• Sus padres huyeron de la dictadura: la memoria rota de los hijos del exilio argentino en México

  • La dictadura argentina expulsó a miles: México los recibió. Sus hijos crecieron entre esas dos fuerzas: el terror y el refugio. Hoy, la generación ‘argenmex’ sigue habitando esa tensión.
Ciudad de México /

DOMINGA.– Federico Bonasso llegó a México con diez años. Luego pasó por España y volvió. Vive acá desde los doce. “Una mano enorme me sacó del país”, dice al recordar su salida de Argentina. En esa frase hay un exilio visto con ojos de la infancia. Primero la clandestinidad, el miedo a equivocarse, los adultos que hablaban en clave y las despedidas sin demasiadas explicaciones. Después el viaje. Y luego, México.

En su relato, la persecución se vuelve escena. Una madre que le pedía abrigarse si corría brisa, pero también le enseñaba a subir y saltar techos porque estaban preparando un escape. Un compañero jovencísimo viviendo en la casa con un nombre falso, el ‘Misisipi’, que se convirtió en un hermano mayor por unos meses, hasta que se hizo ausencia definitiva cuando supo que lo asesinó la dictadura.

La historia entra así en la cocina, en el lenguaje de los chicos, en el entrenamiento para no pronunciar el nombre equivocado en el momento equivocado.

Hoy es un día distinto. La Ciudad de México, insoportablemente caótica y ruidosa a diario, está calma, en un silencio y tranquilidad parecida a la pausa antes de la tormenta. Las jacarandas violetas traídas de Sudamérica relucen su belleza en cada calle, como si intentaran recordarnos a cada paso que México es la casa del mundo, que aquí florecen todos los que llegan.

A cincuenta años del golpe de Estado en Argentina, así lo anunciaban los diarios | Gaceta UNAM

Hace 50 años en Argentina, el 24 de marzo de 1976, mediante un golpe de Estado las Fuerzas Armadas derrocaban al gobierno constitucional liderado por María Estela Martínez de Perón, para instaurar una dictadura cívico-militar que duraría poco más de siete años, hasta diciembre de 1983.

La dictadura del ‘76 marcó un antes y un después en nuestro país. En todo sentido. Y tendrían que pasar años para conocer en detalle el plan sistemático de terrorismo de Estado, que incluyó persecución, asesinatos, secuestros, torturas, 30 mil desapariciones forzadas, así como el robo de bebés y ocultamiento de su identidad.

Durante esos oscuros años del cono sur, miles de argentinos optaron por el exilio forzoso para sobrevivir. En esa época, una nación se convirtió en la tierra principal de acogida, un oasis que ayudó a salvar miles de vidas al recibir a personas que escapaban de diversas partes de América Latina: México. Y no sólo eso, el país también permitirá que los exiliados se hagan parte de su sociedad.

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Los números son siempre parciales. Mario Margulis registró, a partir de censos y datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados, unos ocho mil argentinos viviendo en México entre 1970 y 1982. Seguramente fueron más, muchos más. Pero los números no alcanzan para contar lo que vino después: cómo se reconstruye la vida en otro país; qué significa crecer entre relatos interrumpidos; cómo se aprende a nombrar una identidad hecha de varias orillas.

Federico Bonasso, escritor y compositor argentino-mexicano, hijo del exilio en México, le ha dado a este asunto tantas vueltas como se lo merece su propia historia –escribiendo, haciendo música y militando–, y aceptó mi invitación a entrevistarlo sin que yo tuviera que explicarle demasiado. Mientras camino al encuentro intento imaginar esa ciudad a la que tantos compatriotas llegaron en los años setenta. No puedo verla con precisión. Me la imagino distinta, más gris tal vez, menos monstruosa que esta megalópolis de hoy, pero igualmente enorme.

Pienso en lo que debió haber significado México entonces: un lugar inmenso, convulso, sí, pero también una promesa. La promesa concreta de seguir con vida.

