“Siempre me siento incómodo cuando no estoy escribiendo, y este libro nace de esa incomodidad. Termino una novela, me quedo en el vacío y eso me lleva a un estado de ánimo depresivo, humores infernales. Es como un barco al que le quitan el ancla y le puede pasar lo que sea”, dice Emiliano Monge, quien presenta En lengua privada (Random House).
El autor comenta que el libro comenzó como un espacio para recobrar la compostura y la escritura. “Toda esa recuperación partía de la necesidad de escribir y, por tanto, de la palabra escrita. Hay una necesidad de esa pérdida de mí mismo, la cual se recupera a través de la escritura y, al final de cuentas, es un reconocimiento de uno mismo. Yo me vuelvo a encontrar siempre que estoy escribiendo y no tiene que ver con que sea autobiográfico o no. La escritura es el lugar en el que yo sé que soy yo”.
Monge reunió en el libro memoria, ficción, ensayo, crónica y lecturas. Extrajo frases de J.M. Coetzee, Daniel Sada y Stanislaus Joyce y las mezcló con episodios de su vida: la enfermedad de su hermano, la infancia, sus viajes como escritor, la escritura y hasta un secuestro exprés en Buenos Aires.
“Mi vida, más que combustible, es el disparador. Los arranques de cada historia son material de la memoria. Me gusta la idea de que se van transformando. Son textos híbridos, una mezcla de relato o cuento con ensayo o crónica y, a veces, también un poco de diario y de lectura. Las historias parten de algo que me sucedió y me emociona ver cómo la memoria transforma un evento real; la imaginación se cuela en la memoria para deformar lo que recordamos”, comenta.
Y agrega: “Por eso, si vivimos algo juntos, después de un tiempo lo vamos a recordar de manera distinta cada uno. La memoria hace que recordemos la manera que nuestro presente necesita para sostenerse. Lo que me gusta es partir de la memoria y dejar que esta sea comida por la imaginación”.
Experiencia y pensamiento
Sobre la hibridez de la obra, Monge explica que se fue dando de manera natural. “Originalmente quería hacer un libro de ensayos con un poco de ficción que fuera un poco inclasificable, la mayoría de los libros que a mí me interesan son así. Me interesaba ese territorio de la hibridez, escribir desde ahí, en las costuras, en el enfrentamiento de cómo una voz que narra puede hacerlo desde dos lugares de enunciación distintos. Uno apela al espacio de la experiencia y de lo sensible y el otro al espacio de la experiencia, pero también del pensamiento”.
El libro también se construye con las lecturas que acompañan al escritor. “La memoria también está compuesta por aquello que nos sucedió mientras leíamos algo, mientras estábamos obsesionados con un autor o con ciertos personajes de una historia. Eso forma parte y también establece la dinámica de transformación de la memoria. Me gusta esta idea que está en muchos escritores y escritoras que admiro: nuestra personalidad está hecha también de las personalidades de aquellos personajes que admiramos”.
Monge quería que el libro fuera como un regreso en el tiempo, pero también en el espacio.
“Para ver cómo la imaginación le iba comiendo el terreno a los recuerdos. Lo veo como un ejercicio de volver a mi vida en la memoria y, especialmente, porque en muchos de los relatos también hay un regreso físico al lugar en el que sucedió”.
Uno de los retos fue que, por primera vez, el narrador se parece mucho a él.
“Siempre me obsesiono con la idea de que los narradores sean muy diferentes a mí y aquí la construcción fue completamente distinta porque, de algún modo, soy yo, aunque no soy el yo del presente. Son las voces de diferentes pasados, de diferentes emilianos”.
En cuanto a los escritores que cita en su libro, Monge los considera interlocutores. “Son ladrillos de mi propia construcción de la idea de la literatura. Lo fácil sería parafrasearlos o tomarlos sin decir. Me gusta la idea de que se pudiera ver, en la construcción de mis posturas ante la escritura y la literatura y en mi lenguaje personal, cómo está hecho de esos fragmentos de las ideas y de la escritura de otros. Cómo se engarzan con lo que yo hago, cómo les rindo homenaje, cómo me hacen evolucionar ante ciertas ideas o conflictos de la escritura. También me interesaba establecer el juego de que están en diálogo entre ellos”.
Para el entrevistado, el lenguaje es el verdadero protagonista del libro.
“Antes del lenguaje estábamos condenados a vivir en el presente como el resto de los animales. Lo que nos permite romper el presente e ir al pasado es la memoria, que es una construcción del lenguaje; es lo que nos permite regresar a los que fuimos y visitar a los que seremos. Por eso me gusta tanto la idea del lenguaje como nuestra única máquina del tiempo”.
Emiliano Monge concluye: "Siempre nos preguntan a los escritores y a las escritoras si pensamos en los lectores cuando escribimos y siempre digo que no; parece muy soberbio, muy mamón decir eso, pero es real. En quien pienso cuando estoy escribiendo únicamente es en el lenguaje y, por supuesto, que quieres que alguien en algún momento conecte con ese algo. Uno escribe en el lenguaje y para el lenguaje y de algún modo es como una búsqueda de explicar cómo funciona en mí la relación con él y la escritura”.