• "Primero están ellos": La maestra que aprendió a hablar con las manos y a enseñar con el corazón

  • Durante 29 años, María Hernández ha dedicado su vida a la educación especial en Ciudad Madero, formando alumnos con discapacidad a través del deporte, la inclusión y el lenguaje de señas.
Mario Juárez
Ciudad Madero /

A los 60 años de edad, María Eugenia Ramírez Hernández todavía habla de sus alumnos con el mismo brillo de quien apenas comienza.

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Lleva 29 años dando clases, casi tres décadas recorriendo patios escolares, gimnasios y canchas adaptadas, aprendiendo a leer silencios, miradas y movimientos de manos. Dice que la vida la llevó a la educación especial sin haberlo planeado, pero también dice que, si volviera a empezar, volvería a elegir exactamente el mismo camino.

Del deporte a descubrir una vocación en la educación especial

En el Centro de Atención Múltiple “Profesora Maria Isabel Ortigoza Barrón” de Ciudad Madero, encontró una vocación distinta a la que imaginó cuando estudió educación física. Llegó pensando que enseñaría deportes pero terminó aprendiendo otro idioma: el de las señas, el de la paciencia y el de la sensibilidad.

Al principio fue difícil. Venía de Ciudad Victoria y recuerda aquellos viajes en autobús practicando el abecedario con los dedos entumecidos. “Esa sensibilidad me lastimaba mucho los dedos”, dice. Los alumnos más grandes, bromistas y traviesos, la ponían a prueba. Ella no entendía todo lo que decían. Ellos sí entendían perfectamente que la maestra estaba aprendiendo.

María Eugenia aprendió lenguaje de señas y terminó cambiando vidas. | Mario Juárez

Aprender a comunicarse con sus alumnos cambió su vida

Con el tiempo, dejó de sentirse ajena. Aprendió a comunicarse, a responderles en su propio lenguaje y también a defenderse de las bromas. Descubrió que detrás de cada discapacidad había niños que solo querían ser vistos como cualquier otro: reír, competir, jugar, abrazar. “Son un amor”, repite varias veces durante la conversación con MILENIO.

Le duele, sin embargo, la manera en que la sociedad todavía los mira. “Aún no son aceptados en la sociedad, eso me da mucha tristeza porque ellos sienten cuando una persona expresan desagrado, los niños entienden, sienten la mala vibra, incluso”, cuenta.

Las medallas y sonrisas que marcaron su trayectoria

Pero también hay días luminosos. Como aquel primer paranacional en 1997, cuando viajó a Ciudad de México con dos alumnos y regresó con seis medallas. Tres para cada uno. Atletismo, lanzamiento de disco, salto de longitud. Recuerda esas competencias como si hubieran ocurrido ayer. No habla primero de los triunfos, sino de las sonrisas. Dice que no hay nada comparable con ver felices a sus alumnos.

Hace unos meses volvió de Aguascalientes con once medallas más. A esa edad en la que muchos piensan en el retiro, ella sigue celebrando cada competencia como una madre orgullosa. “Verlos sonreír, es algo único”, añade.

Entre medallas y abrazos, la historia de una maestra de educación especial. | Mario Juárez

El alumno que la consoló en uno de sus momentos más difíciles

Hay días en que la tristeza pesa demasiado. Días en que las pérdidas personales, los problemas o el cansancio intentan quedarse pegados al cuerpo. Pero aprendió que los niños lo notan todo.

Recuerda una ocasión difícil, cuando atravesaba el duelo por la muerte de su hermano. Entró al aula intentando contener el llanto, creyendo que nadie lo percibiría. Un alumno con síndrome de Down se acercó y, sin entender del todo la historia, sí entendiendo el dolor, comenzó a tranquilizarla. “Ya, ya pasó”, le dijo mientras apuntaba al cielo. Ella todavía se emociona al recordarlo.

Dice que ser maestra no se parece a un trabajo cuando uno ama lo que hace. Que hay días cansados, sí. Padres difíciles, incomprensiones, injusticias. Pero también están las risas, las medallas, las manos pequeñas buscando comunicarse y los abrazos inesperados. “Primero están ellos”, afirma.

La filosofía que mantiene después de 29 años

Después de 29 años en las canchas, patios y actividades escolares, entiende que la enseñanza nunca fue solamente de ella hacia sus alumnos. Porque también fueron ellos quienes le enseñaron a resistir, a encontrar fuerza en los días más difíciles y a confirmar que el cariño, cuando es genuino, siempre termina regresando.

JETL

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