Eufrosina Cruz: una niña, un maestro y el origen de una lucha vs el matrimonio infantil en México

La vida de la activista zapoteca cambió cuando un profesor le sembró la idea de que existían realidades más allá de las que conoció desde pequeña.

La hermana de Eufrosina fue entregada a los 12 años; ella decidió cambiar su destino. | Foto: Ariana Pérez
Ciudad de México /

A veces las revoluciones no comienzan con leyes ni discursos. Empiezan cuando alguien pronuncia tu nombre y te hace creer, por primera vez, que mereces algo distinto. En la historia de Eufrosina Cruz Mendoza, esa persona fue un maestro zapoteca llamado Joaquín.

Mucho antes de convertirse en activista. Antes de ocupar espacios políticos. Antes de impulsar cambios para que siete estados castigaran la cohabitación forzada de niñas con adultos. Muchísimo antes de sentarse frente a líderes internacionales o intercambiar libros con Malala, la joven paquistaní que convirtió la educación de las niñas en una causa global.

Antes de todo eso, Eufrosina era una niña nacida en Santa María Quiegolani, una comunidad enclavada entre las montañas de Oaxaca, donde el destino de muchas mujeres parecía decidido incluso antes de nacer.

Allí, la infancia podía terminar abruptamente con un matrimonio impuesto. Su hermana fue entregada a los 12 años.

Décadas después, Eufrosina encontraría palabras para nombrar aquello. “Lo que vivió mi mamá se llama violencia”. Pero entonces nadie lo llamaba violencia. “Le decían costumbre”. La costumbre era aceptar.

En ese mundo donde pocas veces alguien preguntaba qué soñaba una niña o cómo se sentía, apareció un maestro que hizo algo aparentemente simple: verla.

En el podcast Pioneras MILENIO, conducido por las periodistas Claudia Solera, Janet Mérida y Cinthya Sánchez, Eufrosina recuerda que en su casa había obligaciones que cumplir, hacer las tortillas, servir. Los sueños de una niña no ocupaban espacio.


Su maestro Joaquín sí la nombraba en aquella “invisibilidad”.

Ese hombre sembró una idea que parecía imposible y era que existían otras vidas. Personas que dormían en camas y no en pisos, como lo hacían ella y su familia. Mundos distintos al que ella conocía. Colores, fragancias nuevas. Palabras nuevas.

La niña entendió entonces que el futuro podía ser algo más que resignación y que el matrimonio infantil.

Años después, Eufrosina reconstruiría ese camino que emprendió hacia la emancipación en Los sueños de la niña de la montaña: Memoria de una utopía cumplida, publicado por la editorial Grijalbo, un libro convertido en bestseller con más de una decena de reimpresiones. Allí cuenta cómo comenzó a creer que la vida podía tener otros aromas, otras rutas, otras definiciones.

Pero soñar también tiene un costo. Los sueños exigen renuncias. Hambre. Soledad. Eufrosina lo aprendió temprano. A los 12 años dejó su comunidad para irse a estudiar. Su madre puso en sus manos todo el capital que poseía: 100 pesos.

Esos pesos son algo que Eufrosina siempre menciona y agradece.

Tal vez ninguna de las dos sabía entonces que ese dinero intentaba comprar algo mucho más grande que educación, sino una oportunidad para romper generaciones enteras de silencio y una infancia sin más destino que el impuesto por una comunidad.

Porque algunas luchas empiezan antes de que haya registro en una Constitución. Empiezan cuando una niña escucha, por primera vez, que merece imaginar una vida distinta. A veces basta un maestro para iniciar una revolución.

Lejos de su familia, hubo días en que debía elegir entre pagar el transporte para llegar a la escuela o caminar kilómetros y usar ese dinero para comprar un kilo de tortillas.

Elegía comer. Entonces había que levantarse mucho más temprano y caminar.

