• Perros dorados y café deslactosado. La gentrificación se pasea en el Parque México

No siempre fue tan soleado y bronceado. Entre Airbnbs, hoteles boutique y paseos con perros de pedigrí, el Parque México es símbolo de una ciudad que cambió de hábitos y de paisaje.

Ciudad de México /
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DOMINGA.– Por favor, que alguien les diga a los miles de paseantes en el Parque México que esto no siempre fue así, tan soleado, tan bronceado; que hubo un tiempo en que fue un sombrío lugar de ligue clandestino, como lo describe José Joaquín Blanco en su crónica Ojos que da pánico soñar, o la cancha de futbol de los chicos recién llegados de provincia, como se lee en Suerte con las mujeres, la crónica familiar de Luis Miguel Aguilar.

Blanco habla de cuando, a finales de los setenta, se paseaba por el parque mirando a los muchachos que le gustaban mientras se embrolla en una reflexión acerca de cómo la sociedad percibe y estigmatiza a los homosexuales. Aguilar escribe sobre la experiencia de su familia, su madre y su tía que se mudan desde Chetumal a la colonia Condesa a finales de los años cincuenta, y ponen una casa de huéspedes, cuando el barrio no era ya de ricos, sino una mezcla de las viejas familias, burócratas, comerciantes y personas de diversos oficios (plomeros, carpinteros, conserjes) que rentaron un apartamento barato en un edificio art déco en ruinas.

Hoy, en cambio, los muchachos de José Joaquín Blanco no tienen esa mirada clandestina, sino ese caminar poco literario, sin misterio, de un grupo de gringos jóvenes en pantalones cortos y cachucha que parecen haber pasado la noche en una fiesta underground y caminan ese mañana como si estuvieran en Las Ramblas o Venice Beach. Las casas de huéspedes, como la de los Aguilar Camín, son ahora edificios con apartamentos de rentas temporales en Airbnb. Donde antes hubo una vecindad, ahora hay un hotel boutique.

El Parque México se inauguró en 1927 en terrenos del antiguo Hipódromo de la Condesa | Milenio

Pasado el mediodía de un domingo reciente, el Foro Lindbergh no es ya la cancha de futbol de los chicos del barrio. (De hecho, hoy hay más perros que chicos, pero de eso quiero hablar más adelante). Pasan otras cosas, por ejemplo: una quinceañera alborota su vestido color azul turquesa mientras el fotógrafo, cámara en mano, luces en tripié, hace las tomas para el Instagram del evento. Ella tratará de no tropezar con un indigente que duerme a su lado boca arriba y con los brazos abiertos.

Bajo las pérgolas cuajadas de buganvilias en flor, como cascadas de papel morado, se desarrolla un baile. Truena música de salsa en una bocina. Grupos de veinte, veinticinco personas bailan detrás de un instructor o instructora que les marca el paso. ¡Piso, patada, vuelta, vacilón! Hay cuatro instructores diferentes a lo largo del pasillo, unas cien personas que, a juzgar por su ropa, han venido exprofeso a la clase, con sus tenis relucientes, shorts y camisas negras, o pasaban por aquí, con sus zapatos de calle y mochilas al hombro. Lala, por cierto, ha hackeado esa iniciativa y realiza, a unos pasos, frente a la famosa fuente de la mujer desnuda con los cántaros bajo el brazo, una activación con animadores vestidos de cartón de leche, cámaras de video, micrófonos y chillidos. Literalmente, el marketing que da pánico soñar.

Esta es la segunda entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales para DOMINGA que rinden homenaje a la escritora Elena Poniatowska y al artista Alberto Beltrán. Trabajaron juntos en los años cincuenta en un proyecto decididamente costumbrista: una crónica que salía en el suplemento dominical del periódico Novedades.

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Jaulas de perros en adopción inundan el Parque México

Cruzo la calle de Michoacán para mirar el área especial de juego de los perros, pero me encuentro con que está en reparación. Ni Luis Miguel Aguilar ni José Joaquín Blanco se ocupan de los perros en el parque. Por favor, que alguien diga a las decenas de personas que pasean esa mañana a sus perros que en los años setenta los canes eran los animales que vivían en los patios o en las azoteas, y no en el corazón de la gente, en la casita de su estabilidad emocional.

