La industria editorial, sobre todo la mexicana, suele aprovechar la FIL para dar a conocer sus más recientes libros, promover a sus autores y establecer contactos en diferentes asuntos, desde las ventas hasta la negociación de los derechos de autor. Los proyectos no siempre culminan en la feria, sino más bien se comienzan aquí para terminarlos a lo largo del año.
Muchas veces se negocia con harta discreción para que la competencia no se vaya a enterar de los proyectos y termine por echar por la borda los esfuerzos. Una de las actividades fundamentales es el programa de entrevistas al que suelen estar sometidos los escritores que forman parte de su catálogo.
Y vaya que sufren, porque entre las presentaciones o las mesas de reflexión en las que deben participar, también se les prepara una larga sesión de entrevistas, que lo mismo se puede desarrollar en sus pabellones, que en los hoteles donde están hospedados. Las áreas de recepción se convierten en un espacio indescriptible, por la infinidad de cámaras fotográficas o de video que recorren los pasillos en busca del autor.
El tema sería si, a final de cuentas, la FIL en verdad ayuda a la difusión de los libros y de los autores, porque entre las tres mil actividades que contiene el programa de la feria, los premios y reconocimientos que se otorgan, apenas si queda tiempo para las charlas en directo con los escritores, las cuales suelen perderse en el permanente universo de discusión periodística entre lo importante y lo noticioso, como suele decir el jefe.
Por supuesto, para la gente de las editoriales se trata de la gran oportunidad de establecer contacto con los medios que están fuera de la Ciudad de México –por aquello de la centralización que no termina de irse-, con lo cual se logra enriquecer el diálogo a partir de los intereses y preocupaciones tan diferentes en cada región del país. No se diga cuando se trata de las editoriales extranjeras, cuya presencia en Guadalajara se convierte en una posibilidad casi única de llegar, desde la difusión y promoción de las obras, al lugar donde está uno de cada cuatro hablantes del español. Eso no es poca cosa, a pesar de las cifras de lectura.