En un texto de 1958, Mario Vargas Llosa recordaba que César Moro (1903-1956) fue su profesor de francés en el Colegio Militar Leoncio Prado, donde era hostilizado por los alumnos, y más cuando supieron que era homosexual y poeta. En una parte, Vargas Llosa preguntaba con un tono provocador: “¿cómo situar a un poeta auténtico, a una obra realmente original y valiosa, junto a tanta basura, cómo integrarlo dentro de una tradición de impostores y de plagio, cómo rodearlo de poetas payasos?” El lugar que le toca de manera natural es al lado de otro forajido, con el que guarda no pocas semejanzas, el primer César de la poesía peruana del siglo XX (en la coincidencia de nombres obra el azar objetivo, ese principio caro a los surrealistas): Vallejo. Moro tuvo como lengua poética ante todo el francés y esa es la razón principal de su marginación (aunque en español escribió el notable libro La tortuga ecuestre, 1938-1939).
César Moro, nom de plume de Alfredo Quispez Asín, tuvo geográficamente tres patrias: Perú, Francia y México. Llegó a París en 1925 y fue surrealista de primera generación. Regresó a Perú un tiempo, donde fue arrestado junto con Emilio Adolfo Westphalen por actividades contra el régimen. Arribó a México, donde vivió entre 1938 y 1946; fue amigo cercano de Xavier Villaurrutia.
En México fue donde Moro comienza a publicar, más que libros, plaquettes de nula circulación. Aquí apareció hace unas décadas una pequeña antología preparada por Julio Ortega (Renombre del amor, Material de Lectura 62, UNAM), que incluye poemas de La tortuga ecuestre y otros traducidos del francés como esa obra maestra que es Lettre d’Amour en la insuperable versión de Westphalen. Por ello, es de encomiar la aparición de Praderas temporarias/ Prairies temporaires (Libros Magenta-Secretaría de Cultura, México, 2017), en edición bilingüe, una extensa selección de la obra en francés de Moro realizada por el poeta argentino Reynaldo Jiménez, quien también la traduce. La singularidad de esta antología, como explica Jiménez en el posfacio, radica en que se centra en material que Moro no incluyó en sus libros. Jiménez enfatiza las dificultades de traducir estos poemas: “El desafío del traductor es aquí del orden de la sensualidad. Moro escribe aprendiendo a leer y tocar y así nos incita a leerlo e incorporarnos al tacto del poema”. El perfeccionista Moro no quería estar por debajo de sus modelos: Baudelaire, Lautréamont y Mallarmé, en el manejo de la lengua a través de la cual se expresó como poeta, así que siempre se mostró cuidadoso en la elección de las palabras. Jiménez cita una carta de André Coyné, su albacea, en la que cuenta que Moro le enviaba su obra no para que le diera una opinión, sino para “estar seguro de que al practicar el equívoco, la distorsión o la ruptura, no infringía el código de la lengua”. Lo que se le puede cuestionar a la edición es que no se haya puesto el original al lado de la traducción y se haya optado por presentarlos por separado, pero reiteramos que es de celebrar la aparición del libro para tener una imagen más completa de un gran poeta.