La tierra de asilo también cargaba su violencia política

Federico Bonasso, músico, compositor y escritor mexicano-argentino | Especial

Federico Bonasso hoy está trabajando en la vuelta de su banda de música Juguete Rabioso, destaca como analista político, en los últimos años no ha parado de aumentar su presencia en los medios de comunicación y espacios periodísticos en México y al final de la entrevista me confesará que su militancia hoy está ahí. Me recibe con un regalo: trajo su ultima novela publicada, Diario negro de Buenos Aires, en la que trabajó la memoria del destierro argentino.

Empezamos por el recuerdo. El peso que puede caer sobre un chico de diez años: salir con pasaportes falsos, aprender una historia familiar nueva y entender que una distracción podría costar caro, incluso la vida misma.

En su cambio de identidad, cuenta, su nombre permaneció intacto y en la salida del aeropuerto, una vez superado el control migratorio, un guardia lo llamó por su nombre y él con sorpresa volteó; cosa que no habría ocurrido si su nombre de clandestinidad hubiera sido otro. “Si eso no hubiese sido así, no estaríamos ahora teniendo esta entrevista”, dice, y no pude evitar pensar en que esa anécdota resume la vida de una generación entera.

Del otro lado estaba México, la tierra prometida. “No conozco a nadie que después de dos años acá no se enamore de esta cultura”, me dice con una sonrisa en el rostro. Habla de la generosidad, de la hospitalidad con la que el país recibió a los exiliados, y de la manera en que permitió que muchos se volvieran parte de esta misma sociedad. “Parte del proceso de mexicanización mío tiene que ver con reconocer la contradicción de que ese gobierno que recibió al exilio practicaba la represión contra la izquierda en México”, señala.

Entre los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo se vivía una “guerra sucia”, medidas de represión militar y política encaminadas a disolver los movimientos de oposición política.

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Pero esa conciencia no fue inmediata. De chico, México no se le apareció una estructura política contradictoria, sino una experiencia concreta de refugio: el olor de las tortillerías, el patio de la escuela, el habla mexicana, los nuevos amigos que eran otros hijos y hijas de exiliados, la posibilidad de dejar atrás, al menos por momentos, la disciplina del miedo. La recepción del país estuvo asociada, antes que nada, a una cultura que lo alojó y a una vida cotidiana que empezaba a recomponerse.

Sólo más tarde esa imagen se complejiza. Al crecer cofundó H.I.J.O.S México (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), una organización de hijos e hijas de desaparecidos, exiliados, asesinados y expresos políticos de México y América Latina. “Una tarde entro a la reunión y veo a dos chicos mexicanos que nos dicen: ‘nosotros somos hijos de desaparecidos mexicanos, ¿somos H.I.J.O.S México también o no somos?’, poniendo de frente la verdad. La tierra de asilo también cargaba su propia violencia política. Mientras acogía a perseguidos del cono sur, el Estado mexicano desplegó la represión contra los propios. La hospitalidad hacia el exilio sudamericano convivió, con otra cara del poder: la persecución interna”.

Reconocer esa contradicción, dice, fue también parte de “volverse mexicano”. Quizás por eso es tan claro Federico, con una suerte que refleja años de reflexión y análisis interno y compartido, para nombrarse como generación: la del puente.

Foto del 24 de marzo de 1976 del teniente general Jorge Rafael Videla | EFE/Archivo

Los hijos del exilio, dice, “somos un puente híbrido”. Un pie apoyado en la orilla del origen y otro en la del país de refugio. Encima de ese puente se suben los hijos propios, mexicanos, los nietos de la historia, y preguntan. Preguntan quiénes fueron sus abuelos, qué pasó, qué significa esa memoria que no vivieron pero heredaron. En esa escena se cifra una forma de pertenecer: no del todo de un lado ni del todo del otro. “Argenmex”. Sobre el río, no en la orilla.

Encontrar a dos países en el mismo país

Natalia Bruschtein es directora de cine y documentalista mexicana-argentina, conocida por su enfoque en memoria histórica, derechos humanos y justicia social. Una de sus obras más destacadas, Tiempo suspendido (2015), explora la vida de su abuela, Laura Bonaparte, fundadora de Madres de Plaza de Mayo en Argentina, quien luchó por encontrar a sus hijos desaparecidos durante la dictadura. Acepta, también, hablar del exilio sin demasiadas explicaciones de mi parte.

