En Las armas de la ilusión (Alfaguara), su nuevo libro, Jordi Soler recuerda su pasado como locutor y episodios como el día en que descubrió que estaba en la lista negra de Gobernación por apoyar al movimiento zapatista desde una estación de radio en la que, cada noche, ponía la canción Satellite of Love de Lou Reed como protesta.
Además, el escritor y columnista de MILENIO relata un encuentro surrealista con Fernando Vallejo y su paso como agregado cultural en Irlanda, entre otras historias increíbles.
¿Las armas de la ilusión es un ejercicio de memoria?
Lo es y tiene un hilo conductor que es México, otro que es la memoria y otro que es mi inquietud por contar estas historias antes de que las cuenten por mí. El libro empieza en México con esta historia de los zapatistas, más la de Fernando Vallejo, pero luego es el mexicano el que va a florecer a otros lados, a Irlanda. Sergio Pitol y yo hablando obsesivamente de Veracruz, en Sofía, Bulgaria. Y luego Elena Poniatowska y yo yendo a comer con el rey de España cuando le dieron el Premio Cervantes, entre otras.
¿Cómo nace la idea de volver al pasado?
Hace un par de años recibí una llamada de una chica que estudia en la UNAM y estaba haciendo una tesis sobre el movimiento zapatista. Había un capítulo dedicado a mi involucramiento, digámoslo así, con aquel movimiento. Me estuvo preguntando un montón de cosas y entonces pensé que prefiero escribir yo eso a que me lo escriban.
¿Qué significó recordar esos años?
Fue tremendamente divertido. Lo mismo me pasa en mis novelas, que normalmente suceden en la selva de Veracruz, el lugar donde nací; es mi oportunidad para regresar y estoy ocho horas al día en esa selva, escribiendo, y después salgo a comer con mis amigos en Barcelona, es como si me pudiera transportar de un sitio a otro. Y con Las armas de la ilusión me pasó exactamente lo mismo. Estaba durante varias horas al día viviendo otra vez aquella aventura del concierto con los zapatistas en el estadio de prácticas de la UNAM, en la radio y toda aquella época.
En Las armas de la ilusión, Jordi Soler recupera el México de los noventa por medio de un libro híbrido que mezcla memoria autobiográfica, crónica, ensayo y reflexión histórica.
¿El tema de México te inquieta?
Sí, y sobre el que estoy trabajando ahora, algo que será seguramente otro libro, este estatus de la Ciudad de México como gran metrópoli del mundo, que es una cosa que no pasaba. Ahora pasa gracias a que dos o tres generaciones antes de esta picaron mucha piedra en la Ciudad de México para que se convirtiera en lo que es hoy. Pasaron cosas importantes como la solidaridad alrededor del temblor del 85 y la irrupción de los zapatistas, que nos hicieron ver México de otra manera, que terminaron en esta ciudad hipercosmopolita donde Chris Martin toma propóleo en la calle Orizaba y Dua Lipa funda una taquería, y esto tiene su historia y trayectoria, que viene precisamente de ahí, de aquel despertar.
Cuéntame sobre la defensa radial que hiciste del movimiento zapatista.
En esta ciudad de esa época había una enorme represión del gobierno, de la Secretaría de Gobernación, como lo cuento. Y también había mucha autorrepresión de los dueños de los medios de comunicación, que se curaban la herida antes de que sucediera para no meterse en líos con Gobernación. Me provocó muchos problemas con los dueños del grupo radiofónico; incluso, tuve que cerrar con llave la cabina para poder decir lo que quería sin que me interrumpieran. Es una época que ahora recuerdo como muy constructiva para mí. Eso me enseñó a enfrentar la realidad de otra manera. También entendí que aquello no era lo mío; lo hacía bien, en la radio, pero lo mío era otra cosa.
¿Sigues creyendo en el movimiento zapatista?
Por supuesto, y he estudiado lo que hace el movimiento zapatista, y he visto que han transformado su realidad ahí. Al margen de su gran irrupción planetaria, una de las grandes cosas que pasaron a finales del siglo XX en México, las cosas positivas, después fueron perdiendo el foco, y concentrándose en su territorio, y ahí han hecho grandes cosas. Para mí, el subcomandante Marcos me sigue pareciendo un héroe muy respetable.
¿Por qué decidiste aceptar un cargo diplomático e irte como agregado cultural a Irlanda?
Por varios motivos. Fue el único servicio exterior del mundo en la época de Lázaro Cárdenas, que nunca dejó de estar del lado de la República Española, que es de donde viene mi familia. Un embajador de Cárdenas ayudó a mi abuelo, a mi abuela y a mi madre a venir a México vía el servicio exterior. De manera que siempre he sentido veneración por la diplomacia mexicana. Y cuando me ofrecieron serlo… pensé que era una manera de retribuir y de pertenecer a esa institución, de manera muy modesta.
Te llovieron críticas.
Me fui a Irlanda porque ya sentía que iba de salida con el tema de la radio. Mis libros eran cada vez más importantes y me tenía que sentar a escribir, y la mejor manera era en otro lugar. Aunque era el gobierno de Vicente Fox, quien me invitó fue Jorge Castañeda. Yo era empleado de Jorge, que es un colega. De hecho, cuando renunció, yo renuncié también, porque ya me dio vergüenza ser empleado de Vicente Fox.
Lo de Fernando Vallejo es surrealista.
Me parece una historia muy seria. Todo lo que cuento es real y además tremendamente divertido, como que lo entrevisté en una tienda de novias. Cómo dos escritores que empezamos uno presentando el libro del otro pueden terminar en la avenida Ámsterdam con dos puñales (risas). No revelo más para que lean lo que sucedió, pero sin duda fue increíble.