• El progreso también deja aguas muertas. Lo que el río Lerma carga por dentro

  • Empresas del corredor industrial Toluca-Lerma aseguran enviar aguas residuales a sistemas de tratamiento. Pero científicos aún encuentran mezclas ‘complejas’ en el río interior más largo de México.
Almoloya del Río, Estado de México /
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DOMINGA.– El agua ocre avanza con la densidad de un caldo que lleva años cocinándose. Botellas de plástico, restos de comida, ropa y pañales forman constelaciones sobre la superficie, y el cauce empuja cada objeto hacia la boca del drenaje. Sobre una tubería de concreto, un trabajador hunde una red metálica, espera unos segundos y tira de ella. Pesca basura. Cada malla aplaza el día en que los residuos cierren el paso del agua, eleven el nivel del canal y su contenido alcance uno de los pozos de abastecimiento del río Lerma.

Un Renault 12 azul sin faros pasa junto al canal a toda velocidad. El sol del mediodía en el Estado de México cae a plomo sobre la cuadrilla de seis personas y multiplica el olor que asciende desde el agua. Desde la orilla, la corriente es un espejo roto. Su superficie refleja destellos grasosos, mientras pequeños remolinos arrastran la espuma amarillenta. El hombre conserva el equilibrio sobre el ducto y vuelve a introducir la red, mientras sus compañeros remueven bolsas, latas y ramas acumuladas junto a la alcantarilla.

Un trabajador retira residuos de un canal de desagüe en Capulhuac. Mientras un Renault 12 circula frente a un patio de carga | Alejandro Saldívar

Si el drenaje colapsa, el agua limpia que aún circula aquí va a contaminarse”, dice Coral Guadarrama, quien observa la maniobra. Como responsable del programa de Agua, Drenaje y Alcantarillado del municipio de Capulhuac, dirige la jornada. Señala una estructura metálica oxidada, el pozo número 22, una fuente de abastecimiento expuesta a la contaminación. “Le damos mantenimiento porque ya hemos tenido contingencias muy fuertes”.

Mientras habla, la red emerge con un racimo de vasos de unicel atrapado entre hierbas y bolsas negras. Coral examina la carga y explica que en Capulhuac muchas familias viven de la preparación de barbacoa; la cuadrilla encuentra en el cauce los restos de esa economía. Todo eso alimenta el azolve, el material que el agua deposita en el fondo –lodo, grasas, plásticos– hasta obstruir el flujo de agua.

Desde hace seis años Coral coordina estas jornadas de desazolve. Sabe que la grasa de la barbacoa se pega a las paredes, el sedimento engorda, el plástico se enreda y el conducto que un día midió un metro de diámetro se convierte en un canal estrecho por donde el agua pasa a presión.

Algunos entran al túnel a desprender esa acumulación de años, la raspan, la cargan en cubetas, la extirpan. En su teléfono, ella guarda videos de las veces que la obstrucción gana y el drenaje se escapa. A unos metros corre el río Acalote, parte del entramado hídrico del Lerma. Bajo el puente, la corriente recibe residuos urbanos, escurrimientos agrícolas y descargas de una región donde los campos ceden espacio a naves industriales, vías ferroviarias, tanques y tuberías, a las afueras de la CdMx.

La malla retiene el unicel, las ramas, incluso, los tambos de la barbacoa. Deja pasar lo demás. Por sus huecos escurren el cromo y el plomo que los laboratorios de la UNAM, la UAM y el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua siguen encontrando kilómetros abajo, junto con hidrocarburos, plaguicidas y cientos de compuestos disueltos que viajan por el sistema Lerma-Chapala-Santiago con la misma corriente que arrastra los desechos.

Ahí opera el corredor industrial Toluca-Lerma-El Cerrillo, la segunda zona industrial del país, asiento de plantas químicas, farmacéuticas y manufactureras. Más de 220 de esas empresas envían sus aguas residuales a Reciclagua Ambiental, la planta estatal que presume capacidad para 10 millones de metros cúbicos al año.

