DOMINGA.– Elena Garro pudo haber sido bailarina o general y acabó siendo una de las grandes escritoras de la lengua española. Escribió novelas, teatro, poemas, relatos, artículos periodísticos y guiones de cine. Pero durante décadas se habló de que, en sus años de juventud, cuando estudiaba la preparatoria en la UNAM, actuó en una película. Una breve, brevísima, faceta de actriz.
Aunque no había un dato certero, sólo dos hipótesis apuntaban a un mismo hombre, Adolfo Best Maugard, un pintor que en la década de los treinta filmó sus dos únicas obras cinematográficas: el corto Humanidad (1935) y el metraje La mancha de sangre (1937). Ambos trabajos están marcados por el misterio y la pérdida: si todavía se conservan (aunque incompletos) es gracias al trabajo de preservación de la Filmoteca de la UNAM.
En los inicios de la época de oro del cine mexicano, La mancha de sangre se convirtió en un hito. Fue censurada por el gobierno de Lázaro Cárdenas porque mostraba una visión poco halagadora del país: 65 minutos de bares de mala muerte, pobreza, homicidios, prostitutas, desnudos y hasta una orgía. Del metraje que se conserva, hay segmentos completos, otros sin sonido o imagen, y uno en el que todo se perdió. En la cinta aparecen numerosas mujeres, ficheras, pero ninguna de ellas es Elena.
De Humanidad apenas se conservan noventa segundos. Sólo Best Maugard sabe cuánto duraba en realidad. Se trataba de un documental hecho por encomienda del gobierno para mostrar el trabajo que hacían las instituciones públicas a favor de huérfanos, discapacitados y ancianos. De esta cinta, la Fototeca Nacional resguarda una serie de imágenes del detrás de cámaras: se ve al equipo de filmación, las cámaras, las luces. Hasta ahora, se creía eran los únicos restos que se conservaban, y donde tampoco aparecía Elena en ninguna escena. Todo parecía indicar que su faceta como actriz era un rumor infundado, como tantos que rodearon su vida: si fue agente de la CIA o espía del gobierno mexicano durante el movimiento estudiantil de 1968.
Sin embargo, una pieza del rompecabezas estuvo escondida por años en el acervo iconográfico de la Cineteca Nacional: cuatro fotografías en blanco y negro a las que tuvo acceso DOMINGA que ayudan a completar la leyenda de Humanidad. Y también, la de Elena Garro como actriz del cine mexicano. Curiosamente, el documental es el género cinematográfico en el que Elena Garro debutó como actriz y en el que volvería a participar al final de su vida, como ella misma.
Los años de formación de Elena Garro
Ingresó a la preparatoria de la UNAM a inicios de 1934. Tenía diecisiete años. Su número de cuenta era el 692, como dice su expediente escolar conservado en el archivo histórico de la universidad. La verdad, Garro fue una alumna de calificaciones irregulares. Según su boleta, en las clases de literatura llegó a sacar nueves y, contrario a lo que uno pensaría, nunca obtuvo un diez. En cambio, abundaban los seis y siete, e incluso llegó a reprobar con cuatro Historia General en el segundo semestre. Así que Garro, como estudiante, más que brillante resultó un poco holgazana.
La rebeldía le venía desde niña. Acostumbrada a que su padre y su tío le dieran clases a ella y a sus hermanos de literatura e idiomas en su casa, en Iguala, Guerrero, nunca se acomodó del todo a las aulas. “Mi papá y mi tío eran ocultistas. Ellos habían estudiado en Europa y eran así, muy locos, muy románticos. Nos enseñaron francés, latín, y tenían una biblioteca muy grande, con todos los clásicos. Y leíamos todo el día, no íbamos al colegio”, contó en una entrevista de 1964.
