• Una primaria frente a la refinería: los niños que consiguieron una nueva escuela

  • Protestaron y exigieron reubicación. El eco de los niños llegó hasta la Mañanera de la presidenta Claudia Sheimbaum, quien ordenó el traslado y entregó un nuevo terreno.
Daniela Rea
Paraíso, Tabasco /

DOMINGA.– “Soñé que estaba en mi entrenamiento, que era un día normal y que de pronto el sol se ponía negro. Que había un temblor fuertísimo y que el mechón de fuego crecía y aventaba el petróleo. Había mucho fuego y mucho humo. En mi sueño la gente se espantaba y corría y yo me escondía en mi sueño”, dice Esteban.

Estamos muy cerca del mechón de fuego. Me da miedo de que, si un día pasa algo, se queme y el fuego entre a los salones. Ese es mi miedo. Pero mi mayor miedo es que le pase algo a mi papá que trabaja ahí adentro”, cuenta el niño Jorge.
Tras una serie de accidentes en la Refinería Olmeca, el caso llegó a la Presidencia y derivó en reubicar a los alumnos | Pablo E. Piovano


Esteban y Jorge son estudiantes de quinto grado en la Primaria Rural Abías Domínguez Alejandro, en la colonia Petrolera, en el municipio de Paraíso, Tabasco.

Son hijos de trabajadores petroleros, como gran parte de sus compañeros de salón. Su escuela comenzó en casas deshabitadas y bajo sombras de ceibos y guanos hace 35 años. El deseo de tenerla era tan grande que no importó el calor o el cansancio de la jornada extra. El sueño se logró y fue hogar de varias generaciones, niños que estudiaron aquí, luego crecieron, se enamoraron, tuvieron hijos y los trajeron a estas mismas aulas.

Pero hace siete años comenzó a vivir una transformación por la creación de la Refinería Olmeca, a escasos metros de distancia de sus instalaciones, prácticamente espalda con espalda. Primero vino el estruendo y el temblor de las máquinas que pasaban al lado y movían sus mesabancos y hacían brincar a los estudiantes. Luego fue el olor a gas y azufre por los materiales que se almacenaban. Después el sonido y el impacto visual del mechón de fuego, que se eleva a casi doscientos metros de altura día y noche. 

Entonces vinieron las pesadillas y los miedos, como una premonición de los accidentes que ocurrirían con la apertura de la refinería: un derrame de aguas aceitosas, una fuga de gas, una nube tóxica y tres incendios, en uno de los cuales, sucedido el 17 de marzo de 2026, murieron 5 trabajadores.

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Lo más sencillo hubiera sido acostumbrarse. Acostumbrarse uno, dos, tres años y eventualmente acabar la primaria e irse de este lugar. Lo más económico habría sido que cada alumno buscara una primaria nueva y se inscribiera y comenzara casi desde cero y sanseacabó. 

Pero ellos protestaron, marcharon, defendieron su espacio. Si nos vamos, nos vamos todos juntos, dijeron. Exigieron una reubicación. El eco de la voz de los niños llegó hasta la conferencia mañanera de la presidenta Claudia Sheimbaum, quien ordenó el traslado de la escuela. El 22 de mayo el Secretario de Educación Pública, Mario Delgado, acudió a Paraíso y prometió ante directivos, maestros, padres y madres del colegio que en seis meses estaría lista para abrir sus puertas. Lo que sigue ahora es imaginar su nueva escuela, la escuela del Paraíso.

Clases bajo palapas de guano en el Paraíso, Tabasco

En 1990, antes de ser un edificio con doce salones y un gran patio central techado, un espacio para el almuerzo y otro para las plantas, con capacidad de recibir a más de trescientos estudiantes en su conjunto, antes de ser todo esto, la Primaria Rural Abías Domínguez Alejandro era un deseo de padres, madres, maestras, maestros, niños y niñas originarios de la comunidad y otros que llegaron aquí por el trabajo vinculado a la industria petrolera. Las escuelas existentes en el municipio quedaban lejos de esta zona que era hogar de cientos de familias obreras y trabajadoras de Pemex.