Llegó a México con un año de edad. No recuerda el viaje ni la salida pero la historia estuvo siempre ahí, ordenada alrededor de una ausencia imposible de esquivar: en su familia hubo seis desaparecidos por la dictadura. La primera fue una tía de su padre, asesinada en diciembre de 1975. Después vino la clandestinidad. Su madre decidió irse; su padre se quedó todavía un tiempo más, buscando a su propio padre y entonces desapareció. Natalia pasó en México la totalidad de su primera infancia, hasta 1983, cuando cumplió ocho años.

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Se mudaron primero al Conjunto Habitacional Nonoalco Tlatelolco, donde ya vivían un tío con su esposa e hijos. En ese lugar, recuerda, vivían muchos argentinos. Su madre tenía apenas 22 años: no tenía título universitario, ni una vida armada, ni un plan demasiado claro más allá de sobrevivir y criar a una hija en un país desconocido.

“Crecí en un mundo argentino en México”, menciona. Iba a una escuela mexicana, pero estaba también rodeada de argentinos, de hijos de desaparecidos, hijos de exiliados. Esa mezcla no le resultaba extraña; era sencillamente la normalidad”.

Pero esa cotidianidad se encontraba articulada por una pedagogía mínima, del día a día y casi doméstica: el cómo vivir entre dos lenguas afectivas sin traicionar ninguna. En su casa estaba prohibido decir “mande”; en la escuela, en cambio, decir “¿qué?” era de mala educación. Tenía que aprender a hablar distinto según el espacio, calibrar tonos, fórmulas, modales. Había, dice, “dos países distintos en el mismo país”.

Una parte de la experiencia de los hijos e hijas del exilio argentino no transcurrió sólo en la memoria política de sus padres ni en el relato del terror, sino en aprender a ser de un lugar y de otro antes siquiera de tener palabras para explicarlo. El conflicto viene después, cuando esa mezcla empezó a ser leída desde afuera.

Natalia Bruschtein es directora de cine y documentalista mexicana-argentina | Especial

Como para tantos, el final de la dictadura trajo la ilusión del regreso. En diciembre de 1983 su familia volvió a la Argentina. Natalia recuerda el aeropuerto del Distrito Federal, a sus hermanos llorando, y también la expectativa de ir por fin hacia ese país que prometía demasiado. Pero regresar no fue lo mismo que llegar. Venía de México y eso se notaba en cada paso del colegio: le dijeron que no escribía en cursiva (en México se usaba letra de molde); en Argentina se escribía con pluma (acá con lápiz). Hasta las divisiones se hacían de manera distinta. El regreso, entonces, no tuvo nada de restitución armoniosa: fue descubrir que incluso la escritura, la matemática y el habla delataban una extranjería. Mejor dicho: un exilio.

Llegaron a Villa Devoto. Iba a una escuela pública. Forzaba el acento para que no se notara. En México, cuenta, siempre sintió que era argentina; en Argentina, en cambio, la diferencia se le volvió más nítida. Ser mexicana implicaba, además, ser exiliada. Y ser exiliada no era un dato neutro. Había cosas que era mejor no contar. Si bien con la vuelta a la democracia de 1983 terminó el terrorismo de Estado, eso no significó instantáneamente que desaparecieran todas las formas de persecución.

Preguntas que caían de golpe –por ejemplo, a qué religión pertenecía– y Natalia no tenía código de respuesta. Otra vez: dos mundos, pero ahora en fricción.

Su historia todavía tendría otra vuelta. Luego de tres años, la familia se fue a Cuba por razones laborales. El plan era estar seis meses pero se alargó y después, otra noticia: regresaban a México. Ella ya no quería volver.

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Se enojó, aunque regresó igual. A los 18 años decidió quedarse en México. Y un día, hablando con un amigo, se le escapó una palabra con acento argentino y entendió algo que tardó años en formular: “hablo como hablo y soy quien soy”. Divide como en Argentina, multiplica como en Cuba, escribe una mezcla de cursiva e imprenta. Aceptó que es de todos lados. Y esa aceptación ocurrió en México.

