Gustavo Guerrero es un espíritu inquieto de la música. Desde que lideraba Cunaguaro Soul en su natal Venezuela hace más de diez años, se perfilaba como una de las mentes más experimentales de la música latinoamericana. La curiosidad por la innovación lo ha llevado por caminos dispares que incluyen la dirección musical de la banda de Natalia Lafourcade desde que lanzó Hasta la raíz (2015) hasta su emancipación tras los dos volúmenes de Musas.
Uno puede verlo caminar o pasar junto a él y pensar que no hay tipo más introvertido que haya conocido. Pero esa imagen se desvanece cuando salta al escenario.
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De vez en cuando, Gustavo tiene un alter ego: Augusto Bracho, un personaje que —como dice su biografía oficial— “representa una figura misteriosa dentro de su propio imaginario musical”. Con esa identidad alternativa, conformó, junto al argentino Martín Bruhn, uno de los proyectos más interesantes de la música actual, de nombre simple pero intrigante: El Conjunto.
Describir a El Conjunto es un desafío y quizá incluso un despropósito. Su sonido es tan versátil que roza sin empacho la bachata, el bolero, el merengue, el vallenato y otros ritmos latinoamericanos.
Anoche, Bracho y Bruhn presentaron en el Departamento Studio Bar su Antología 2, un álbum que compila varias canciones antiguas del repertorio centro y sudamericano.
Más que un concierto íntimo, la de ayer fue una auténtica fiesta. Con Bracho en el cuatro venezolano y Bruhn en el bombo legüero, El Conjunto se abrió paso entre el público hasta llegar al escenario donde sonaron “Asesina sin matar”, “Llévatela” —de Manzanero—, “Lucero espiritual” y casi todo el resto del disco, hasta cerrar con la enérgica “Cariñito”, mezclados entre la gente en un jolgorio que terminó a la una de la madrugada.
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