Planta de tratamiento Reciclagua , cuyas instalaciones reciben y depuran descargas del corredor industrial Toluca–Lerma. | Alejandro Saldívar


La hidrografía entera carga el saldo de las industrias. El gobierno federal identificó, apenas el 16 julio pasado, 3 mil 202 descargas contaminantes en las cuencas del Lerma-Santiago, el Atoyac y el Tula, además de 479 tiraderos clandestinos y 460 industrias marcadas como prioritarias para la inspección ambiental. Alicia Barcena, titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), anunció una bolsa de 20 mil millones de pesos para el saneamiento de estos ríos en el sexenio.

Coral Guadarrama vuelve la mirada hacia el drenaje. El trabajador sacude la red y los vasos de unicel caen sobre la orilla. Durante unos segundos la corriente queda libre. Luego aparece otra bolsa, después una botella, más tarde una masa oscura arrastrada aguas arriba. Queda por saber a dónde va la basura que la red rescata del agua. Coral responde sin soltar la mirada del canal:

—De eso ni le cuento porque es otro problema. El basurero está desbordado, es un foco de infección.

Agua reciclada en el Estado de México

Tres círculos negros interrumpen el pastizal seco de la ribera. Discos de un vinilo gigante, eclipses caídos sobre la llanura, pupilas de un territorio que mira hacia arriba sin parpadear. Cada uno carga un puente azul que atraviesa su diámetro y avanza sobre la superficie con una lentitud de manecilla.

En los estanques rectangulares de Reciclagua, el agua hierve sin fuego, recorrida por nervaduras de espuma gris que se ramifican, se anudan y deshacen al compás del oxígeno que sube desde el fondo. Sobre el andador que divide esas pozas camina un trabajador con chaleco naranja, reducido por la distancia al tamaño de una coma frente a hectáreas de líquido en fermentación controlada.

Reciclagua nace dos veces. La primera fue en 1976, cuando el gobierno mexiquense funda la Empresa para la Prevención y Control de la Contaminación del Agua, que arranca operaciones en 1982 para hacerse cargo de lo que el corredor vertía al cauce. Para entonces el Lerma llevaba tres décadas de contaminación, agravada por los pozos que bombeaban sus manantiales hacia la CdMx. La segunda en 1998, cuando aquellos activos se transforman en sociedad mercantil de participación estatal que hoy depende de la Secretaría del Agua, sostenida por las cuotas de sus clientes industriales.

Los estanques mantienen el agua residual en aireación para favorecer la degradación de materia orgánica | Alejandro Saldívar

El Registro Público de Comercio certifica que Reciclagua Ambiental fue creado con un capital de 86 millones 65 mil 100 pesos en 860 mil 510 acciones de 100 pesos. El Gobierno del Estado de México suscribe el 99.08 por ciento de ellas. El resto pertenecen a veintiún empresas del corredor industrial. Las accionistas son las mismas industrias que generan los efluentes que la planta trata. La sociedad les cobra cuotas y, como contraprestación, expide la constancia de cumplimiento de la NOM-001-SEMARNAT para la descarga al río Lerma.

El efluente llega por tres caminos. Un colector subterráneo de 14 kilómetros lo recoge desde Toluca, otro de seis desciende por el norte, un tercero drena el Parque Industrial Lerma y las fábricas alejadas de esa red despachan su carga en pipas, como quien lleva la ropa a la lavandería. Todo converge en un cárcamo de bombeo donde las descargas de más de doscientas industrias –químicas, farmacéuticas, alimentarias– se funden en una sola corriente anónima.

Adentro se practica una ganadería microscópica. El método, lodos activados, consiste en criar colonias de bacterias que devoran la materia orgánica disuelta, y los sopladores que inyectan aire desde el fondo mantienen despierto a ese ganado invisible, el mismo que dibuja las nervaduras sobre los estanques.

Terminado el banquete, el líquido pasa a los tanques redondos, los clarificadores, donde la física releva a la biología. Una rastra montada en el puente giratorio peina el fondo, los sólidos se rinden, el lodo se extrae por abajo y el agua, ya despojada de su carga, asciende hacia la salida.


