Jordi Soler rescata historias de resistencia cultural en su nuevo libro

El escritor charló sobre 'Svalbard' y recordó momentos de su infancia y del momento en el que supo que sería escritor.

El escritor Jordi Soler. (Foto: Araceli López)
Ciudad de México /

“Svalbard es la gran bodega de semillas que está en un archipiélago en el norte y, cuando se acabe el mundo, que es una hipótesis cada vez más caliente, vamos a tener la oportunidad de repoblar la Tierra con estas semillas y empezar otra vez la especie humana. La idea del libro es que cuando llegue ese momento nos va a ser mucho más útil una semilla de Svalbard que nuestro iPhone, que nos parece que es lo que nos resuelve todos los problemas”, aseguró el escritor Jordi Soler (Veracruz, 1963) en una charla virtual para la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC).

El autor conversó con el periodista Álvaro Colomer sobre Svalbard. De las cosas que van a servirnos cuando llegue el fin del mundo, publicado por Siruela en su biblioteca de ensayo.

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“Esto también incluye la inteligencia artificial, las redes sociales; el día que esto explote, que no funcione, nos vamos a quedar con las semillas de Svalbard. A partir de esta idea voy ensayando sobre diversas costumbres que siguen existiendo en el mundo y que la gente no atiende por estar atendiendo su iPhone”, agregó el columnista de MILENIO.

El autor rescata historias de resistencia cultural, como una tribu entre Brasil y Paraguay que recita poemas al cielo cada noche, o un guerrillero en Myanmar que lee poesía a sus tropas antes del combate.

“En el libro voy pasando por otras actitudes, digamos, ante la vida que valdría la pena rescatar. Hay un capítulo donde tengo una cita en París, la parte autobiográfica del libro. Durante la noche estudio el mapa en un Paris Pratique y al día siguiente voy por las calles desafiando a Google; esto quiere decir poniendo atención, practicando lo 'sagrado laico' que proponía André Breton, y sobre todo yo decidiendo el camino y no obedeciendo esa voz impositiva que te va diciendo: gira a la derecha. ¿Pero por qué voy a girar a la derecha y por qué voy a hacerle caso a esta voz?”, dijo.

Soler criticó la inteligencia artificial, a la cual calificó como una prótesis “que nos evita hacer el esfuerzo de conectar una calle con otra, y cuando dejas de hacer esfuerzos mentales, este es uno de los problemas de la inteligencia artificial: el cerebro empieza a necesitar esa prótesis y tú empiezas a dejar de pensar, porque ya todo está pensado. Si quieres ir de un sitio a otro, te lo cuenta Google; tú no tienes que pensar en eso”.

Durante la charla, Jordi Soler recordó su infancia rodeado de libros en La Portuguesa, en Veracruz.

“Yo crecí en una casa llena de libros, llena de gente que leía y con una gran admiración por los escritores. Supongo que ese es un primer elemento que me hizo desear ser escritor, porque deseaba la admiración de mis mayores”. Y confesó que, antes de la literatura, consideró ser veterinario, aunque terminó estudiando diseño industrial.

“Como fui un niño que creció en el mundo rural, quería ser veterinario. Me pasé quince días agónicos en una granja y me di cuenta de que no tenía los arrestos. Lo primero que hice fue coser el pezón de una vaca que se había desgarrado al cruzar por una alambrada. Me dice mi tío: 'A ver, toma la aguja, el hilo, y hazle una buena costura porque si lo haces mal, los becerros no van a querer mamar'. Imagínate el nerviosismo. Por ahí me di cuenta de que me sentía más cómodo con los cuentos. La realidad era demasiado brutal para mí”.

El autor relató que “fui el hijo mayor de mis padres y el nieto mayor de mis abuelos; tenía una responsabilidad, una atención y un estrés insoportables para un niño. Encima, era tremendamente tímido, pero siempre quería participar y estaban los adultos ahí, gritoneando, y yo tenía ganas de comentar eso y era imposible introducir mi voz en esa jauría. Entonces, me levantaba muy frustrado de la mesa. Un día se me ocurrió anotar eso que no había podido decir y fui haciendo una colección de ensayos infantiles sobre esos temas que me interesaban mucho y que no me dejaban decir. No podía hablar con los adultos y en las noches hablaba con la libreta”.

Pero el momento que definió su vida como escritor fue cuando, después de visitar las grutas de Atoyac con su padre en la selva veracruzana, escribió su primer cuento con base en esa experiencia y ganó un concurso.

“Nos metimos en la gruta y llegamos a una especie de lago interior. Una cosa maravillosa y era una aventura tremenda; lo único que hice en ese cuento fue traspasar todo eso e inventar una cosa ahí. Seguramente era una patochada de unos exploradores que se perdían. No recuerdo bien la trama, pero recuerdo con gran claridad mi satisfacción al terminar esa historia. Me di cuenta de que aquello que hacía por rencor contra los adultos, es decir, anotar lo que no me habían dejado decir en la mesa, de pronto podía producir una obra que a mí me dejaba muy satisfecho y me confirmó que eso servía y que era altamente gratificante para mí, y que a partir de ahí podía explorar esa vía de comunicación que me parecía extraordinaria”.

PCL

  • Vicente Gutiérrez
  • vicente.gutierrez@milenio.com
  • Periodista desde hace 25 años y especialista en temas culturales, la industria del entretenimiento y cinematográfica. Por su experiencia y conocimiento, también ha participado en temas de política y de negocios. Es reportero de cultura en Milenio y locutor en “La Taquilla”, programa de Radio Fórmula 104.1 FM.

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