La escuela nació del trabajo de familias petroleras que construyeron un espacio donde antes no existía ninguna primaria cercana | Pablo E. Piovano


En el inicio, las clases se daban bajo palapas de guano o en casas desocupadas de la colonia Petrolera, prestadas por el Sindicato de Trabajadores Petroleros. Era tan poco el espacio y tantas las ganas que en una misma casa o bajo una misma sombra convivían niños de diferentes grados escolares, escribió la niña Alba en su tarea de Lenguajes de sexto grado. La escuela comenzó con materiales donados por familias y vecinos, colocados durante jornadas de horas extra de trabajo, bajo el calor húmedo del verano y el viento fresco y oloroso a frutos fermentados del otoño.

Una generación aprendió bajo techos de guano y casas vecinas y se graduó antes de que la construcción se inaugurara. La escuela se edificó por muchos frentes y de muchas formas. Con muros, ventanas y techos; también al cuidar la ceiba que estaba en el lugar y al sembrar otros árboles de mangos para que la acompañaran, donde ahora hay aves y garrobos que los niños persiguen durante el recreo; se construyó al crear el pasillo de las hierbas medicinales a donde los estudiantes van por el olor agradable. También cuando alguno con neurodivergencia llega a clases sin necesidad de una “maestra sombra”, se sienta con sus compañeros que le ayudan y acompañan a su ritmo, a diferencia de otras instituciones donde las restricciones los ahuyentan.

“Me han tocado maestras muy buenas que me enseñan mucho. Todos nos sentimos bien, que valemos. Tengo un compañero con síndrome de down, que es especial, y mi maestra me ha enseñado a acompañar, a atender a personas con alguna discapacidad, no hacerles un feo, a reconocer que son buenos en cosas, a cuidarlos cuando están con alguna dificultad. Su mamá nos decía que sólo aquí lo habían aceptado bien”, dice Wilson de quinto grado.
“Aquí se llama Paraíso por el árbol del paraíso”.
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 ¿Qué piensas cuando escuchas la palabra paraíso? Se les pregunta a alumnos de cuarto y de quinto grado. Los ojos se abren grandes y parecen buscar en la memoria. Entonces una a uno comienzan a decir frases que permiten entender por qué defender este lugar, esta escuela, su hogar, es tan importante para ellos:

“Aquí se llama Paraíso por el árbol del paraíso”.
“Paraíso es un lugar donde me siento feliz y tranquilo”.
“En un paraíso hay mangos y manglares y playa”.
“Paraíso son las matas de cocos, cuando cae maduro sobre la arena caliente”.
“Es comer pejelagarto asado con su limón”.
“Los colores del paraíso son brillantes con mucho carisma y fortaleza”.
“Pienso en el cangrejo azul, en las playas, en los cocos, en los ríos”.
“A diario veo el malecón de Puerto Ceiba, el manglar de Chiltepec, la linda laguna de Mecoacán”.
“La gente pescando en sus cayucos, en sus lanchas”.
“El paraíso es como el cielo. Creo que eso, como un mundo con dulces”.
“A mí me contaron que antes de la refinería no había una barda de cemento, que estaba ahí el manglar y el mar, que había árboles de todas las frutas, pero que todo ha cambiado”.
“Los cangrejos salían corriendo por todos los caminos y parecía una marejada azul y los niños y las mamás los perseguían para comer”.
“Ese río que está sucio antes era limpiecito”.
“La refinería tira petróleo, huele mal, huele a gas”.
“Hay muchos desechos y basura en la calle”.
“Yo veo violencia y miedo en las calles”.
“Gente borracha que está manejando sus coches”.
“Hay muchos pobres que no tienen trabajo”
Las respuestas de los estudiantes dibujan un municipio dividido entre el recuerdo del manglar y la realidad de la contaminación | Javier Garcia

¿Qué hacer para que Paraíso vuelva a ser un paraíso?

Claudia Sheimbaum instruyó a Pemex reubicar a los niños

Paraíso es un municipio ubicado en Tabasco, cercano a la costa del Golfo de México, que se fundó en 1824 como un puerto maderero. Durante decenas de años se mantuvo como un pueblo dedicado a la pesca y a la siembra de frutos, hasta la segunda mitad del siglo XX que la industria petrolera llegó.

