Desde muy joven, la vida le enseñó que la vulnerabilidad puede transformarse en fuerza. Violeta Izadora Rodríguez Rivera perdió a su madre a los 16 años a causa de una agresiva enfermedad; sin embargo, creció bajo un sólido matriarcado familiar que la formó y despertó en ella una sensibilidad profunda que, más adelante, le permitiría comprender el valor humano de la medicina.
Bajo el cuidado de su abuela y tías, y sin una figura paterna presente, experimentó la fragilidad de la existencia y el poder del acompañamiento en los momentos más difíciles. Aquella vivencia marcó no solo su vida personal, sino también la manera en que, años después, ejercería su profesión, siempre guiada por principios de empatía y humanidad.
Egresó de la Facultad de Medicina de Torreón de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde desarrolló una pasión por la investigación. Tras graduarse, se especializó en Medicina Interna y continuó su formación con una alta especialidad en Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Más adelante, cursó otra alta especialidad en Enfermedades Infecciosas del Pulmón en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y, de manera simultánea, completó un año de formación en Micología Médica en el Hospital General Doctor Manuel Gea González.
Su preparación continuó en Europa, donde obtuvo un máster en Enfermedades Infecciosas en el Hospital Universitario 12 de Octubre, avalado por la Universidad Complutense de Madrid, España. En total, Violeta Rodríguez ha dedicado cerca de 16 años de su vida a su formación profesional.
Pero más allá de la excelencia académica, su sensibilidad humana emana en su trato diario. Para ella, la medicina consiste en “hacerte sentir bien, ayudarte como si fuera yo misma, como si fuera mi madre, como si fuera mi hijo; esa es mi filosofía. La ciencia al servicio del ser humano”.
Destaca los avances en vacunación como uno de los mayores logros de la medicina: “Ya hay una vacuna para prevenir el cáncer cervicouterino… nuestras hijas ya no van a presentar ese tipo de cáncer; me parece una maravilla”, asegura con entusiasmo.
Su visión también está marcada por la memoria histórica. Su bisabuela sobrevivió a la influenza española de 1918 en La Laguna y le contaba cómo los cuerpos eran retirados en carretillas, en una época en que incluso pensaron que ella misma había muerto. Por eso, al recordar la pandemia de covid-19, subraya la importancia de no olvidar las vidas perdidas ni el dolor vivido.
Al integrarse al equipo científico de Coahuila para el manejo de la pandemia por covid-19, toda su formación cobró sentido al contribuir a aliviar la vida de miles de personas que buscaban respuestas ante una situación inédita. Valora profundamente el apoyo que recibió de sus colegas españoles en la etapa inicial de la pandemia en nuestro país.
Aquella crisis se convirtió en la experiencia más impactante de su vida. “Fue un reto y a la vez un privilegio”, resume, al destacar cómo la humanidad logró unirse frente a un enemigo común y desarrollar en tiempo récord una vacuna que salvó a millones.
Desafíos femeninos
Ser mujer en la medicina ha representado un desafío que, lejos de limitarla, la fortaleció. Durante su residencia enfrentó guardias de más de 36 horas, dejando a su hijo recién nacido para atender a los pacientes más críticos. “Ser consciente de esta fuerza increíble es ser vulnerable y fuerte al mismo tiempo”, reflexiona.
Esa resiliencia es la que transmite a las jóvenes que aspiran a estudiar medicina: “Hay algo, una fuerza interior que dice: sí, yo voy. Que entren y hagan lo mejor posible y siempre crean que todo es posible”.
Su inspiración proviene de su legado familiar: su madre, maestra de Lengua y Literatura; su abuela, quien trabajaba en una farmacia; y su bisabuela, sobreviviente de pandemias y adversidades.
En su vida personal, destaca el acompañamiento de su esposo, el médico cardiólogo Roberto Fernández, “el mejor compañero de vida”, afirma.
Para Violeta Rodríguez, “la medicina no es solo conocimiento y técnica, es arte, vocación y, por sobre todo, humanidad”. Al sintetizar la esencia de su profesión, no duda: “Ayudar con ciencia y corazón”.
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