En esa definición se insinúa una respuesta a una cuestión central para los hijos del exilio: de qué modo construir una identidad propia entre la herencia de sus padres y la vida hecha en México. No se trata de elegir entre una patria y otra, ni de forzar una síntesis. Federico lo dice como puente híbrido. Natalia lo devuelve al terreno concreto: la lengua, la escuela, el cuerpo, los acentos, las operaciones matemáticas, la letra. En ambos casos, México no aparece sólo como el lugar que salvó vidas, sino como el territorio donde esa segunda generación se hizo a sí misma, entre lealtades múltiples, contradicciones y nuevas formas de arraigo.

Quizás por eso su vocación no sea un dato lateral. Natalia estudió cine. Y volvió una y otra vez, desde su trabajo documental, a la memoria. No para fijarla en una consigna, sino para hablar “desde lo humano”. Entendió que el dolor de la desaparición no pertenece a una sola sociedad, sino a una forma de violencia estatal que deja un vacío universal en las familias.

Una patria intermedia para las hijas e hijos del exilio argentino

El documental 'Villa Olímpica' ensaya sobre la memoria y la identidad de generaciones atravesadas por el exilio | Especial


“Tomé la decisión de volver, de ver de qué se trataba Argentina, los argentinos, pero sobre todo tomé la decisión de buscar a mi papá. Fue la primera vez que me di cuenta que yo no era argentino, era ‘argenmex’. ¿Qué significaba argenmex?”, dice Pablo Gershanik en el documental Villa Olímpica, de Sebastián Kohan Esquenazi.
“Parece muy simple de decirlo, pero no lo es tanto. Es que en México uno es argentino y en Argentina uno no es argentino. Y lo que yo había dejado no era un lugar al que yo había llegado, era un lugar del que yo venía”.

Pablo llegó a México el 8 de junio de 1975 con su madre. Venían escapando de la Argentina después del asesinato de su padre, ocurrido el 10 de abril de ese mismo año –antes del comienzo de la dictadura cívico-militar. Lo asesinaron en su domicilio de la calle 50 en la ciudad de La Plata por un comando conjunto de la Triple A (la Alianza Anticomunista Argentina), una organización terrorista parapolicial anticomunista de ultraderecha, y la Concentración Nacional Universitaria, grupo terrorista con base en las ciudades de Mar del Plata y La Plata.

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Mario era un reconocido médico pediatra, militante político, comprometido con la salud pública y con fuerte visibilidad y muy querido en su ciudad. Lo mataron frente a su esposa y su hijo, Pablo. Después de un tiempo en clandestinidad, la decisión fue irse a México, donde ya vivían por razones laborales una hermana de su padre, su marido y una de sus hijas.

Hoy Pablo Gershanik es un actor, director y pedagogo teatral argenmex. Acepta también, sin muchas explicaciones, hablar del exilio. Nos encontramos por Zoom, él desde Buenos Aires, donde vive actualmente. Tenía un año de edad cuando llegó a Villa Olímpica, al sur de la ciudad, un complejo residencial que se convirtió en una pequeña América Latina en pleno Distrito Federal, con 30 edificios, 904 departamentos y tres mil exiliados.

Y en ese detalle aparece un mundo. Porque si México fue para miles de argentinos un país de acogida, para muchos hijos e hijas del exilio ciertos territorios fueron una patria intermedia. Pablo lo cuenta con una precisión que desarma cualquier solemnidad: Villa Olímpica era “toda la inteligencia naufragada de todas estas revoluciones” reunida en chanclas (sandalias), en el club, tomando mate, añorando una chocotorta (postre argentino).

La frase vale por lo que condensa: lo histórico y lo doméstico, la densidad política y la intimidad de la vida cotidiana. Rectores, filósofos, artistas, exministros, dirigentes, hijos, abuelos, vecinos, todos en México. En su evocación, Villa Olímpica parece una pequeña república del exilio latinoamericano: sus abuelos charlando con la hija de Salvador Allende; Ricardo Obregón Cano saludando a su padre, Miguel Bonasso; Pancho Aricó conversando con Carlos Ulanovsky; Fernando Vaca Narvaja conviviendo con Nacha Guevara.

Pablo Gershanik llegó a México el 8 de junio de 1975 con su madre | Especial

México no sólo abrió sus puertas: permitió que esa militancia y inteligencia naufragada encontrase suelo, intercambio, barrio, escuela, lengua compartida. Pero lo decisivo es que esa historia no quedó congelada en la nostalgia.