La planta procesa diez millones de metros cúbicos anuales, 300 litros por segundo, el equivalente a vaciar una alberca olímpica cada hora y media sobre el corredor industrial; 38 mil 712 toneladas de contaminantes removidas según el gobierno del Estado de México, 90% de la carga orgánica recibida, con la meta de llegar a 98 mediante flotación de aire disuelto. Al término del ciclo, un tubo devuelve el efluente al río ahí mismo, a la vera de la planta, y la empresa expide su producto más valioso: uno que pesa menos que el agua. La constancia de cumplimiento, el papel con el que cada industria certifica que sus residuos quedaron en buenas manos.

En la orilla opuesta, el césped del lujoso Club de Golf Los Encinos luce un verde de catálogo. La corriente parda sigue de largo entre ambas márgenes, cargando también todo lo que jamás conoció un colector.


Greenwashing en Lerma

Son dos esferas blancas, cada una hundida en su foso de tierra como huevos en un nido de contención. Todo el complejo se organiza alrededor de ellas. Una escalera trepa por el flanco de cada una hasta la coronilla donde las tuberías se anudan, y desde ahí las líneas de colores –turquesa, roja, amarilla– salen disparadas en todas direcciones a repartir por el resto de la planta lo que las esferas guardan a presión.

La planta de BASF en Lerma produce sistemas de poliuretano sobre 62 mil 900 metros cuadrados de predio, y su materia prima son los isocianatos –compuestos de alta reactividad que al unirse con los polioles engendran el poliuretano– que comercializa bajo la marca Lupranate. Estos compuestos abastecen a la manufactura mexicana: la espuma del asiento automotriz, el relleno del sillón, el panel aislante del refrigerador, la suela del zapato, el aislante térmico de la construcción. Ahí se fabrica la blandura del país. En las esferas se almacena la química volátil que la hace posible.

El predio arrancó operaciones en febrero de 1965. Su operadora nació ligada a la estadounidense Wyandotte Chemicals, adquirida por BASF a finales de 1969. En 1974 Grupo Alfa compró 60% de la compañía, y para 1994 Polioles quedó constituida como sociedad al 50% entre Alfa, a través de Alpek y BASF Mexicana.

Complejo químico de BASF. Dos esferas de almacenamiento presurizado se conectan con la red de tuberías y el patio ferroviario | Alejandro Saldívar


En la caseta de acceso en avenida Industria Farmacéutica, dos logotipos cuelgan del mismo portón. El verde de BASF, con su promesa en inglés, We create chemistry. El azul turquesa de Polioles, a un metro de distancia, como un divorcio que conservó la casa. Consultada para este reportaje, BASF asegura que su planta en el Parque Industrial Lerma opera bajo estrictos controles ambientales y niega descargar al río. “Nuestro sitio en Lerma no descarga aguas residuales en el río Lerma”, precisan sus representantes.

Según la compañía, todo el parque industrial cuenta con un sistema de tratamiento de aguas residuales que garantiza el cumplimiento constante de la NOM-001-SEMARNAT-2021, que fija los límites máximos de contaminantes para las descargas en cuerpos de agua nacionales.

Frente al complejo, la carretera México-Toluca ruge como un río que cambió el agua por lámina. Tráileres con contenedores de seis metros maniobran para entrar; motocicletas de mensajería se cuelan entre las llantas dobles; autos compactos de la clase trabajadora zigzaguean rumbo a Zinacantepec o al centro de Toluca.

El diésel golpea primero. Abajo arde el plástico, y al fondo persiste el aliento pestilente del río, fruta reventada que fermenta en el agua muerta y que sólo reconoce quien lleva años respirándola. Los vecinos carecen de palabra para nombrarla, aunque la encuentran cada semana, pegada a la ropa recién lavada. Una trabajadora que espera el autobús sobre Paseo Tollocan la describe con las manos, frotando el pulgar contra los dedos, como quien palpa una grasa difícil de quitar.

