Adiós a los Addams

Merde!

Homero y Morticia en escena.
Ciudad de México /

Fui a ver Los locos Addams con la nostalgia de haber visto por televisión aquella serie de los 60 con sus intérpretes John Astin y Carolyn Jones. Me enamoré de Morticia pero también de Homero y Cosa, las pirañas Tristán e Isolda y las plantas mortíferas con el nombre de Cleopatra, y de Manos y tanta imaginería, gozo de adolescentes y adultos. Serie que se inspiró en las caricaturas que Charles Addams publicara en The New Yorker.

Después vendrían el cine y el teatro, que no superaron el original. Mucho menos la versión nacional edulcorada donde los protagonistas son estrellas infladas como Susana Zabaleta, o actores de primera como Jesús Ochoa, mal utilizado por un guión de dudosa calidad. No es malinchismo. Es la tristeza de un teatro nacional, presumen, que trae lo mejor de Broadway. Mienten a sus espectadores.

Un desastre de versión teatral, con todo el éxito de un año en cartelera. La peor visión comercial. Se nota la marca de un producto que tantos aplausos ha provocado pero que estilísticamente es una traición a la idea de origen, donde la ironía y el sarcasmo, el doble filo de las palabras lograba que niños y adultos se embelesaran del amor a muerte entre Homero y Morticia y el resto de la familia que hacía a los visitantes a la casa vivir noches de terror y asco a la hora de comer. Todo, con risas. Acá, la carcajada es por el lugar común del chiste.

En el Teatro de los Insurgentes el protagonismo de Susana Zabaleta. Nunca es Morticia: es ella en su estereotipo, y Jesús, su patiño. El resto del elenco, comparsa. Cualquiera con espíritu crítico puede corroborarlo viendo la serie, vía youtube. No es nostalgia por la infancia ni ganas de joder. Escribo esto cuando acepto que hay un buen nivel de teatro comercial, que lo hemos tenido, pero que en Los locos Addams ni actuaciones, sí, protagonismo sin artistas.

Fenómenos que no deben dejar de verse si de verdad uno es crítico. El éxito es porque la familia no tiene opciones para el teatro donde los niños puedan asistir. Y un buen plan de lanzamiento, con marketing y prensa. Los medios de comunicación fueron la clave. Pero no somos críticos de espectáculos donde casi todo se aplaude. Menos somos Broadway, aunque pretendamos imitarlo (¿Por qué mejor no traer Skylight, de David Hare, un éxito en la Gran Manzana? Eso sí sería apostar por el teatro).

Morticia es de carne y hueso y sexy, pero no sexual. Homero es simpático pero un remedo al servicio de la diva. La galanura de la que podría presumir Jesús Ochoa se pierde por el servilismo al que lo condenaron sus productores. Lamentable para un gran actor como él, aunque haya obtenido buenos ahorros para las vacas flacas del teatro y el cine al que nos tiene acostumbrados. Susana Zabaleta ya olvidó sus tiempos de aspiración teatral, y se nota en el trabajo escénico.

Ojalá lo entiendan y, cuando acepten un papel de esta envergadura sepan negociar el respeto que se le debe tener a los actores para hacer un papel digno, en vez de producción musical a la mexicana: un pastiche.

Lo peor, que pagué mi boleto de entrada.

  • Braulio Peralta
  • juanamoza@gmail.com
  • Periodista, ensayista y editor. Autor de Otros nombres del arcoíris, El poeta en su tierra, diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro, un libro de crónicas de sus personales viajes como corresponsal en España, y El clóset de cristal. Publica todos los lunes su columna La letra desobediente.

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