En 1979 Pemex construyó el puerto industrial “Dos Bocas” para almacenar y distribuir los hidrocarburos producidos en el Golfo de México, sobre una selva de mil hectáreas. La población creció y la forma de vida cambió, “antes vivíamos del trueque de iguanas, mapaches, gallinas, huevo, ropa, barro, madera, cangrejo, pescado; antes no había luz ni pavimento”, recuerda un hombre que cambió a la par de Paraíso, pasó de ser un pescador y productor de copra, a un obrero petrolero, hoy jubilado.

En esos años setenta la producción de coco, cacao y cítricos mermó porque las manos dejaron el campo para irse a la industria. Se fundó la colonia Petrolera –donde ahora está la escuela– para los obreros y técnicos que trabajaban en Dos Bocas. Los caminos de tierra se volvieron de cemento. Se contaminó el manglar, empezó la lluvia ácida. “Los árboles se ponían amarillos”, dice el hombre, “pero Pemex pagaba a los vecinos por reparar los daños”. En el lugar donde se instaló el puerto había otra escuela, la Juan Santos Carrasco, que fue reubicada antes de que se iniciara la obra del puerto. Hoy, décadas después, sigue recibiendo alumnos, en el lugar a donde fue removida, lejos del olor a gas y azufre, pero con inundaciones temporales por malos cálculos hechos en su edificación.

Tras una serie de accidentes en la Refinería Olmeca, el caso llegó a la Presidencia y derivó en reubicar a los alumnos | Pablo E. Piovano


En 2019 comenzó la construcción de la Refinería Olmeca para aprovechar el almacenaje de petróleo y convertirlo en gasolina. En 2022 inició actividades parcialmente. En 2025 alcanzó sus niveles máximos de producción con casi 300 mil barriles diarios de petróleo. En ese mismo año más de 200 padres y madres del kínder Agustín Melgar y la Primaria Abías Domínguez pidieron a la Secretaría de Educación Pública (SEP) poner atención en el impacto escolar de la refinería. Ya en 2026, en febrero pasado, las familias monitorearon el aire y ruido, denunciaron, marcharon, protestaron.

El 17 de marzo un desbordamiento de aguas aceitosas provocó un incendio que provocó la muerte de cinco trabajadores en el interior de la refinería. Un día después los alumnos fueron evacuados por la presencia de nubes tóxicas y la presidenta Claudia Sheimbaum instruyó a Pemex reubicar a los niños. Aunque todavía faltaría una fuga de gas en la refinería, que ocurriría en abril, y luego un incendio de tanques de almacenamiento en abril. Los niños seguían las noticias en la tele, la radio y las redes sociales, pero también en las sobremesas familiares y salón de clases.

¿Qué se llevarán los niños de la escuela del Paraíso?

Un grupo de estudiantes de cuarto de primaria realiza una tarea de periodismo. Su investigación es sobre los malos olores de Paraíso. “Entrevistamos a personas y les preguntamos qué olores les molestan más, nos dijeron que el olor a gasolina es muy fuerte y el de huevo podrido les da asco. Nos dijeron que ya no lo aguantaban porque olía muy feo y fuerte, que ya no podían abrir las ventanas de su casa. Recomendamos usar cubrebocas, pero es muy feo jugar con cubrebocas”, explica Alma, alumna.

La reubicación busca alejar a los estudiantes de la refinería sin romper la historia de una escuela construida por generaciones | Octavio Hoyos
“En la refinería trabajan muchos papás de nuestros compañeros, si la cierran se quedan sin trabajo y se hundirían en la pobreza, queremos que la refinería use menos químicos y más protección y seguridad para cuidarlos”, dice su compañera Yolanda.
“Al principio yo veía bonito el mechón, pero cuando hubo una fuga me espanté. Yo diría que cuidar esta escuela sería reubicándola, haciendo marchas para que no la cierren ni la destruyan. El gobierno no nos quiere porque si nos quisiera nos haría caso”, dice la también alumna Lucía. “Pedimos la reubicación porque ya no queremos seguir con estos olores, nos dan náuseas y ganas de vomitar”, agrega Estefani.

Así como hace 35 años otros padres, madres y niños lograron el sueño de levantar la escuela, hoy estos niños y sus familias lograron la reubicación, que ya fue comprometida por el gobierno federal.