La “ruleta rusa ambiental”

Iskra Rojo Negrete investiga las cuencas de la zona metropolitana desde la UAM. El río llegó a su crisis documentada hacia el año 2000, sumando el vertido industrial a la carga agrícola, ganadera y doméstica previa. “Hace veinticinco años deberíamos estar atendiendo esta problemática”, dice. Las industrias, sobre todo las textiles, toman enormes volúmenes de agua del ecosistema –“eso ya genera una alteración”– y la devuelven “en pésimas condiciones con muchas sustancias tóxicas que es un cóctel de químicos, vertido de forma constante al cauce”.

Sobre la información que las empresas entregan, Rojo es categórica: “No ha habido ninguna transparencia en las sustancias que se han vertido al río en mucho tiempo”. La presión para transparentar, sostiene, nació de las mediciones que activistas y grupos ciudadanos empezaron a levantar cuando notaron los impactos en el ecosistema y en la salud. Antes de eso, “muchas empresas simplemente hacían el vertido”. Cuando llegaron las primeras normas ambientales y demandas sociales, las industrias comenzaron a producir informes “para cumplir”, informes que –advierte– “luego no coinciden con otro tipo de datos que se sacan de manera independiente”.

El vacío que describe es doble. Se ignora el catálogo completo de contaminantes vertidos y las cantidades. Algunas plantas industriales cuentan con pequeños sistemas de tratamiento, pero sólo para “los elementos básicos contaminantes como los sólidos u otro tipo de sustancias fáciles de identificar”. Todo lo demás, “todas esas que no conocemos, no están siendo tratadas”.

Desechos en el cauce del río Lerma, en las colonias aledañas a Reciclagua | Alejandro Saldívar

Y sobre las plantas mismas pesa una duda de fondo: “tengo una planta pero nadie va a ir a verificar que a lo largo de los años esté funcionando”. Ese tratamiento parcial, concluye, es “un pequeño paliativo que han dado muchas industrias y que se sabe que no están haciendo la solución”.

México cuenta con las Normas Oficiales Mexicanas y con una ley de responsabilidad ambiental que obliga a quien genera un daño a repararlo. El problema son las instituciones encargadas de aplicarlas, que Rojo describe como “más débiles que las leyes y más corruptibles que las leyes”. De ahí la ecuación que mantiene el ciclo: “Es más fácil romperlas y pagar una multa o dar un soborno que seguirlas y asumir todos los costos”.

La sociedad civil, por su parte, tardó en enterarse del daño y en dimensionar cómo la afectaba. Para un río del caudal del Lerma, capaz de arrastrar el cóctel químico a lo largo de toda la cuenca, “podría haber muchos afectados organizados”, pero la movilización no alcanza la escala del problema. Enfrentar a estas industrias, agrega Rojo, es difícil en un país donde operan con estructuras “tan organizadas” y donde media “la complicidad y la permisividad”.

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Los contaminantes migran a los sedimentos, se acumulan en los suelos del río, en los pastos y en la vegetación de las riberas, y los compuestos volátiles pueden viajar incluso por el aire. La combinación genera “una serie de reacciones químicas que no podemos predecir porque no sabemos en qué cantidad, ni en qué composición está”. Los riesgos a la salud “se vuelven una especie de ruleta rusa ambiental”.

Sobre las plantas de tratamiento gubernamentales, Rojo Negrete las describe como “grandes bastiones políticos que generan un logro visible en el momento”. Pero con el tiempo “no funcionan de manera eficiente, o a la capacidad que deberían”, se les retiran recursos y terminan convertidas en “un elefante blanco que fue un gran gasto que no se ocupó para lo que debería ser”.

El problema de fondo vuelve a ser el monitoreo. Las plantas –tanto las de las empresas como las del gobierno– se evalúan a sí mismas. “Ellos solitos se monitorean y se evalúan, entonces eso va a generar sospecha”. Rojo deja una pregunta abierta: ¿Quién vigila al gobierno en este sentido? Introduce el concepto de “transversalidad de políticas públicas”. Un problema ambiental convoca a Conagua por el agua, a Semarnat por el ambiente, a Profepa porque hay delito ambiental, a la Secretaría de Economía porque son actividades económicas, a la Conabio por la biodiversidad, al INPI si hay comunidades indígenas, y una lista que extiende hasta Pesca, porque toda esa contaminación termina viajando entre la Laguna de Chapala y Nayarit.

