“¿Sabes qué es un ‘dab’?”, parece una pregunta de rutina, como si esperara una respuesta afirmativa. Pero soy honesto con Mose Griffin y Angelo Sánchez, mis anfitriones en Koots, un club privado de productos de cannabis, en Polanco.
–No tengo idea.
–No te preocupes. Entonces empezamos de cero.
Estamos en una habitación con amplios y cómodos sofás, una televisión de alta definición y fenomenales luces psicodélicas en el techo, que llaman “dab room”. Griffin explica que un ‘dab’ es una dosis de extracto de cannabis concentrado, de potencia extrema, que se calienta a una temperatura alta y se inhala. A la par, pone en un sofisticado dispositivo de vidrio el concentrado de THC (tetrahidrocannabinol), el principal constituyente psicoactivo del cannabis –el que genera “el viaje”–, que luce como la miel.
Lo miro como alguien que nunca ha visto este minucioso procedimiento. La verdad, todo es novedoso para mí, que no paso de los ‘hitters’ corrientes y los porros de dudosa procedencia de la Plaza de la Información, en Reforma.
Apenas llegué a Koots, la recepcionista informó que para ser socio o ‘kooter’ es indispensable una identificación oficial, requisito por seguridad. Con el registro de los datos, se puede adquirir una membresía por una aportación de 150 pesos por el ‘day pass’ o visita, 420 –un guiño a la jerga de los consumidores– por la mensualidad y 3 mil 500 por la anualidad. Esta incluye acceso exclusivo a los productos de la sucursal y el uso del “dab room”, donde se consumen los extractos pero no la flor.
La puerta negra en forma de librero se abrió: aparece un amplio cuarto con dos sofás, playeras para el bonito ‘souvenir’ y, al fondo, el dispensario que exhibe los productos derivados de las flores en distintas y bonitas presentaciones: vapeadores, gomitas, dulces, porros y más, en sus variedades sativa (la que psicoestimula tus sentidos), índica (la que te lleva a un estado corporal de tranquilidad) o la híbrida (un punto intermedio). Tú escoges.
Y aquí estamos los tres, sentados en un club que es parte del ‘boom’ discreto, silencioso –pero exitoso– de los espacios privados para consumo de productos del cannabis en la Ciudad de México. Una nueva faceta del desarrollo de una industria que apenas arranca y emprendedores y pequeños empresarios no desaprovechan. Vienen con todo. Es ahora, si no ¿cuándo?
Ser socio de este club es adentrarse a un espacio cómodo y seguro, como si estuvieras en casa, y puedas sin miedo hacer las preguntas que quieras sobre los procesos de la planta. En un ambiente exclusivo donde las personas se conectan con otras. La ven como una retroalimentación positiva que es parte de la esencia de las flores: la de compartir conocimiento.
Es un cambio de paradigma. No se trata de llegar, consumir y adiós. El propósito es algo más grande, dicen. Construir una comunidad informada y segura. Fomentar un consumo responsable. Ante todo, en Koots se celebra el cannabis y su cultura.
–Cuando encuentras la naturaleza de tu consumo, deja de preocuparte el estigma. Entender la experiencia Koots es dejar atrás las cosas que venimos arrastrando sobre la flor –dice Griffin.
No tengo que darme un dab, asegura. Podría ver televisión, escuchar música, hacer ‘coworking’. Pero, de todas formas, me pregunta:
–¿Quieres un ‘dab’?
¿Cómo son los clubes de cannabis que empiezan a surgir en CdMx?
Aquella no fue la primera vez que fui a Koots. Días antes visité la sucursal en la colonia Roma después de buscar en internet “cannabis stores”. Específicamente, productos con THC. Lo hice por curiosidad. Y sorpresa: ahí estaban, sobre todo en las colonias céntricas de la Ciudad de México, principalmente en el tramo Roma-Condesa.
Llegué a un localito a un costado de Parque México, MrRobols Smokeshop Condesa, pero parece más bien una dulcería: tiene gomitas, caramelos, chocolates. El encargado, un hombre joven, aclaró que en las envolturas estaban los porcentajes o gramajes de THC. Me llevé unos caramelos de 30 miligramos: 150 pesos cada uno. Barato, si se compara con otros dulces que pueden costar 500 pesos, mil o más.
En Zona Rosa, en la colonia Juárez, pasé a otro local cuyo letrero verde, luminoso y vistoso no fue diseñado para ser discreto: Weed Place. Sus productos tienen presentaciones coloridas y variadas. Destacan unas gomas en forma de espiral que el consumidor puede comer de a poco. O de a mucho.