Llegó a contarle al crítico Emmanuel Carballo que, cuando alguna vez la mandaron a la primaria del pueblo, se escapaba sin– pudor ante los ojos atónitos de la maestra: “Ya me voy, ya me aburrí”. Y procedía a huir por una ventana del salón. Con ese espíritu libre y crítico llegó a la prepa UNAM: “Fue cuando empecé a leer libros malos, porque yo sólo había leído los clásicos. En una clase, el profesor preguntó quién había leído La Ilíada, yo levanté la mano y era la única [...]. Y luego preguntó quién había leído María, de Jorge Isaacs, y levantaron la mano todos menos yo…”.
Así llegó 1935, su segundo año de prepa. Un año clave en la biografía de Elena: cuando conoció al que sería su esposo por veintidós años, el joven poeta Octavio Paz, y cuando actuó para el cine por primera y última ocasión.
Cómo conoció Elena Garro al director Adolfo Best Maugard es algo que ambos se llevaron a la tumba. No hay una sola anotación en los diarios que Elena escribió desde joven hasta que fue una mujer mayor. Tampoco en las numerosas entrevistas que dio o en las cartas que mandó a sus amigos. No había ni un registro en el que diera detalles de su participación en Humanidad.
Lo que sí se sabe es que los intereses artísticos de Garro siempre fueron más allá de las aulas: estudió danza, montó coreografías para obras de Julio Bracho, Xavier Villaurrutia y Rodolfo Usigli, e incluso actuó en el Palacio de Bellas Artes. Los escenarios la llamaban. Que acabara como escritora, fue más un accidente, una forma de ganar dinero para vivir. Porque, ante todo, ella siempre se consideró una lectora.
Una fotografía aparece en la Cineteca Nacional
En 2024 decidí indagar en la faceta de cine de Elena Garro. No sólo como guionista, sino el rumor de que alguna vez había actuado. Durante años he investigado sobre la autora, sobre todo su papel en el movimiento estudiantil de 1968, y el cine era uno de mis pendientes. En particular porque el portal IMDb, especializado en cine, daba por hecho que la escritora sí había participado en Humanidad como actriz.
Revisé en la Filmoteca de la UNAM; también en las imágenes de la Fototeca Nacional. Nada, no había ni una pista de ella. Y entonces caí en cuenta que no había buscado en el sitio más obvio si de cine mexicano se trata: la Cineteca Nacional. Hablé con algunos contactos, conseguí unos correos electrónicos y mandé un mensaje al entonces encargado del acervo iconográfico. El mismo día recibí la respuesta: “En el acervo iconográfico únicamente contamos con cuatro fotografías de esa película”. Las fotos venían adjuntas en un archivo PDF.
En la primera imagen, se ve a una mujer con vestido blanco que carga en brazos a un bebé. Pero de ella no se aprecia el rostro, la foto se corta hasta su cuello. La segunda imagen muestra un patio, con algunas personas y árboles, en algo que se asemeja a un hospital. En la cuarta hay un grupo de hombres leyendo un periódico.
Fue la tercera la que llamó mi atención. En ella aparece una mujer rubia. Lleva ropa blanca, con un cofia. Va vestida de enfermera y carga a un niño pequeño, de unos dos años. Escrito a mano, en la parte inferior, aparece un nombre: Elena Garro. Es ella. Tendrá unos dieciocho años. Es la foto, la única, que comprueba que la autora de Los recuerdos del porvenir sí participó en el corto documental de Adolfo Best Maugard, caracterizada como enfermera. Su única actuación en el cine.
Si la filmación de Humanidad ocurrió en 1935, Garro entonces cursaba su segundo año de prepa en la UNAM. Pero, ¿qué la llevó a alejarse del cine? El crítico Guillermo Sheridan arrojó una pista: su novio y futuro esposo, Octavio Paz.
“Elena deseaba dedicarse al teatro y al cine, ámbitos impropicios en un país y una época en los que aún se miraba con desdén a actrices y bailarinas. La idea de que su “linda niña” interactuase con gente de teatro, que se mostrase en escenarios o (peor aún) en la pantalla de un cine, le extrae al muchacho un severo sosias puritano”, escribió Sheridan en el artículo Octavio Paz y Elena Garro. Del noviazgo a adversarios del amor, publicado en 2021.