¿Quién limpiará el río Lerma?

Una “mezcla compleja” de contaminantes

A simple vista, es agua. Pero en el análisis de laboratorio, cada gota esconde un cóctel de más de mil sustancias químicas. “Es una mezcla compleja”, dice Omar Arellano, investigador de la UNAM que lleva años analizando las aguas del sistema Lerma-Chapala-Santiago, uno de los más contaminados del país. “No hay un solo tipo de contaminante, sino una sopa química de origen industrial, agrícola y doméstico”.


Lo que fluye por el río Lerma es el desecho de empresas químicas, curtidurías, agroindustrias y fábricas de todo tipo. Metales pesados como cadmio, cromo, zinc y níquel viajan disueltos, arrastrando hidrocarburos aromáticos como el benceno, tolueno y xileno. A esto se suman los residuos agrícolas: glifosato, paratión, DDT (un insecticida prohibido pero que aún aparece en los análisis). “La exposición crónica a estas sustancias puede estar vinculada a enfermedades graves como cánceres, trastornos hormonales y problemas neurológicos”, advierte Arellano “Y después vienen los antibióticos, los microplásticos, los virus”.

Los estudios detectan en sus aguas salmonella, E. coli y virus de hepatitis. Además en varios municipios del Estado de México, las autoridades rocían glifosato directamente sobre el río para eliminar el lirio acuático y los mosquitos.

Cuando el río muere, lo que hay a su alrededor también lo hace. En los municipios industriales de Lerma, los campesinos abandonan el campo y entran a las fábricas, donde los sueldos son precarios. La industria avanza y la agricultura se retira, dejando un paisaje donde los suelos están salinizados y el agua que alguna vez alimentó los cultivos ahora sólo traen enfermedad.

“Estamos en una zona de crisis socioambiental”, explica Arellano.” Se pierden modos de vida y economías locales”.
Tramos de drenaje en la cuenca del río Lerma, donde la espuma, los residuos plásticos y el agua oscura acompañan las descargas | Alejandro Saldívar

Para Arellano, la salida exige acciones coordinadas. Un monitoreo sistemático que mida por fin la magnitud del problema y dé base a regulaciones más estrictas, tecnologías de tratamiento que vuelvan seguras las descargas industriales, una conciencia social que ate la calidad del agua a la salud pública. “El agua que consumimos muchas veces proviene de estos cuerpos contaminados. Si no cambiamos nuestra relación con el entorno, perpetuaremos esta crisis”, concluye.

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El zoológico de concreto

Del cuerpo de la laguna de Chignahuapan brota el Lerma. El agua se despliega en un mosaico oscuro donde el estanque convive con islas de lirio y parcelas que rasgan el terreno como cortes en la piel.

El 16 de julio pasado, los ejidatarios de San Pedro Tultepec, en el municipio de Lerma, cerraron en protesta un tramo de Paseo Tollocan. Solicitaron a la Conagua que frene la entrada de agua envenenada hacia la laguna Chimaliapan, uno de los espejos de las Ciénegas de Lerma. En mayo, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) ordenó detener las obras de desazolve tras detectar afectaciones a la vegetación del humedal. En abril, la Macroplanta Toluca Norte enfrentó una clausura por presuntos incumplimientos en el tratamiento y descarga hacia la cuenca.

El agua muda de color con la hora. Azul verdoso cuando el sol la toca, casi negra cuando lo pierde, siempre reflejando las montañas que la vigilan desde el fondo del valle. En la orilla, el carrizo y el junco ceden su antiguo dominio a los parches resecos y al concreto que avanza una cuarta más cada temporada, como una marea lenta que sube desde la ciudad.

Planta de tratamiento de aguas residuales en Chignahuapan, donde cuatro lagunas impermeabilizadas reciben el agua | Alejandro Saldívar

Las aves migratorias todavía cumplen su cita. La garza blanca y el ganso canadiense se posan sobre el lirio que ahoga la superficie y la convierte en alfombra vegetal. Entre los juncos insisten las ranas, y quien afina el oído se permite creer que aún hay un hueco para el ajolote, la criatura endémica que reinó en estas aguas y hoy libra su batalla contra un ecosistema empeñado en olvidarla.