Había otros días donde debía decidir entre comprar una torta o pagar las copias de libros. Elegía las copias. Después evitaba salir al recreo para no encontrarse con compañeros mientras almorzaban.

“Fueron decisiones muy dolorosas”, acepta.

Mientras otros almorzaban, su amiga, Lilia, le compartía uno de los dos plátanos que llevaba. Luego, su amiga Ana le regalaba una tostada enviada por su tía.

“También en esa adversidad siempre hay alguien que te abraza”, asegura.
La activista dice que el progreso no llega al mismo tiempo para todas las mujeres. | Foto: Ariana Pérez

¿Y qué soñaba aquella niña rebelde? Todavía no soñaba con el Congreso y ser diputada federal como lo fue, tampoco en cambiar constituciones. Soñaba con algo mucho más esencial, dormir en una cama, pues su maestro le había enseñado que había formas más dignas de vivir que dormir en el suelo.

A los 17 años, convertida en maestra del Conafe en una comunidad remota, tuvo la primera. Sin ser elegante o nueva. Era un catre. Uno que, según ella misma cuenta entre risas: “Rechinaba un chingo.” Pero era suyo.

Y para una niña que había aprendido a dormir en el piso, aquel catre significaba una conquista.

Una pequeña victoria contra el destino. En 2007 llegó otra batalla. Con 27 años quiso contender por la presidencia municipal de su comunidad. Los hombres frenaron el proceso. Nunca una mujer había formado parte de la terna. Ni siquiera podía votar por sí misma.

“Si en 2007 me hubieran preguntado: ‘¿Algún día vas a ver votar a las mujeres en tu pueblo?’, yo hubiera dicho: ‘No sé si mis ojos alcancen a verlo’. Pero mis ojos lo vieron.”

Ese año denunció la violación de sus derechos políticos. Y luego hizo algo que pocas personas hacen. Golpeó la puerta del poder, la abrió y aprendió a entrar.

​Después llegaron los cargos públicos, como una diputación federal, las leyes impulsadas para reconocer derechos políticos de las mujeres indígenas.

Y también otra batalla que es el eje de su activismo: la del matrimonio infantil, porque insiste: "(...) no es costumbre. Se llama abuso sexual infantil".

Las palabras importan. Nombrar una injusticia cambia su peso. Entonces, el activismo se volvió parte de su vida.

Según datos de la Unicef, México ocupa uno de los primeros lugares en América Latina en número absoluto de adolescentes unidas o casadas antes de los 18 años.

Se estima que más de cuatro millones de mujeres iniciaron una unión o matrimonio antes de alcanzar la mayoría de edad.

Las cifras ayudan a dimensionar el problema.

Pero el origen de la historia de Eufrosina ocurre antes de cualquier estadística.

Comienza cuando una niña de la montaña escucha a un maestro decirle, sin saberlo, que su vida podía ser otra.

Y a veces eso basta para iniciar una revolución.

A los 27 años quiso contender por una alcaldía, pero los hombres frenaron el proceso. | Foto: Ariana Pérez

Cuando le preguntan si todas las mujeres llegaron —como se ha repetido desde que México tiene por primera vez una mujer presidenta—, responde algo incómodo.

“No. No mientras una niña mexicana siga pariendo a los 10 años en pleno 2026. No mientras el país siga ocupando lugares alarmantes en uniones infantiles”.

Porque el progreso no siempre llega al mismo tiempo para todas.

Y si hoy volviera a encontrarse frente a aquel maestro llamado Joaquín, dice que primero lo abrazaría. Porque en su infancia ni siquiera les enseñaron a abrazar.

Luego le diría: “Mire lo que hizo con la china rebelde”.

Puedes ver la conversación completa aquí:


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ksh

  • Claudia Solera
  • Periodista de investigaciones especiales desde hace 16 años en medios nacionales e internacionales. Premio Roche 2020 de Periodismo en Salud. Periodista por la Universidad de los Andes de Colombia.

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