Los demonios insurgentes

La estrategia de un caudillo —que logró repeler a los españoles— se convirtió en una tradición que sigue viva desde 1818.

Muchas máscaras traen cuernos.
Editorial Milenio
Teloloapan, Guerrero /

Y llegada la medianoche, las puertas del infierno se abrieron. De las fauces de la tierra emergieron los endiablados insurgentes. Caudillos que más allá de armas utilizaron la inteligencia y la religión para repeler la superioridad del ejército español en la última etapa de la Guerra de Independencia.

Allá por 1818, tres años antes de la consumación de la Independencia, las fuerzas realistas sitiaron la ciudad de Teloloapan, Guerrero, uno de los últimos focos rojos de insurgencia contra el dominio español. Un pequeño poblado de la zona serrana del estado, fiel al Caudillo del Sur, Vicente Guerrero.

Encerrados en su propio territorio, obligados a esconderse en cuevas de la agreste geografía de la región, maltrechos y sin ningún tipo de munición, las tropas del comandante Pedro Ascencio buscaron salir de sus escondites sin ser emboscados.

A su favor tenían el pleno dominio de la orografía; en contra, la desesperación y el hambre. La tradición oral relata que al general Ascencio se le ocurrió tallar máscaras en madera de colorín a las que adornó con motivos diabólicos, cuernos y dientes de animales como vacas, borregos y venados. Utilizaron cueras de gamuza de venado y tejieron chicotes con lazo de ixtle.

La estrategia tomó forma una vez que las mujeres del pueblo —a quienes los españoles no enfrentaban y respetaban en sus quehaceres— propagaron la noticia de que “el diablo estaba enojado” y que había hecho un pacto con las huestes de Ascencio.

“Los españoles no tenían su conciencia tranquila, nos saquearon por 300 años. Se llevaron oro y otros metales. También cargaban en su conciencia con la Santa Inquisición”, relata Fidel de la Puente, artesano y principal promotor de la tradición de Los Diablos.

Fidel, quien heredó de su padre el arte de las máscaras, cuenta que una vez que el rumor se propagó lo suficiente y los españoles comenzaron a caer en la psicosis, las tropas salieron ataviadas con sus máscaras, cueras, chicotes y emitiendo bramidos. “Al ver los españoles que salían de las cuevas, pensaron que era desde el mismísimo centro de la tierra, que eran demonios del infierno”, narra el llamado diablo mayor.

La reacción inmediata de los realistas fue escapar, huir del pueblo, salir de Teloloapan, la boca del diablo. “Miedosos y supersticiosos se fueron y los insurgentes recuperaron la ciudad. Al final, los diablos regalaron sus máscaras a los más jóvenes y lo celebraron en la plaza del pueblo”, detalla el artesano.

La lucha siguió hasta 1821, cuando los generales Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide se reunieron en Acatempan, una comunidad del municipio de Teloloapan, donde, con un abrazo, consumaron la Independencia de México.

Ahora, cada año, Los Diablos vuelven a las calles de Teloloapan para celebrar el ingenio del audaz Ascencio. La hazaña se transformó en una leyenda que los pobladores continúan representando cada 16 de septiembre. Máscaras confeccionadas, más detalladas y coloridas; con más motivos diabólicos, históricos e incluso patrios. Bufidos y tronidos de chicotes que ahora también son motivo de un concurso anual en la ciudad tecampanera.

Los Diablos renovaron una tradición nacional e internacional. Diversas máscaras se han exhibido en México, Estados Unidos y España, donde recientemente fueron parte de las celebraciones por el Bicentenario de la Independencia.

LAS MÁS VISTAS