El 22 de marzo el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, llegó a Paraíso, lo esperaban maestros y padres de familia en ese mismo patio donde juegan los niños. Acompañado por autoridades de Pemex y el gobierno del estado, les dijo: “Venimos aquí principalmente a escucharles, la presidenta Sheimbaum nos dijo platiquen con la comunidad escolar, porque la solución la vamos a construir entre todas y entre todos. Lo más importante aquí es el bienestar de las niñas y los niños de esta primaria y este preescolar”. Prometió reubicarla en un terreno donado por el municipio, a dos kilómetros de la actual ubicación, aseguró que Pemex se haría cargo de la obra y que la SEP la dotaría de mobiliario y materiales nuevos.

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A tres meses de ese compromiso ya hubo reajustes. La comunidad escolar revisó el proyecto de la obra y propuso modificaciones de materiales, tamaño y distribución. Con estos cambios se espera que la inauguración sea en el ciclo escolar 2027-2028 con invitación a la presidenta Claudia Sheimbaum.

En medio de las conversaciones entre adultos, los niños y niñas tienen claro qué llevarían y qué dejarían de su nueva escuela:

“No nos gustan tanto las tareas, preferimos las películas”.
“No nos gusta escribir tanto porque se nos cansan las manos”.
“Yo no me llevaría a los gusanos”.
“Ni a los mosquitos que pican mucho”.
“Que vuelva a haber educación física en el patio”.
“Nos gusta el pastizal”.
“La ceiba grande de la entrada”.
“Los árboles de mango porque son dulces”.
“Y también el pasillo de los árboles es divertido estar ahí”.
“El techo del patio porque da sombra”.
“En la sombra podemos jugar ‘stop’, conejito malo y muchas cosas”.
“Los desayunadores porque podemos comer a gusto y platicar”.
“Me llevaría a las iguanas y a los pájaros escandalosos”.
“Me llevaría a los garrobos”.
“El mural de la entrada”.
“Los pupitres, son muy antiguos y muy buenos”.
“Me llevaría la bodega pero la haría más grande”.
“Y el patio también pero queremos uno más grande”.
“Las clases son divertidas”.
“Pero que pongan maestros de inglés”.
“Que le pongan una secundaria”.
“Que sigan los mismos maestros, son muy buenos”.
“Nos llevamos a nuestros amigos y a nuestros maestros”.
“Tenemos recuerdos muy bonitos”.
“Nos llevamos toda la escuela”.
“Yo me imagino que todos estaremos juntos”
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Lo más sencillo hubiera sido acostumbrarse al temblor en sus mesabancos, al olor a gas y huevo, al sonido que parece de turbinas de avión que distrae a la mitad de la clase e impide escuchar las risas o regaños de sus maestros y compañeros. Acostumbrarse uno, dos, tres años y eventualmente acabar la primaria e irse de este lugar. Lo más económico habría sido que cada alumno buscara una escuela nueva y se inscribiera y comenzara casi desde cero y sanseacabó.

Lo más práctico habría sido dejar de reclamar, de protestar afuera de la refinería, afuera de Pemex, de hacer cartas, peticiones, de dar entrevistas y quitarle tiempo a la casa o al ocio para atender juntas de organización. Pero esto no se trató nunca de lo más sencillo o lo más económico o lo más práctico. O al menos no para ellos, los alumnos y alumnas de la primaria, y sus familias.

“Desde que empezaron a construir la refinería he perdido como a seis compañeros de mi generación: se han ido por el ruido, por el miedo de que pase algo, porque les daban náuseas. Uno de ellos fue mi primo, se cambió y le empezaron a hacer bullying. No me gustaría cambiarme y que me sucediera lo mismo que a mi primo, aquí están mis amigos, mi maestra”, dice Willy.
“Estoy en quinto, el próximo año voy a estar en sexto, mi último año. Yo me imagino que todos estaremos en la escuela reubicada y que ahí será nuestra graduación”, dice Andrés.

Esto se trató y se tratará siempre de su escuela en el paraíso.


*Los nombres de los niños y niñas entrevistados fueron modificados por petición de sus padres y madres.



GSC / MMM


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