Una cosa llevó a la otra. Llegué a Calimen Corp., en la Roma, que tiene eventos de consumo, toda clase de pipas de vidrio exóticas o ‘bongs’ y presume un dispensario surtido con variedades de la flor cannábica con nombres originales que en mi vida escuché antes: Venom Rage, Tohrs Hammer, Zombie Kush. Dependiendo del gramaje, los precios oscilan entre los 650 a casi 3 mil pesos o más. Hay onzas o extractos, el más caro por 3 mil 800. Si no es lo tuyo, hay galletas, vapeadores y dulces.
A unas calles de ahí, Google Maps anunciaba un club de cannabis: Koots Canna. Era verdad: para ingresar al local dentro de un edificio, la recepcionista solicitó mi identificación, escanear un código y llenar un formulario con mis datos. Listo: ya era socio. Koots Roma es distinto al de Polanco: no tiene un “dab room” y quizá porque esta sucursal ya cumplió tres años, presencié un desfile interminable de usuarios, muchos de ellos extranjeros. A lo que iban: intercambiaban sus puntos –cada punto equivale a un peso mexicano– por los productos de su preferencia.
–¿Qué buscas?
–No estoy seguro. Voy conociendo esto de los porcentajes de THC. ¿Qué me recomiendas?
–Podrías iniciar con algo intermedio. ¿Qué tal este?
Señaló unos porros de cannabis sativa con porcentaje de 21.2. Me llevé uno por 150 puntos. Un usuario de casi dos metros me recomendó un paquete con 10 gomitas y 100 miligramos de THC en total. ‘Those gummies are amazing!’, soltó. No quise gastar 700 puntos, pero confieso que después volví por ellas. Y él tenía razón: ¡qué viaje!
La inalcanzable regulación al cannabis impide un conteo de clubes
En Koots Polanco, Mose Griffin y Angelo Sánchez hablan de la dinámica: los socios hacen donaciones al club y reciben puntos. Cada uno es igual a un peso mexicano y se hace un traspaso: se cambian por productos o el servicio de consumo dentro. Mientras algunos usuarios se nos unen, entre ellos un joven puertorriqueño que jura que no había visitado un lugar de cannabis con una vibra tan especial, los colaboradores resaltan que los ‘kooters’ asisten cuando tienen ganas y las donaciones son voluntarias.
Cada club de cannabis opera bajo sus propias reglas y no se sabe cuántos hay en la Ciudad de México. Su carácter privado, poca o nula publicidad y la estancada regulación del cannabis, impide un conteo. Apenas aparecen en redes sociales. La estrategia ha sido la vieja confiable: que se corra de voz en voz.
La capital, sin embargo, lo ha hecho de nuevo: el consumo se ha flexibilizado y surgieron estos sitios. Es un ‘boom’, dice Aldo Contró, etnohistoriador y presidente del Centro de Libertad Responsable, que promueve reformas a la política de drogas con enfoque de reducción de riesgos y daños. Los clubes de cannabis, considera, toman el modelo de Estados Unidos y Canadá. Buscan la sofisticación, la comodidad para los usuarios, quienes se alejan del estereotipo del consumidor rastudo y desaliñado. En sus dispensarios hay porros, claro, pero también gomitas, dulces, galletas y hasta helados.
Los clubes de cannabis son el resultado de un largo proceso político generado por la sociedad civil. Un fenómeno propiciado por una contradicción entre lo que dice la ley y una declaratoria de inconstitucionalidad.
Por años, usuarios y activistas insistieron ante las autoridades para conseguir permisos de siembra. Muchos se ampararon. En 2019, la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que el uso lúdico y cultivo de marihuana sin fines de lucro son parte del derecho constitucional. Les dio la razón. Pero a pesar de la protección a estas dos actividades, el Congreso ha sido incapaz de reformar la parte de la Ley General de Salud que se refiere a la prohibición de la marihuana psicoactiva. Eso imposibilita una concordancia. “Está en función una ley que viola el derecho constitucional”, Contró enfatiza.
Jorge Javier Romero Vadillo, especialista en política de drogas y profesor investigador del Departamento de Política y Cultura de la UAM Xochimilco, señala que la declaratoria de inconstitucionalidad ha generado un mercado gris. Ante la aparición de estos clubes y del fallo de la Corte, amparos de jueces de distrito permitieron que consumidores sembraran marihuana para uso personal. Obtuvieron la autorización de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris). La declaratoria tuvo efectos.
“En esas autorizaciones, que ya son muchas, se basan los clubes. Es el respaldo semilegal que tienen para producir marihuana. Es un mercado gris que evidentemente es ilegal porque las autorizaciones en ningún caso permiten la venta”, argumenta Romero, quien ha acompañado a activistas que buscan la regulación desde hace décadas.