Años más tarde, Pablo, Natalia, Federico y muchos otros hijos e hijas empezaron a participar en la formación de lo que devendría H.I.J.O.S. México. Las reuniones fundacionales, cuenta, se hacían en su casa, en la propia Villa Olímpica. Y entre medio ocurre el quiebre que narra también Federico: en el encuentro, dejaron de pensarse únicamente como hijos e hijas argentinos. Empezaron a buscarlos hijos mexicanos atravesados también por la represión local, por las guardias blancas (responsables de la tortura, desaparición y asesinato de activistas en México), por la guerra sucia. La organización dejó de ser una extensión de la memoria argentina para convertirse en un espacio más amplio, donde distintas historias de violencia estatal podían reconocerse entre sí.

Aquí aparece algo central sobre la segunda generación en México: la acogida no fue sólo refugio, sino también una experiencia que produjo una identificación política con las heridas del propio país de destino.

La detención de Ricardo Miguel Cavallo en México fue uno de esos momentos de convergencia. Acusado de haber integrado los Grupos de Tareas de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), ya convertido entonces en empresario y director del Registro Nacional de Vehículos, Cavallo fue detenido en Cancún por la Interpol. Todos los entrevistados recuerdan ese episodio de un modo similar: la causa contra un represor argentino se cruzó allí con la movilización local, con la participación de hijos de exiliados y también de hijos e hijas de México, y con una trama compartida de luchas.

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En esa deriva se transforma el sentido mismo del exilio. México deja de ser un lugar de resguardo para volverse el espacio donde se hacen posibles nuevas formas de vida política, cultural y afectiva. No sólo salvó vidas: ofreció las condiciones para que esas vidas, con el tiempo, produjeran comunidad, política, arte, pensamiento y otras maneras de intervenir en el presente.

Pablo lo formula de un modo que podría leerse como poética de toda esta historia: “no se trata solamente de reparar una vida herida. La historia es irreparable. Lo que sí puede transformarse es la relación con ella. No importa solamente qué pasó, sino qué hacemos con eso.”

Lo que se hace con el dolor

Tal vez por eso, en estas historias, la producción cultural y artística aparece como una forma de trabajo sobre la memoria. No se trata sólo de recordar, ni de conservar un pasado, sino de volver una experiencia política lo heredado, dar lenguaje a lo que muchas veces quedó marcado por el silencio, la pérdida o el desarraigo. En cada caso, el oficio funciona como una vía de elaboración. Federico con la música y la escritura, Natalia con el cine, Pablo con el teatro.

A 50 años del golpe, quizás ahí se juega una de las herencias más hondas de los hijos e hijas del exilio argentino en México. No sólo en haber sido puente entre la orilla del origen y la del refugio; no sólo en haber aprendido a hablar, escribir, amar y politizarse entre muchos mundos; sino en haber hecho de esa intemperie una forma de creación. Este país fue para ellos casa, barrio, escuela, contradicción, lengua adoptiva, comunidad y también el laboratorio de una memoria en movimiento: una memoria que continúa, hoy, presente y organizada.

Manifestantes sostienen fotos de personas que desaparecieron durante la última dictadura militar en Argentina (1976-1983) | AP

Si algo enseñan estas vidas es que el exilio no termina cuando se cruza una frontera, ni siquiera cuando se regresa. El exilio sigue trabajando en la lengua, en el cuerpo, en la familia, en la manera en que una persona se nombra a sí misma. Sigue incluso en los hijos de los hijos, trepados sobre ese puente híbrido, preguntando por la ribera de los abuelos. Y acaso la respuesta más honesta no sea ofrecerles una identidad cerrada ni una versión prolija de la historia, sino mostrarles esta complejidad: que hubo terror, sí, pero también refugio; que hubo pérdida, sí, pero también comunidad; que hubo expulsión, sí, pero también una vida reconstruida; que México fue salvación y contradicción, escenario de acogida y de politización; y que, en medio de todo eso, una generación se reconstruyó.


GSC


  • Celeste Tossolini
  • Maestra en Ciencia Política del CIDE.

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