DOMINGA.– En su país se considera que tiene “familia numerosa” y por ello recibe estímulos estatales y de empresas privadas. En McDonald’s, en el súper o cuando se sube al tren, le hacen descuentos, sólo tiene que enseñar el carnet de que su esposo y ella crían a dos chicas, de 15, de 12, y otro más de ocho años. María José Martínez Vial vive en España, uno de los países europeos que ha visto descender la tasa de natalidad de forma importante en este siglo.
“Y ha caído porque ahora podemos decidir, ¿vale? Mi abuela no podía. No tenían un ‘duro’ porque eran gente de extracto humilde, pero tuvieron seis hijos, a los que parió en su cama. ¿Y por qué hoy sí podemos decidir? Porque el Estado del bienestar se ha reforzado mucho y entonces, en la medida en que yo no quiero tener una vida como la de mi abuela, y sé que voy a encontrar un hombre al que le parezca bien, puedo decidir o no tener hijos”.
Ella y su marido tuvieron tres porque, como dice, pudieron. Aunque es raro que entre sus conocidos haya familias con más de dos chavales. Mariajo tiene 51 años, vivió en Bruselas, también en México y regresó a su patria. “En el ‘87, España era uno de los países europeos con más natalidad –el catolicismo y el franquismo influyeron– pero las mujeres nos incorporamos al trabajo, la anticoncepción se hizo accesible, estamos más informadas e informados. Porque esto no es sólo una cuestión de mujeres, también es de ellos”.
Le mencionamos que España está abriendo las puertas a inmigrantes. “Esa gente es fundamental por dos motivos. Uno, para pagar las pensiones de los ‘baby boomers’, y lo otro es quién cuidará a una población cada vez más envejecida. Entonces la integración será crucial”. ¿Tú has trabajado con gente de fuera? “¡Claro!, paraguayas, brasileñas, salvadoreñas y, sobre todo, hondureñas –responde–. Ellas se encargan tanto de cuidados como de la casa, de sanidad: hay enfermeras, están en hospitales, hay mucha gente cualificada trabajando acá”.
La gente en países desarrollados opta por tener menos hijos, y los avances en biotecnología y medicina permiten vivir más tiempo. Sin embargo, hay regiones dentro del propio México y en otras latitudes en donde deciden seguir trayendo chamacos al por mayor. Entramos en una etapa donde se redefinirá el mercado laboral, las pensiones, los productos y los servicios.
Llegó la píldora y las mujeres decidieron
Él es uno de los padres fundadores de esta disciplina en México, dirigió la primera encuesta sociodemográfica de carácter nacional y contribuyó a la creación de la Encuesta de la Dinámica Demográfica. Precisamente en esta resaltan datos como que, en 20 de los 32 estados mexicanos, la tasa de fecundidad está por debajo del “reemplazo generacional”, que es de 2.1 hijos por mujer. Les harán falta más bebés. En la otra cara de la moneda, en 12 estados –sobre todo en Chiapas– el embarazo y por tanto la fecundidad adolescente son aún muy elevados. Ahí la chamacada pulula con inicios desventajosos.
El doctor Carlos Welti Chanes, economista, sociólogo poblano y demógrafo por la Universidad de Chicago, sabía desde hace décadas que algo así ocurriría. “En el área de Sociología de la Población y Demografía de mi instituto en la UNAM analizamos el proceso del envejecimiento acelerado, que se explica por la caída de la fertilidad junto con el incremento en la esperanza de vida, más un factor fundamental que dibujó el cambio social más importante de la historia reciente de la humanidad: la transformación en la condición social de la mujer”.
El uso de la píldora anticonceptiva “hizo posible decidir cuándo y cuántos hijos se pueden tener, transformó radicalmente el rol de las mujeres, quienes se dieron cuenta de que no sólo tienen que cumplir el papel social de madre”, agrega el doctor, quien desde los años setenta le preocupaba un tema clave: “Que somos un país subdesarrollado y por ello llegaríamos a ser un país de viejos y pobres”.
Para colmo, el famoso bono demográfico fue transferido a Estados Unidos con nuestra migración. “Y una parte de ese bono que debimos aprovechar dando oportunidades de empleo, se perdió debido a la violencia”, dice con serena amargura el autor de ‘¡Qué familia! La familia en México en el siglo XXI’ (Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2015).
Nos seguimos casando, pero…
A ella, doctora Socióloga y maestra en Demografía, no la sorprende tanto que haya países que hayan reducido sus tasas de mortalidad y de fecundidad a tal punto de lograr poblaciones estables –o menos que ello– en Japón, Corea, europeos orientales y occidentales, además de Uruguay y Argentina por nuestro barrio latinoamericano.
Lo que en verdad le llama la atención a Luisa Quiahuitl Xóchitl Mendoza es que, “debido a las nuevas condiciones sociales, las juventudes ya no quieren tener hijos, ahora hay familias totalmente rediseñadas: tenemos las interespecie [humanos con animalitos], las que se hacen con amigos, con ‘roomies’. Vamos en camino a una población estacionaria, donde la tasa de crecimiento sea cero”.