Por qué está permitido consumir cannabis en CdMx; esto dice la política pública
Los clubes, sin embargo, se mueven. En la Ciudad de México, las autoridades toleran que existan. Romero Vadillo lo celebra como un avance de la política del gobierno local. Y piensa que la capital sigue los pasos de Países Bajos que, desde los años setenta, decidió no perseguir el delito. Existe pero no es prioridad. Hoy ese país tiene cientos de ‘coffee shops’, donde se vende y consume marihuana. Y no es descabellado que esto ocurra en la Ciudad de México. El Artículo 21 constitucional, recuerda Romero, da a las entidades del país la capacidad de decidir cómo perseguir los delitos.
“Nosotros estamos persiguiendo a los generadores de violencia”, dijo la exfiscal general Ernestina Godoy en un conservatorio con MILENIO en mayo de 2022. En aquella ocasión, con la presencia de Claudia Sheinbaum, se resaltó que la política pública no contemplaba hostigar al consumidor de cannabis.
Esto impulsó la generación de espacios de tolerancia en la calle o incluso la venta. Sin embargo, lo que comenzó en la Plaza Luis Pasteur, afuera del Senado en 2020, como el Plantón 420, liderado por usuarios activistas que con porros en mano exigieron por dos años ininterrumpidos la legalización del cannabis, fue invadido –deplora Romero– por narcomenudistas de Tepito. Lo mismo ha pasado enfrente del Museo Memoria y Tolerancia y en la Plaza de la Información. “Ahí no obtuvieron autorizaciones de Cofepris. Son las mafias tradicionales”, apunta.
La otra cara de la moneda son los clubes de cannabis. Los usuarios se afilian para adquirir la marihuana que se hace para ellos. “La tecnología ha cambiado”, festeja Romero. Antes se requerían grandes terrenos para producir una marihuana de poca calidad. Hoy ya no. Las semillas mejoradas, las técnicas hidropónicas y de producción bajo techo hacen que sea muy fácil producir, en pequeños espacios, marihuana de alta calidad. Y cara, de hechura refinada, para la clase media alta, una flor que contrasta la consumida en la Plaza de la Información, que es común, corriente y de baja calidad.
Las diferencias no mueren, Romero suelta encarrerado. La autoridad, advierte, no se mete con usuarios de la Condesa y la Roma, pero usa la tabla de umbrales como mecanismo de extorsión contra consumidores de clases populares: si cargan más de cinco gramos, pagan mordida o acaban en el Ministerio Público acusados de narcomenudeo.
El cannabis genera empleos, desde cultivo, transporte y almacenaje
Una sonrisota llena su cara cuando Fernando recuerda Join with Us, en la Roma. Ahí pasó sus experiencias más gratas. Asevera que ha sido el club más popular de la Ciudad de México. Llegaba pura gente con ganas de aprender sobre la marihuana. Habla en pasado porque apenas duró año y medio. La falta de regulación, resume, se come a los clubes. Como no hay reglas, su existencia es efímera: sin proveedores con sus respectivos documentos, el abasto no está garantizado. Mientras no se legisle, vaticina, el cierre puede ser el destino de empresarios que quieren emprender en este mundo.
Fernando es activista del cannabis, consumidor, consultor experto en la flor y asiduo a clubes. Join with Us estaba en un local grande y, tras identificarse, lo primero que le preguntaban era: “¿En qué podemos ayudarte? ¿Buscas sativa, índica o híbrida?”. Que preguntaran, hacía la diferencia. Fernando se disculpa con quienes se sientan ofendidos, pero en un punto de venta –su otra referencia–, difícilmente resolverán tus dudas sobre la flor. Ahí te dan el cannabis aplastado y ni garantía de calidad tienes.
Utópico de corazón, Fernando podría hablar por horas sobre los beneficios de los clubes. Opina que un club ideal sería donde la información del cannabis sea para todos, de libre acceso, con ‘flyers’ y acceso a carpetas o menús. Atendido por profesionales que muestren sus especies de plantas y te expliquen en qué consiste cada una. Es más: que si quieres, te cuenten todo el procedimiento, pues el cannabis es una planta doméstica que genera empleos desde el cultivo, transporte y almacenaje.
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Los clubes se enfocan en algo llamado “trazabilidad”, dice Fernando con orgullo: la posibilidad de seguir el rastro del cannabis a lo largo de su proceso de producción, transformación y distribución. Cuando hablamos del usuario, no duda: si sabe qué porcentaje de THC y qué tipo de planta consume, el viaje es más satisfactorio. “Imagina que mi cerveza no trae su graduación de alcohol. ¡Qué desmadre! Podría quedar tirado en la esquina”, compara.
