La manota del autor

Si el conflicto está mal planteado, el arranque del desarrollo se vuelve más torpe desde su elipsis bobalicona.

El cineasta se confunde.
Jorge Gallardo de la Peña
México /

Cuando una película involucra —independientemente del género— nos damos cuenta que los acontecimientos están fraguados desde el planteamiento, urdidos en una relación causa-efecto de tal manera que parecen verosímiles y que suceden de forma natural, como si el autor no existiera. Esto significa que los personajes adquieren voluntad, que son independientes y se conducen por su criterio o porque carecen de él; entonces su comportamiento sorprende al creador, esto puede garantizar que lo mismo sucederá al público.

La vida después es un ejemplo de lo contrario: desde un largo planteamiento en el que sucede poco se siente la manita del guionista. Silvia, una mujer que está de vacaciones con sus dos hijos de diez y ocho años, está hundida en una depresión y autoritarismo arbitrarios —da la sensación que solo es una puntada del cineasta—; que si la abandonó o murió el marido, que si el abuelo se suicidó también por depresión, que si la vida es pesada en soledad, etcétera, no resulta convincente porque no está ideado.

Si el conflicto está mal planteado, el arranque del desarrollo se vuelve más torpe desde su elipsis bobalicona, que muestra que han transcurrido los años y los niños se han convertido en jóvenes adultos; sin embargo, las cosas siguen igual: la madre continúa en su cuadro depresivo, como si se tratara de una maldición demoniaca o de otro planeta. Entonces, como el personaje está muy enfermo y es incapaz de decidir, el escritor decide ayudarlo, garabatea en el guión lo que debe hacer —la manita se convierte en mano—: abandona a sus hijos sin decirles nada para después convertir la historia en un forzado road-movie, donde los acontecimientos se hacen inverosímiles y la narración se vuelve aburrida sin misericordia.

El cineasta se confunde con su bodrio a tal grado que logra, sin querer, un chiste del absurdo: Samuel y Rodrigo son testigos de una golpiza que propina un campesino a su mujer; en la toma, Samuel está atrás de Rodrigo, este sonríe y Samuel pregunta: “¿Por qué te ríes?”. ¿Cómo sabe que está sonriendo? Otra vez, la presencia imberbe del autor.

Para que el comportamiento de un personaje sea verosímil, su naturaleza debe ser autónoma, es quien conduce los acontecimientos; de lo contrario, la mano del guionista se convierte en manota, y además sucia, con mugre bajo las uñas. Como antiséptico, para sus futuros guiones recomiendo al dueño de este pastiche los talleres que organiza la Sección Autores del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, donde los asesores son de gran nivel.

“La vida después” (México, 2013), dirigida por David Pablos, con Américo Hollander y Rodrigo Azuela.

LAS MÁS VISTAS