Estos perros son uno de los signos más visibles del cambio: la gente los pasea mientras proliferan los negocios amistosos: por ejemplo, un camión que ofrece baños llamado “The Happy Woof”, y otro, patrocinado por la marca de comida Hill’s, “Hill’s on Wheels”, cuyo eslogan es, pomposamente: “transformando vidas”. Por allí hay un carrito de venta de botanas gourmet para perros: orejas de cerdo peludas, patitas de pollo y tráqueas secas, medianas y grandes. La presencia de los perros refleja un cambio demográfico: hogares sin hijos, personas con un mayor ingreso disponible, jóvenes profesionistas, y genera varias tensiones. Por ejemplo, la de ese domingo en la mañana, no la vi venir.


Caminaba por las veredas en busca de las jaulas llenas de perros callejeros que han inundado esa parte del parque desde algunos años, pero me di cuenta de que no había nada: ni el área de juegos, ni perros, ni personas de las asociaciones que recogen a los perros de la calle y los dan en adopción. Levanté la mirada y vi que se habían movido a la periferia del parque; estacionaron sus coches en la acera exterior, abrieron las puertas de sus autos, colocaron a los gatos en una jaula sobre la acera y amarraron a los perros a los árboles cercanos.

El Parque México se ha transformado a partir del proceso de gentrificación | Milenio

Una señora me vio tomando apuntes y se puso brava. “Pon la cara bonita”, le dijo a su vecina, que estaba parada atrás de un hermoso gato negro, recargada en un coche, “porque este viene de la COPACO”, es decir, de una comisión de participación comunitaria, un órgano vecinal de la Ciudad de México que representa los intereses de los vecinos ante las autoridades.

Luego de que me identifiqué, y de que la señora recargada en el coche me dijo que conocía a uno de mis editores, la cosa se puso más tranquila. Me explicaron que los vecinos de la COPACO habían pedido a las autoridades locales que los quitaran del paso, a pesar de los años que llevaban allí, de los perros y gatos entregados y de los hogares que han hecho felices. Además de culpar a la delegada Alessandra Rojo de la Vega, a quien se le describe como la Isabel Díaz Ayuso mexicana, por su cercanía ideológica con la derechista madrileña, mi interlocutora culpa también a los extranjeros, que “ya mandan aquí, aunque no vivan de tiempo completo”.

La vida es más complicada que pedir un café deslactosado

Me alejo de allí con el corazón roto luego de ver a ese perrito pinto, a ese par de gatos naranja, tristes, en espera de un hogar. Gabriel, que me ha acompañado todo este rato, se despide de una perrita blanca y la deja en una carriola; yo me quedo pensando cómo habría cambiado su vida si la hubiéramos adoptado. Sí, yo también tengo una mascota en el centro de mis afectos.

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En las veredas del parque hay vendedores ambulantes y personas que ofrecen servicios semanales, un masaje, una clase de pintura, cuya presencia no me parece ni más ni menos molesta que la de los perros en adopción.

El hoy Parque México fue diseñado bajo el estilo 'art déco' y se llamó oficialmente Parque General San Martín | Milenio


Gabriel y yo nos sentamos en un café. En la acera de enfrente hay un músico callejero que toca en violín una versión de “Smooth Operator”. El parque se rehabilita en su versión contemporánea y me otorga esta última imagen. Un chico guapo pasea un cachorro de labrador dorado, de pedigrí perfecto. Escucho a una chica que se lo quiere ligar, le dice que su perro está increíble.

Por favor, que alguien les diga que no siempre fue así, que hoy mismo la vida es más difícil a una cuadra de distancia. Pero la música sigue sonando y la mesera llega con un flat white deslactosado, mientras la tibia tarde despliega su manto en esta parte de la ciudad verde, arbolada y limpia, como un anuncio de comida para perros, el paisaje en la foto de la quinceañera, o el giro de un aprendiz de baile en una clase improvisada de salsa.

GSC


  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.

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