El académico argentino que radica en México desde 1976 ha dedicado la mayor parte de su vida a analizar los procesos de interculturalidad, la globalización y las culturas hibridas. Es un observador atento a la modernidad y a cada paso que da la sociedad para relacionarse con las nuevas tecnologías.
El autor narra el viaje de un arqueólogo chino por América Latina, principalmente Argentina y México, que durante la exploración de nuevas costumbres descubre un abanico de enajenaciones y problemas sociales. Como diría el propio García Canclini, “a veces el delirio está en quiénes dicen hablar de la realidad y no de las ficciones”.
Cómo antropólogo y filósofo, ¿qué le permitió la ficción que no había plasmado en otros formatos?
Es otro modo de pensar la realidad pero permitiéndome imaginar lo que las ciencias sociales no logran entender. Mirar al futuro es recrear con mayor libertad lo que no es verificable o que puede parecer no racional, pero existe. A veces, es una exasperación de lo que ocurre y en otros casos simplemente ficción.
Uno de los ejes del libro es la interculturalidad. ¿Cómo diagnostica este fenómeno en el futuro?
Lo imagino. Si tuviera que poner algún adjetivo sería “preocupante”. Habrá cambios muy radicales respecto a lo que estábamos acostumbrados a vivir. Las industrias culturales nos abrieron información internacional. Los mercados se interrelacionan de manera que si cae una bolsa en Hong Kong de inmediato tiene repercusión en México o al revés. Además, no solo las mercancías viajan; está la migración. Todo esto nos acerca a otras culturas y tenemos la exigencia de aprender a convivir con religiones diferentes, hábitos alimenticios distintos que a veces nos seducen, como vemos en la multiplicación de restaurantes de muchas nacionalidades. Pero al mismo tiempo crea aprehensión, cuestionamientos como los que hoy se viven en Estados Unidos y en Europa: ¿cuántos extranjeros puede digerir o soportar una sociedad que se siente alterada por la presencia de otras costumbres?
A través de su protagonista hace un énfasis en la corrupción en países latinoamericanos. ¿Es el soborno el nuevo contrato social?
Lo dice un personaje más como una sospecha que una afirmación científica. Los hechos actuales nos hacen imaginar que vamos en esa dirección y no solo en Latinoamérica, también en algunos países europeos y asiáticos. Es significativo en el libro cuando el arqueólogo asiste a una ponencia en México y recibe un estudio sobre los actos clandestinos que suceden en La Salada, Argentina, un mercado tipo Tepito. A partir de este suceso empieza a reflexionar sobre los grados de interacción que hay entre cárteles, mafias, gobierno y comunidad.
Advierte una época donde estarán presentes las tecno religiones. ¿Qué tan nocivo puede ser?
La expresión la tomé del historiador Yuval Noah Harari que percibe una mezcla entre empresas, como Silicon Valley, de tecnologías digitales avanzadas con una sacralización por el nuevo tipo de relaciones sociales e interpersonales que se instalan. No sabemos qué tan nocivo pueda ser. Hay un juego con los futuros posibles. Manejo datos y, principalmente, experiencias que han sucedido en los últimos años con la precarización del trabajo de los jóvenes, incluidos los más calificados que cuentan con grados universitarios y lo llevo a situaciones un poco delirantes para estimular un pensamiento diferente. A veces, estamos tan forzados a convivir con estos cambios en mercados laborales o en relaciones interculturales que perdemos la dimensión de lo que está cambiando.
Su reflexión sobre el desarrollo urbano en la Ciudad de México muestra que es tan caótico que pareciera poseer rasgos de ficción futurista.
Siento que es una de las partes de la novela menos alejada del día a día de quienes vivimos en ciudades radicalmente alteradas por el tráfico, por la violencia y por la falta de acciones públicas que regulen este fenómeno. Colocarlo en el futuro, es también, trabajar con el juego de lo que fuimos incapaces de prever cuando todavía era posible orientarlo o gestionarlo.
En este recorrido por el futuro también toca a las editoriales. ¿La velocidad fue el determinante para cambiar el modelo de consumo?
La velocidad, la aceleración de los tiempos y de las tecnologías han sido claves pero hay mucho más que eso. Es una transformación en los modelos de negocios de la industria editorial, como de muchas otras industrias culturales, y también una mutación en los hábitos de los lectores. Ahora, leemos en papel y en tabletas; después del pánico que se dio hace diez años creyendo que iban desaparecer las librerías, que se iban a extinguir los diarios. Vemos una situación más matizada: la mayoría no ha desaparecido, algunos diarios han cerrado o se han vuelto digitales. El comportamiento de los lectores jóvenes ven como opción leer en papel y en pantalla. Se ven películas en el IPhone y no se deja de ir al cine, hay una revitalización de las salas.
Otro de sus intereses es el futbol como sensación de un entusiasmo compartido.
El futbol vive dentro de varias guerras: económicas, interculturales, pero de un modo paradójico que me atrae. El ejemplo está en equipos ingleses como el Arsenal, que no tiene ningún jugador de esa nacionalidad, o clubes que se empoderan gracias a que incorporan jugadores africanos: los nacionalizan y representan los colores de algún país europeo con una aceptación mucho mayor a la que reciben los migrantes africanos en la sociedad. Hay conflictos disimulados, relaborados, que vuelven muy interesante la convivencia, las posibilidades de interculturalidad donde las identidades se desvanecen y se mezclan todo el tiempo.
¿Donald Trump es una figura que amenaza la interculturalidad?
Es uno de los puntos nucleares de su agenda: reivindicar una identidad blanca de Estados Unidos y perseguir, no solo él sino los millones que lo votaron, a los que considera que ponen en riesgo el país.
¿Fue él quien despertó el espíritu xenófobo que vive Estados Unidos?
Que vive en todos lados. ¿Qué país de América Latina o Europa no tiene movimientos xenófobos? Es difícil aceptar la diferencia y se ha vuelto peligroso ser diferente. Hay movimientos que reivindican la pluriculturalidad y su posibilidad de convivir pero su papel se ha reducido como lo vimos en la elección estadunidense, en Francia, Hungría, Polonia… La lista es larga.
Me recordó unas líneas de su novela: “Existen muchos libros sobre teoría del conocimiento pero pocos sobre la teoría del reconocimiento”. ¿A qué se debe?
Pienso que al énfasis que hemos puesto a la epistemología: aspirar a un conocimiento verdadero, universalmente extendido, sin dar suficiente lugar a la necesidad de reconocer que el conocimiento se construye de muchas maneras. Necesitamos reconocer que hay formas diferentes de usar esos conocimientos, más aún si son saberes acerca de la sociedad.
Pistas falsas presenta un futuro desolador pero ¿aún podemos esperar alguna utopía?
Me han dicho que está más en línea de la distopía pero varios han observado que el humor es importante en el libro, que atraviesa diálogos y situaciones con ironía, con un humor a veces cálido. Hay una búsqueda de una tonalidad narrativa para imaginar que en el futuro no sólo existirá abismo.