Elena, guionista
Quizás la carrera de Elena Garro como actriz de cine se truncó en los treinta, pero su relación con la pantalla grande continuó a lo largo de los años como guionista y con las adaptaciones que se hicieron de sus obras literarias, aunque de éstas ella nunca se sintió del todo satisfecha, como dejó constancia en sus diarios y entrevistas.
Hacia 1942, se estrenó Historia de un gran amor, dirigida por Julio Bracho. Basado en el cuento “El niño de la bola”, de Pedro Antonio de Alarcón, el argumento fue adaptado en conjunto con Garro, aunque ella llegó a mencionar que no apareció en los créditos. Fue hasta la década de los cincuenta, cuando volvió a México después de vivir una temporada en Europa y Japón (etapa que coincide con la escritura de su novela Los recuerdos del porvenir), que entró de lleno como guionista de cine y lo hizo de la mano de quien por muchos años fue su mejor amigo, el escritor Juan de la Cabada, quien era diecisiete años mayor.
El primer guión que trabajaron juntos se llamó Renuncio a la gloria. La historia tiene claras autoreferencias a la propia Elena: una joven que acaba de volver a México después de vivir varios años en Europa, busca a su mejor amigo para escribir juntos una historia sobre todas las miserias y chismes que se enteró del jet set. La vida elevada al arte, como ocurre en muchas obras de Garro. Aunque nunca llegó a la pantalla, varias hojas del argumento se conservan en el archivo de la Universidad Veracruzana, a donde fueron donados los papeles de Juan de la Cabada, tras su fallecimiento en 1986.
Elena dejó varios apuntes en sus diarios, de 1954, sobre las sesiones de trabajo con Juan de la Cabada. Él llegaba a comer a la casa de ella y se quedaban trabajando hasta madrugada. Los amigos se divertían, fumaban y se tiraban al suelo doblados de risa, hasta que Octavio Paz subía a la habitación donde estaban trabajando y, vestido en pijama, se paraba en la puerta y les arruinaba la diversión: “Disculpen, este humilde burócrata tiene que despertarse temprano para ir a trabajar”.
Las risas entre los amigos continuaron con los años hasta que crearon la que es, quizá, la obra maestra de la dupla: la comedia Las señoritas Vivanco, de 1959. Dirigida por Mauricio de la Serna y protagonizada por Sara García y Prudencia Grifell, la película se convirtió en un clásico instantáneo del “cine de oro” y aún hoy en día se transmite por televisión abierta. La historia es simple: dos hermanas solteronas de la alta sociedad quedan en la ruina y deciden convertirse en ladronas para sobrevivir y criar a su sobrina.
Sin embargo, la historia que se llevó a la pantalla no es cien por ciento fiel al argumento que escribieron Garro y De la Cabada, pues el guion fue editado por la escritora Josefina Vicens. A Garro no le convenció del todo la adaptación, pues sintió que Vicens le quitó lo divertido al pasarlo por “tijeras de fierro”. Si la película está llena de disparates, resulta asombroso imaginar que la versión original era aún más hilarante. Fue tal el éxito de Las señoritas Vivanco, que la producción pagó para hacer una segunda parte, El proceso de las señoritas Vivanco (1961), cuando las protagonistas van a la cárcel a causa de sus robos. La secuela fue escrita sólo por Vicens, aunque Garro y Juan recibieron buen dinero por la venta de los derechos.
Adaptaciones a la obra de Elena Garro
Aunque nunca volvió al cine como actriz, varias obras de Elena fueron adaptadas al cine, no siempre con los mejores resultados, a menos a juicio de la escritora. Archibaldo Burns, una de las parejas sentimentales de Elena, fue uno de los primeros en llevar al cine dos de sus relatos: El árbol, rebautizado como Juego de mentiras (1972), y Perfecto luna (1959).
