La fotopoesía de Héctor García es editada en un calendario

La selección de las imágenes corrió a cargo de Olivier Dubois y la viuda del artista de la lente, María García; buscan apoyo para salvaguardar su archivo de millón y medio de negativos

Calendario Héctor García
(Erick Baena Crespo)
Erick Baena Crespo
María García y el impresor Olivier Dubois seleccionaron el conjunto de imágenes
(Erick Baena Crespo)
Ciudad de México /

Trece fotografías de un universo de un millón y medio de negativos. Ese fue el reto para María García y el impresor Olivier Dubois: seleccionar un conjunto de imágenes de la obra de Héctor García (1923-2012) para hacer un calendario.

“Olivier me propuso la idea. Al principio, siendo honesta, yo no quería, pero después, pensándolo bien, me convencí de que valía la pena”, confiesa María, viuda del gran fotógrafo mexicano.

En el proceso de elaboración, Dubois le presentaba pruebas de impresión a María, quien le daba (o no) su visto bueno.

—¿Por qué estas imágenes y no otras?

—Porque son sus íconos. Para él, era lo más representativo de su obra.

En el calendario figuran piezas como El nacimiento de Neza” (1959), Tlaloc (1960), Fantasmas de palacio (1966) y una toma de la serie La danza de la ciudad (1960), en la que aparece la bailarina Diana Bordes Mangel ejecutando algunos pasos sobre Paseo de la Reforma.

“¿Qué fotógrafo saca a una bailarina a recorrer la ciudad y le toma fotos?”, cuestiona María, entre indignada y sorprendida por —así lo considera— la falta de imaginación del fotoperiodismo actual. “Ahora las fotos informan, pero, por sí mismas, no dicen nada. Antes la foto se tomaba, primero, con la cabeza”.

Héctor García buscaba la poesía que se filtraba por los recovecos de la realidad. Instantáneas que, a pesar del registro, de las necesidades de la inmediatez, trascendieran, a pesar de que solía decir: “Yo, como Pancho Villa, primero disparo y después viriguo”.

La obra de Héctor García es tan vasta que, poco a poco, como una mancha urbana que va poblando territorios vecinos, se ha ido apoderando de la casa que habita su esposa, ubicada sobre la avenida Cumbres de Maltrata en la capital del país.

El archivo, compuesto de hojas de contacto, negativos e impresiones, está distribuido a lo largo y ancho de la sala en muebles de oficina, libreros y archiveros. En una de las paredes se alinean decenas de carpetas numeradas, organizadas por regiones (Cuba, Europa, Sudamérica, China-Japón), temáticas (presidentes, artes plásticas, ciudad), documentos (invitaciones, diplomas), entre otras categorías.

“Tengo un millón 700 mil negativos y, entre todos esos, mucho material inédito”, confiesa María, quien, con la paciencia de un bibliotecario, ha clasificado el acervo que le permitió, en octubre de 2008, abrir la Galería-Fundación Héctor García, una casa acondicionada como museo, que estuvo a cargo del arquitecto Enrique Villaseñor, en la que se exhiben imágenes, objetos y documentos del célebre fotorreportero.

—¿Cómo surgió la idea de la Galería?

—Cuando Héctor se cayó y se fracturó la pelvis, tuvo que estar en cama durante mucho tiempo. Y, en esos días difíciles, me dijo preocupado: “Cuando yo me muera, ¿qué pasará con mi archivo?”. Así que decidí comprar la casa y convertirla en la sede de la Fundación. A él —que pena que no grabé ese momento— le emocionó mucho verla”.

¿Cuántas anécdotas hay detrás de una fotografía? Decenas, quizá. La historia que envuelve a la instantánea Niño en el vientre de concreto (1950) es memorable.

“En un anochecer de marzo de 1954 y en la Ciudad de México el joven Héctor García, ya fotorreportero con ojo de fotopoeta, iba con su cámara disparadora de clics ‘a la menor provocación’ y en una calle vio a un chamaco pobre que, en postura fetal para defenderse del frío, o del desamparo, estaba como incrustado en el rectangular agujero de un muro…”, contó hace un par de años José de la Colina en Carta de Esmógico City, su columna de MILENIO.

“Nunca supo quién era ese pequeño, ni él se enteró de los flashazos de su cámara al captar su sueño. El hueco en esa pared de los alrededores de Garibaldi, una gélida madrugada, es solo su efímero refugio, para volver luego a un mundo desesperanzador.

Ese era el horizonte que durante mucho tiempo se le ofreció a Héctor. De ahí su identificación con ese universo de miseria y desesperanza. Paradójicamente, esa imagen —que según palabras de André Malraux, ministro francés de Cultura del gobierno de Georges Pompidou, “es una de las más crueles de nuestro tiempo”—, le dio años después la oportunidad de ser reconocido internacionalmente”, complementa Alberto Carbot.

Héctor García se mostró siempre preocupado por la desigualdad social, al grado de constatarlo en algunas de sus fotografías, como Entre el progreso y el desarrollo (1950), incluida en el calendario, en la que aparece otro niño, descalzo, en medio de dos autos estacionados, lujosos.

Respecto a esta imagen, María dice: “Sus fotografías siempre decían algo más. Nunca se conformó con el mero registro”.

María abre uno de los archiveros, que guardan una cantidad abrumadora de negativos (los cuales, en sí mismos, encierran otras cientos historias), y extrae al azar una foto: es la famosa imagen de José Clemente Orozco (1945), que ha ilustrado portadas de suplementos, libros y otros materiales impresos.

Husmear en el archivo de Héctor García es echar un vistazo al pasado —a una Ciudad de México identificable, sí, pero a la vez desconocida— con el temor de enfermarse de nostalgia. Y esa faceta de su obra convive con otras instantáneas, más universales que, a pesar de que (en el calendario) ilustran el paso de los días, reafirman el carácter atemporal de su obra.

“Tengo presidentes, personajes de cultura, de las comunidades indígenas de México, de carreteras, de perforación en el mar, del nacimiento de Baja California. Imágenes de Medio Oriente, que recorrimos dos veces. Tengo La Habana antes de Fidel y después de Fidel”, dice María sobre el cuantioso acervo.

No obstante, se lamenta, los recursos para mantener los gastos de operación de la Fundación se le están agotando. Y, por ahora, no ha conseguidos apoyos gubernamentales ni de otras instituciones.

—¿No ha recibido propuestas de adquisición de obra?

—No, tampoco.

Me enseña uno de los materiales impresos que acompañaron la inauguración de la galería, en el que Dionicio Morales escribió: “Pero en lo sucesivo, dependerá de las instituciones culturales, de las organizaciones públicas, de empresarios, de artistas y amigos de la Fundación que siga viva y en constante renovación”. Y dichas palabras, a la luz de la publicación del calendario, son más actuales que nunca.

erickbaena@gmail.com

  • Erick Baena Crespo
  • Reportero, editor y guionista. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Gonzo (2020) y fue finalista del Premio Bengala (2018) y del Nacional de Periodismo (2021). Es autor del libro 'El relámpago y la bala'.

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