Demián Mohar creció rodeado de las ilustraciones de un joven que abandonó el lápiz de manera inesperada. Cien años atrás, Gustavo Mohar —su bisabuelo— había sorprendido a toda su familia con una habilidad precoz para imitar la realidad en papel. La muerte de su padre —quizá la tragedia más insoportable para un joven de 16 años— condujo a Gustavo al autoexilio del arte. Sorprendida, su familia, que no lograba comprender la decisión del joven artista, conservó sus ilustraciones como las joyas de su patrimonio.
El tesoro familiar suscitó riñas entre los Mohar. Todos querían hacer algo con esos dibujos, aunque no sabían exactamente qué. Seducido por el arte interrumpido de su bisabuelo, Demián consideró reunir las ilustraciones en un libro. Después tuvo una ocurrencia más aventurada: quería intervenir las ilustraciones de su bisabuelo con su propio arte. De esa manera ideó Cien años después.
Adversario de lo convencional, a Demián Mohar le apodan “el Chango”. El día en que inauguró su exposición, vestía una playera con un simio estampado en el pecho. La extravagancia de sus cuadros es casi tan curiosa como esa reiteración voluntaria.
Al referirse a una pelirroja que portaba una camiseta en la que se leía la palabra “pelirroja”, Álvaro Enrigue escribió que “tanta literalidad podía producir en el mundo alguna especie de desequilibrio”. El caso de Cien años después es el contrario: la convivencia de las ilustraciones creadas en los albores del siglo XX y los elementos contemporáneos del folklore y la cultura pop sugieren un equilibrio que se cristaliza sólo en esos cuadros.
En su obra, sugerente desde el primer vistazo, abundan los iconos nacionales —calaveras, nopales, magueyes— y las tarjetas de lotería que, regadas y escondidas, parecen desafiar a la fortuna.
A la simpleza realista de la ilustración —con todo lo que esa contradicción pueda significar— le sobrepuso el exceso característico del siglo XXI, como si quisiera depositar un siglo en un lienzo de 100x100.
Su método es retrospectivo: “Parto primero de la ilustración de mi bisabuelo y veo de qué manera lo puedo intervenir sin faltarle al respeto, pero también veo la manera de poner parte de lo mío”, comenta.
En el arte contemporáneo la intervención consiste en transfigurar el significado de la obra original. Amante de la poesía, Demián recurre, entre otras cosas, a la sustitución de objetos por palabras: donde debe haber una boca, está la palabra “boca”; donde debe estar la Patria, hay tres impactos de pintura tricolor.
Su interés en las palabras también se manifiesta fuera del lienzo. Ninguno de sus cuadros tiene título, porque a Mohar no le interesa predisponer al espectador. Prefiere otorgarle completa libertad para la interpretación.
Un hecho inquietante: en su intención de capturar los elementos urbanos, Demián creó, quizá involuntariamente, un escaparate que revela un comportamiento dominante entre los jóvenes que visitan una exposición de arte contemporáneo: la cultura de la selfie, más común que sorpresiva. Ya no importa ver la obra, sino comunicar que se ha estado frente a ella.
Cien años después se exhibirá durante un mes en el Museo Casa de León Trotsky, ubicado en Avenida Río Churubusco 41.