Sobre el creador cae la sospecha de que toda tragedia puede ser obra de arte. Esta sospecha se ha vuelto lugar común en la autoficción que hoy llena cines y librerías. Desde principios de siglo, los espacios narrativos hacen del duelo, la enfermedad, la sexualidad y la crisis familiar, material estético de consumo. El problema no es que el arte pueda surgir del sufrimiento (una verdad de Perogrullo) sino que el dolor quede subordinado a la maquinaria del entretenimiento, sea este artístico o comercial.
Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, es muy consciente de lo barato que puede ser la autoficción. También de la fuerza que emana de cierta verdad autobiográfica que hace que el espectador sienta que adentro de la película hay algo real.
La película va de Elsa, una escritora incapaz de atravesar la muerte de su madre sin volverla un experimento de observación estética. Aquí está otra vez Almodóvar en crisis creativa. Aquí está su autoficción, pero el director se pregunta muy en serio qué sucede cuando la mirada artística invade incluso el espacio del duelo, qué queda de la experiencia humana si todo se vuelve una notita para escribir la próxima película o el próximo libro.
La línea que define la obra aparece temprano. La hermana de Elsa, nuestra escritora en crisis, le dice: tú no sabes querer sin narrar. Se trata de una frase que trasciende la acusación familiar. Es una acusación a toda la autoficción contemporánea. Almodóvar, quien, sin duda, sabe lo que está haciendo, medita en ello y nos permite gozar de la actuación extraordinaria de Aitana Sánchez-Gijón.
Pero, en términos críticos, Amarga Navidad no debe verse como una pregunta en torno a la autocomplacencia o la dureza contra uno mismo (la crítica acusa a Almodóvar de ambas cosas, como si los estudiosos estuvieran ante películas completamente distintas). Amarga Navidad debe verse como una problematización que hace el director sin ofrecer una conclusión clara. Que cada uno decida si el director está repitiéndose o si, en el sentido romántico, necesita crear. Puede que haya muchos creadores contemporáneos que imaginen que el arte lo legitima todo, incluso la vulgaridad, pero Almodóvar no.
El director habla de sí mismo como lo hizo con Dolor y gloria, su gran película al respecto. Y aquí el debate es más frontal. Almodóvar se critica a sí mismo. Cuando la hermana le reprocha a la protagonista: no viniste a despedirte de mi mamá, viniste a observar, resulta claro que Almodóvar no filma su duelo con romanticismo barato sino entrando de lleno en la cuestión en torno a la lógica del relato autobiográfico.
Desde el punto de vista del entretenimiento puede que Amarga Navidad resulte un poco confusa, pero funciona muy bien si uno se fija en el Madrid gris que aquí se nos muestra, lejos del contraste de colores chillones de las primeras películas del autor. Y esto es importante pues el director no se está repitiendo ni se está plagiando.
En cuanto a la metaficción, la película hacia el final recuerda Y la nave va, de Fellini. Con las siguientes precisiones: ambos directores comparten hacia el clímax la destrucción del artificio fílmico, la ruptura de la ficción, pero en Fellini el desmontaje del espectáculo nos deja con una sensación de ligereza melancólica mientras que en Amarga Navidad, cuando Almodóvar se desmonta a sí mismo, descubrimos que ha perdido la ironía. Y lo que queda en él cuando ha caído la máscara es una culpa que no hemos visto en ninguna de sus películas anteriores.
¿Dónde ver Amarga Navidad?
La cinta más reciente de Pedro Almodóvar se encuentra disponible en salas de la Cineteca Nacional y cadenas comerciales como Cinemex y Cinépolis.
Amarga Navidad
Dirección: Pedro Almodóvar | España, 2026.
AQ / MCB