A Elena no le gustaron. De Juego de mentiras, se limitó a decir: “Ay, Archi, pero qué burradas metiste ahí”. El relato original narra la vida de Luisa, quien mata a su marido que la golpeaba sin piedad. Tras salir de la cárcel, es contratada como trabajadora doméstica por Martha, una mujer de clase alta. En algún momento, Luisa va a confesar sus pecados ante un árbol, el cual abraza y termina secándose. Los años en prisión son los más felices en su vida, que decide matar a su patrona para volver con sus amigas presas. Pero choca con la realidad: ya todas han sido liberadas. La crítica social, la desigualdad que abordó Garro, fue eliminada en la película de Burns.
Algo similar sucedió con la adaptación cinematográfica de Los recuerdos del porvenir, a cargo de Arturo Ripstein; tampoco satisfizo a Elena, en particular por la selección de actores que, a su juicio, no reflejaban a los personajes.
Aunque con el paso de los años varias obras de Garro se adaptaron al cine –como Las puertas del paraíso (basada en parte de Reencuentro de personajes) y que ganó el Ariel a Mejor Película en 1972, con Salomón Laiter como director–, la única película en la que Elena se involucró directamente fue Sólo de noche vienes, protagonizada por la recientemente fallecida diva del cine mexicano, Elsa Aguirre.
La película iba a ser una súper producción, con un gran presupuesto y números de baile del ballet folklórico de Amalia Hernández, prima de Elena. La iba a dirigir el director francés Marcel Camus, por invitación directa de la escritora, a quien conoció en el festival de Cannes. Sin embargo, la producción se convirtió en un pleito público entre Garro y Amalia que fue cubierto por los diarios nacionales. Los desacuerdos llegaron a tal grado, que Camus volvió a Francia, y la película se tuvo que replantear. Al final, la cinta se filmó en 1965, en Guatemala, con menos presupuesto y bajo la dirección de Sergio Véjar, junto con Julio Alemán, Regina Torné y Rodolfo Landa, nombre artístico de Rodolfo Echeverría, hermano menor del expresidente Luis Echeverría.
De la gira de promoción, se conservan unas fotos de Garro con Elsa Aguirre en el programa de Paco Malgesto. Aunque se le ve sonriente en el set de televisión, muchos años después Garro acabó confesando su insatisfacción: “No sé por qué compran un cuento para volverlo a escribir… Lo mismo pasó con Sólo de noche vienes. ¡Ave María! Yo no quería que pusieran mi nombre… Me decían: ‘¡Ay, Elenita, ahora su nombre va a estar con luces!’. ‘Ay, no, por favor, no lo pongan…’., ‘¡Ay, pero qué modesta es usted!’. Lo que pasa es que me daba vergüenza…”.
La cuarta casa
De manera irónica, como el destino que alcanza a los personajes de sus cuentos, Elena Garro volvió a protagonizar un corto documental hacia el final de su vida. Pero esta vez no fue cómo actriz sino como ella misma: La cuarta casa (2002), de José Antonio Cordero.
La obra es un retrato íntimo de la escritora en sus últimos años, cuando habitaba un modesto departamento en Cuernavaca, Morelos, después del exilio que vivió entre 1972 y 1993 en Nueva York, Madrid y París, a raíz de su polémico involucramiento en el movimiento estudiantil de 1968.
El documental es desolador. La pobreza, la tristeza y la soledad en los que vivió en sus últimos años, son evidentes. Elena hace un repaso de su vida. Confiesa que metió la pata en todo y si alguna vez fue feliz, fue durante su infancia, en Iguala, pero todo eso ha desaparecido. Luce delgada, casi en los huesos. No para de fumar.
Hacia el final, José Antonio Cordero le pregunta qué espera de su vida. Ella, con cigarro en mano, dice con una simpleza que da escalofríos: “Pues nada…”. Cordero contó más tarde que en ese justo instante, tras ese nada desolador, se acabó la cinta de grabación. Nada. No había más para ella. Elena murió poco tiempo después, el 22 de agosto de 1998. Han pasado veintiocho años desde su partida.
El cine, el documental, marcaron su inicio, y también su final.
GSC