Y no sólo es la cantidad de THC y CBD (cannabidiol) –la otra sustancia en el cannabis que no es psicotrópica, pero tiene propiedades medicinales–, sino toda la variedad química de la planta: especie y genética. Eso te lo tienen que decir en un club. La regulación es urgente, resalta Francisco, y tiene que incluir información para que el consumidor descubra qué planta le conviene. Y eso, vuelve a lo mismo, no te lo va a decir el ‘dealer’ del punto de venta.
“No solo es fumar y ponerse pacheco. Por qué no tener a una persona en el dispensario de cannabis que diga: ‘El exceso no es la solución. Encuentra tu planta adecuada o mejor no fumes’. Esa sería la naturaleza de la existencia de los clubes”, dice Fernando.
El negocio no solo sería vender marihuana: es cultura también. Es un giro de tuerca. Una revolución, si se quiere ver así, porque cambia la dinámica que envuelve a la flor. Y esto ya empieza a suceder en los clubes. Como quien dice, están en la primera línea de la trinchera. Aportan a la descriminalización de usuarios, normalizan el consumo. Engrosan la cultura cannábica.
“Otra cosa: en México es difícil estandarizar los procesos. Y eso hace que, en los dispensarios, varios productos sean estadounidenses”, detalla Fernando. A pesar de eso, en los clubes ha encontrado productos mexicanos. Las típicas gomitas, helado y hasta atole. El lubricante cannábico es fantástico, ríe. Lo que sobra es el ingenio.
El mercado clandestino de cannabis viene de Estados Unidos
Me piden no decir su nombre. Lo llamaré ‘Tío Koots’. Es mexicano canadiense y el fundador de Koots: la palabra viene de la región indígena de Kootenay, en Canadá, que ha jugado un papel clave en la revolución del cannabis. Sentó las bases de lo que se convertiría en la industria legal en ese país. Una historia que Koots quiere repetir en México. Con la creación de clubes privados donde el cannabis sea respetado y celebrado de manera responsable; que se cuide al consumidor y el libre desarrollo de la personalidad; que disfruten sin miedo ni estigma.
El club tiene su autorización sanitaria. Con dos sucursales en Ciudad de México (en la Roma y en Polanco), una en Playas de Rosarito, Metepec, Tulum y otra próxima en Mexicali, la misión es “establecer el estándar más alto para la cultura del cannabis”.
Sin embargo, Koots y otros aún tienen varias batallas que librar. Los especialistas entrevistados, en contra del prohibicionismo, no ven una regulación próxima en México: el tema no está en la agenda pública. Entonces existe ese mercado gris, pero persiste el mercado negro y clandestino. Y Romero Valdillo es realista: “ahora no vamos a avanzar ni un ápice porque tenemos la bota de Trump en el cogote”.
Cómo olvidarlo: con la declaratoria de la Corte y amparos de jueces, todo parecía estar listo, previo al sexenio de Andrés Manuel López Obrador, para dar la bienvenida al cannabis legal, pero a pesar de que organizaciones, activistas y académicos trabajaron para crear la mejor regulación posible, Romero considera que la legislación “fue frenada” por el expresidente. México, destaca, fue tradicionalmente exportador de marihuana y ahora es importador de productos de cannabis como las gomitas y caramelos que vienen de California. Ahora el mercado clandestino viene de allá para acá.
A esto se agrega información mediática que genera confusión: por ejemplo, las autoridades locales toleran que crezcan en número los espacios públicos de consumo. Basta darse una vuelta a la Plaza de la Información. Como esto ocurre ante los ojos de todo mundo, se ha generado en los usuarios una percepción de permisividad. Pero no es tal cosa. Es, en realidad, una omisión de las autoridades, que es selectiva porque no da el mismo trato a todos los consumidores, añade Aldo Contró. Es una omisión que genera riesgo para todos. El crimen ve un foco de competencia.
El experto ve dos soluciones. Primero, una regulación amplia. El plan B es que la autoridad local imite a los Países Bajos: que no cambie la ley, pero que no se persiga la siembra, venta y consumo en zonas libres o privadas con autorización sanitaria. Pero debe ser prioritario, concluye Contró, un acuerdo público con todos los ciudadanos en el que se protejan a los consumidores y los lugares que escojan para consumir o adquirir. Que quede claro qué sí y qué no se puede hacer. Sin eso, nada cambiará.
Por su parte, Griffin y Sánchez –quienes empezaron a consumir cannabis en la calle, a ciegas, sin tener certeza de dónde venía ni qué sepa era lo que fumaban– no tienen duda de que, lo mejor como consumidor es el autocultivo. Y para eso, se necesitan años de aprendizaje. Ellos evolucionaron junto con las flores. El tiempo los puso como colaboradores de Koots. Ahora son parte del imparable cambio de paradigma en torno a la flor. Son felices de formar parte de una industria naciente en México. De seguir dando la batalla.
GSC / MCM