a los eventos que se organizaban para ellos”, recuerda.

Los nuevos negocios están pagando rentas “increíbles”

La Reforma de Bucareli se encontraba ubicada en una zona alcanzada por la gentrificación | Especial


“Después de treinta años puedes imaginar la cantidad de anécdotas que tengo”
, dice Aristeo Téllez. Ya más reciente recuerda que durante las finales América-Chivas o los partidos de la selección, la cantina se llenaba.

“Cuando Cruz Azul llegó a la final de la Copa Libertadores [2001], el partido no se transmitió por tele abierta y había que contratar la señal. La cantina se llenó; arriba tenía un pequeño tapanco y también se llenaba. Fue increíble la cantidad de gente que llegó. Durante el Mundial ocurría lo mismo: acudían extranjeros y tuvimos muy buenas entradas. Posteriormente llegó Armando Ramírez [célebre escritor, periodista y promotor cultural nacido en el barrio de Tepito] y me entrevistó antes de fallecer para su programa de Foro TV. Platicamos de la cantina y de los personajes que habían pasado por ahí”.

Hay otra anécdota. “En una época le subarrendaba la cantina a mi sobrino. Una noche me puse a ver la televisión, cuando transmitían noticieros toda la noche y aparecieron Javier Aranda [periodista, escritor y comunicador cultural de larga trayectoria ligada al periodismo cultural] y José Luis Martínez [director del suplemento cultural Laberinto de MILENIO]. “Tenían una fotografía de Leduc que yo conservo. Y dije: ‘Yo conozco esa cantina’. Era mi cantina. Hacían un reportaje sobre el aniversario del nacimiento de Leduc y Javier Aranda entrevistaba a José Luis Martínez”.

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El ambiente en La Reforma de Bucareli era en general tranquilo, “nunca tuvimos problemas graves ni se descontrolaban. Mucha gente iba precisamente por eso: no había pleitos. Nunca me tocó ver una pelea seria”. En los aniversarios llevábamos imitadores y grupos de música. Entonces sí llegaban personas que no eran asiduas y algunas se ponían un poco difíciles, pero las sacábamos de buena manera y se iban. “Los clientes habituales [...] se conocían entre todos. Era una comunidad”.

El problema para Aristeo comenzó cuando el dueño falleció en 2022 y su hija tomó las riendas del inmueble. Según la versión de Aristeo comenzó a pagarle una renta mayor, aunque no mediante un contrato. Terminó rentando en treinta mil pesos mensuales y después recibió una notificación de demanda.

“El juez trató de que llegáramos a un arreglo, pero ella quería cobrarme setenta mil pesos de renta, y el negocio no daba para pagar esa cantidad. Le dijimos al juez que no había arreglo y que siguiera el juicio”, narra Aristeo, y así llegó el día del desalojo.​
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“Siento que la gentrificación está pegando muy duro. Actualmente, los nuevos negocios pagan rentas increíbles y se está perdiendo la esencia de los comercios antiguos”. Según Aristeo, el negocio lo quieren vender y lo mismo harán con el estacionamiento que está a un lado. “En la esquina hay una vinatería y, según entiendo, también desalojarán a la gente que está ahí. Creo que venderán todo para construir departamentos. Habrá más gentrificación en la zona”.

Es una realidad triste: ahora les deja más dinero vender y construir departamentos; les resulta más rentable, que conservar a los negocios que llevan muchos años ahí.


GSC


  • Karla Casillas
  • Periodista de Investigación. Becaria del programa de periodismo JSK en Stanford. Jefa de investigación de los documentales 'El portal: la historia oculta de Zona Divas', 'La oscuridad de la Luz del Mundo', 'La dama del silencio' y 'Las tres muertes de Marisela Escobedo'.

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