¿Y a qué grado tal cosa sucede en México?, le preguntamos a la investigadora de la FES Aragón, de la UNAM. “Sinceramente todavía no he vislumbrado esto, México llega a la transición demográfica pero lejos de los países europeos, aquí se ha vivido de forma distinta a lo largo del país, y lo podemos ver por regiones. El norte, por la cercanía con Estados Unidos y por las migraciones, ha tenido procesos de transición muy acelerados, incluso más que en el centro y el sur”. Al analizar la ‘población dependiente’, la de cero a 14 años y la de más de 65 años, la doctora Luisa distingue que donde está disminuyendo más la proporción de niños es en la Ciudad de México (tasa de dependencia: 27%), además de Nuevo León y Colima.
Mientras esta especialista hace malabares para atender nuestra entrevista, además de sus clases y a su hijita que se le enfermó, reflexiona en un dilema: “Hay que replantearse cómo es que la gente se sigue casando. Todavía el matrimonio existe y tiene su peso en México, pero muchas familias, simplemente, ya no quieren tener hijos”.
¿Y cómo le va a hacer el mundo sin hijos?
Para medir qué tan fecundo y sostenible es un país en cuanto a su población, se recurre al “nivel de reemplazo” que tiene su sociedad, el que nos dice cuántos se van de este mundo y cuántos entran. Resulta que los expertos ubican un nivel adecuado en 2.1 hijos por mujer, en promedio. Pero las cosas se están poniendo raras: si tomamos como base el año de 1950, justo la mitad del siglo pasado, la tasa mundial de fertilidad era de cinco hijos por familia, y la actual bajó a 2.7, que no se ve nada mal, parecería que hay un sano reemplazo.
‘Pero’ no es parejo. La tasa en países de ingreso alto apenas llega a 1.6 chicos por mujer. En los de ingreso medio, a 2.9 hijos, y en los de bajo ingreso mantienen un sobrado 5.2 chamacos por cada mujer. Eso, entre otras cosas, explica por qué los pobres se desplazan hacia donde hay trabajo y dinero. La migración en pleno.
Hay países específicos que enfrentan un problemón, como Japón, que tiene una tasa muy baja de hijos por mujer; China anda en 1.7; Estados Unidos –gracias a los mexas y demás inmigrantes– tiene 2.1, la libra; y la India, el más poblado del planeta, no sufre ni se acongoja, siguen teniendo chamaquillos: su tasa anda en 3.3.
Por cierto, no sólo en condiciones cómodas la gente se anima a tener amplia descendencia. Las palestinas en Gaza tienen una tasa de fecundidad altísima. En 2014 era de cinco hijos por mujer y sólo la guerra de Israel contra su territorio las hizo bajar un 11% ese ritmo. Para el doctor Carlos Welti no hay vuelta de hoja: “Esta es una situación irreversible. Ante la caída de la fecundidad y de que no habrá medidas que la incentiven de manera significativa, lo que observo es una sociedad multiétnica. De esto depende la sobrevivencia de la humanidad. El caso más claro es el de España, con leyes que permiten la multiplicidad de grupos étnicos que puedan participar en el desarrollo de su sociedad”.
¿Qué? ¿También en Puerto Rico, Cuba y Chile?
La vida te da sorpresas. En nuestra América Latina, ¿quién pensaría que los boricuas, chilenos y cubanos tienen una tasa de fertilidad mínima? Pues sí, muestran rangos de apenas entre 1.0 y 1.3 hijos. La causa principal en los dos países caribeños es clara: emigración masiva de sus jóvenes hacia Estados Unidos u otros países del continente, y el envejecimiento de los que se quedan. En Chile no es que se vayan tantos, pero ahí se recrudecieron factores que recorren a toda la región: altos costos de la vida, postergación de la maternidad –las mujeres están más educadas que antes–, bajos salarios y menor deseo de tener hijos.
Por aquellos rumbos sudamericanos se escuchan historias semejantes. Silvana Scarsella llegó hace años a vivir a unas cuadras del Obelisco, epicentro bonaerense, y desde ahí percibe el pulso argentino. Y si una cosa tuvo clara fue que antes de ser mamá quería hacerse de una casa. “Quizá porque vengo de familia italiana pero, ¿viste?, la casa es la casa, y hasta no conseguirla vino mi planificación: fui madre a los 42 años”. Hoy tiene 51, y no conoce a gente que tenga descendencia numerosa. En el colegio de su hijita ya quitaron un aula para niñes mayores y abrieron un salón maternal, para bebés. “Lo hacen para compensar la baja en grados superiores, ya no hay niños, ni con hermanos, hay mucho hijo único, y eso hace personitas muy individualistas, algo egoístas”, reconoce.
Argentina, erigida como país de migrantes, comparte con su vecino Uruguay tasas modestas de reemplazo poblacional. Es común escuchar entre turistas en la Patagonia que la gente local es muy mayor, que no se ven niños corriendo por las frías calles. Y en las grandes ciudades empieza a ocurrir algo parecido. “Lo que veo en mi barrio son muchos venezolanos, colombianos, dominicanos, croatas (y hasta rusos desde que empezó la guerra con Ucrania). Son muy bien recibidos, el argentino es como muy amiguero, ¿viste?, creo que hacemos sentir muy bien a todos aquellos a los que nos eligen como destino. Al menos yo no siento que haya discriminación”.
GSC/ASG