Junto a la laguna, ruedan los tubos de concreto como vértebras que se le cayeron a un dinosaurio de alcantarilla. Decenas de cilindros reventados, con las bocas abiertas hacia arriba, bostezando al cielo. Entre esa dentadura de cemento, un niño corretea un balón. Su padre, Joaquín, carpintero de oficio, se lo devuelve con una patada sin ganas, mientras la tarde se acomoda sobre la laguna como un animal que busca postura para dormir.

El balón se va entre dos tubos y el niño se lanza de cabeza al hueco. Joaquín aprovecha para apuntar el reguero. “Esa tubería lleva ahí varios años. Traen y traen cascajo”, asegura. La obra pública que iba a domar el agua del Lerma terminó de zoológico de concreto, criaturas huecas pastando la ribera, esperando una jubilación que llegó antes que el primer día de trabajo. Joaquín habla de la Tlanchana, la mujer-pez que vive en el fondo y canta para robarse a los hombres. Más fácil culpar a una sirena que a una fábrica. “Antes era un espejo”, dice Joaquín acerca de la laguna. La sirena, si sigue ahí abajo, se asfixió en el légamo.

Un potro permanece junto al cercado de la planta de tratamiento, mientras una tubería emerge del canal | Alejandro Saldívar

El partido se acaba por decreto de la nariz. Cuando el sol afloja, todo el sistema lacustre eructa. Un olor trepa, llega a la cancha como hincha invasor. “Por las tardes ya mejor nos vamos”, dice Joaquín. Silba al escuincle, y padre e hijo levantan su mochila espantados por el aliento de un charco que en otra vida fue manantial.

Chignahuapan ofrece el menú completo de lo que van a cenar los pueblos de aguas abajo, el cóctel de un progreso que entró a la casa sin tocar y se sirvió del fregadero.

Sobrevive la sabiduría ancestral

Bajo el sol de la tarde, una familia de campesinos se afana entre los maizales y sus sombras se estiran sobre la tierra reseca. Las manos curtidas, sembradas de callos, arrancan las últimas mazorcas doradas del tallo que ya se rinde. Cada jalón suena a fibra que cede, cosecha que se acaba antes de tiempo.

El sol cede su trono a las nubes que cruzan el cielo con prisa de tarde de temporal. Un velo gris amansa la luz del mediodía y el campo se hunde en la penumbra pasajera. Entre jirones de nube asoma el lomo del Nevado de Toluca, custodio lejano que mira el maizal desde su nieve indiferente.

La familia Gómez se junta alrededor de los sacos, cuya sombra crece sobre el suelo agrietado. Los elotes atrapan los destellos que el sol filtra entre las nubes y por un instante brillan. Los granos llenan el costal con la promesa quebradiza de un mañana que nadie garantiza. En el comedor improvisado, la familia reparte tacos de ejote con huevo. Entre bocados corren las quejas. La milpa apenas alcanza tres cuartos de lo que rindió el año pasado, y la conversación desemboca en la falta de agua potable y la infraestructura que sólo es promesa de campaña.

Un envase de agroquímico con la leyenda «Peligro» permanece entre el pasto junto a un maizal | Alejandro Saldívar

A unos pasos, una bolsa vacía Soul en el pasto. El fungicida, con azoxistrobina por ingrediente activo, sale de las plantas de Agroquímicos Versa y llega al cerro por mano de la distribuidora Agricam. La etiqueta advierte con letras chicas: “Tóxico si se inhala”.

En este cerro donde el agua escasea y el veneno abunda, Enrique, el jefe de familia, levanta la vista hacia las nubes que se deshacen. Espera que la lluvia sea generosa con la siembra que viene. El mismo cielo que ha de mojar su milpa arrastra ya, ladera abajo, el catálogo químico que envenena el nacimiento del río interior más largo del país.


GSC


  • Alejandro Saldívar
  • Reportero y fotógrafo. Su trabajo ha sido publicado en medios como 'The Guardian', 'Revista Late', 'France24', 'Proceso', 'Al Jazeera', 'Vice', entre otros.

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